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El petirrojo de la rama torcida

Eran las 6 de la mañana cuando un lindo petirrojo aterrizó en una rama torcida que había en unos de los extremos de Montecuna. Tenía el pecho negro, las plumas muy rojas, el cuello con una especie de collarín rosa y una cresta blanca coronaba su cabeza. Se balanceó de arriba abajo varias veces; desde ese sube y baja podía ver el impresionante escenario: inmenso, verde, multicolor, casi como un océano emanando felicidad a través de una gama de colores que alumbraban el día, era imposible no quedarse perplejo. A lo lejos unos inmensos árboles protegían a las flores y perfumaba el lugar con una esencia de menta y libertad. El petirrojo se quedó varias horas en la rama hasta que escuchó unos sonidos extraños y huyó.

Regresó por la noche, pero llovía. No le importó. Se refrescó en una galatea y se quedó seco, dormido, en medio del bosque de flores y plantas, embriagado con puro rocío de eucalipto.

Al otro extremo del lugar, por donde estaba la civilización, una gata negra corría por los tejados. Sus ojos parecían dos luceros azules que enfocaban fotográficamente cada rincón oscuro del pueblo, veían hasta las esquinas más apartadas. Con sus dos patas delanteras raspaba las tejas que se deshacían con la lluvia y se volvía barro. Era más fácil construir un nido con lluvia, parecía pensar la gata con sus ojazos abiertos.

Cuando la lluvia terminó, la gata se recostó en el nido y vio mejor el panorama. Pegó un brinco, se resbaló, maulló y cayó al suelo. Se levantó y empezó a caminar despacio por la terraza. Se escabulló entre varios arbustos, trepó varios escalones y llegó a una inmensa acequia. Tomó agua. Trepó por una enredadera. Sintió un movimiento. Corrió. Cuando se acercó al extremo norte, pudo ver un pájaro entre los matorrales. Se acercó lentamente. Husmeó. El petirrojo no reaccionó, estaba seco. La gata lo empezó a lamer. Inmóvil, no reaccionaba, lo movió y nada. Parecía muerto.

A las 6 de la mañana del día siguiente un estruendoso motor despertó de golpe a la gata. Estaba totalmente mojada y embarrada. Buscó al petirrojo pero no estaba. El sol empezó a asomar y la gata buscó refugio rápidamente. Unos minutos más tarde, cuando la madrugada estaba en su apogeo, llegó una bandada de pájaros de todo tipo y color: azules, verdes, grises, blancos y rojos a adornar la enorme casa blanca. El petirrojo se perdió entre la muchedumbre y empezaron a cantar tonadas ancestrales, esas que les enseñaron sus padres y que tan felices los hacía. Vibraban con cada nota, aleteaban, se excitaban. Pronto era una perfecta y muy dulce sinfonía que empezó a despertar a todo el mundo. La gata, desde su escondrijo diurno, escuchaba con emoción el concierto. La bandada formó filas y voló de ventana en ventana, pasó rozando por los tejados, revoloteó por las ramas de los grandes árboles, zigzagueó por los barrotes de las rejas y chapoteó en la catarata. Era una comparsa, un séquito que llevaba felicidad a todo Montecuna y auguraba un nuevo día, uno muy feliz.

El petirrojo volvió a su lugar más preciado, la rama torcida a un extremo del pueblo. Se balanceó de arriba abajo varias veces; desde ese sube y baja pudo ver todo el impactante escenario frente a él: inmenso, verde, casi como un océano que emanaba una gama de colores que alumbraban el día… pero había algo raro esa tarde. La gran explanada parecía tapada de cobertizos blancos y enormes columnas de metal. Gigantes trabajaban muy fuerte cargando tremendos paquetes. Perplejo, el petirrojo cambió de rama por primera vez en mucho tiempo. Desde el otro ángulo, lo mismo, un gran cobertizo blanco y enormes columnas de metal. Movió la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Voló alto, muy alto. Desde el cielo podía ver todo perfecto: el agua que nacía de una gran catarata, el lindo pueblo blanco, las flores multicolores que adornaban los árboles, las buganvillas enredadas con el pueblo. Pero el gran cobertizo permanecía ahí. No entendía qué pasaba. ¿Por qué cubrir la belleza? parecía preguntarse.

Regresó por la noche, a tratar de dormir perfumado de eucalipto en una galatea, pero un estruendoso ruido lo sorprendió. Un enjambre de gigantes metidos en el cobertizo se movía simulando un ritual ancestral. El petirrojo voló a la rama curva y se quedó perplejo observando el espectáculo. No aguantó mucho. Vio pedazos de pan y decidió ir por uno. Voló entre las columnas, pasó por sobreros, manos, matamoscas y coronas hasta dar con una masa deliciosa adornada con una especie de casita con dos gigantes enanitos en la punta. Picoteó todo lo que encontró y volvió a la rama torcida. Esa noche no durmió, no entendía lo que pasaba. ¿Por qué cubrir la belleza? parecía preguntarse.

A las 6 de la mañana, justo cuando sonaba el estruendoso motor, voló al cobertizo. Vio la gran explanada magullada, cubierta de tierra y desorden. Se recostó sobre un tablero y lloró. Lloró mucho. No entendía lo que pasaba. A lo lejos, encima del tejado divisó a la gata, su amiga.

Ahora había tres gatos que maullaban por comida desde el nido. El petirrojo no lo dudó dos veces, aleteó muy fuerte y se elevó poco a poco hasta las nubes. Se dejo caer libremente. Caía, caía. Mientras recorría esos metros de gravedad, pensó en la galatea, en la explanada verde, en la gama de flores, en la esencia de los eucaliptos, en la rama torcida, era imposible no quedarse perplejo. Apuntó al tejado, cerró los ojos y cayó… todo lo demás fue felicidad.

JC Magot 24.03.2009

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