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El petirrojo de la rama torcida

Eran las 6 de la mañana cuando un lindo petirrojo aterrizó en una rama torcida que había en unos de los extremos de Montecuna. Tenía el pecho negro, las plumas muy rojas, el cuello con una especie de collarín rosa y una cresta blanca coronaba su cabeza. Se balanceó de arriba abajo varias veces; desde ese sube y baja podía ver el impresionante escenario: inmenso, verde, multicolor, casi como un océano emanando felicidad a través de una gama de colores que alumbraban el día, era imposible no quedarse perplejo. A lo lejos unos inmensos árboles protegían a las flores y perfumaba el lugar con una esencia de menta y libertad. El petirrojo se quedó varias horas en la rama hasta que escuchó unos sonidos extraños y huyó.

Regresó por la noche, pero llovía. No le importó. Se refrescó en una galatea y se quedó seco, dormido, en medio del bosque de flores y plantas, embriagado con puro rocío de eucalipto.

Al otro extremo del lugar, por donde estaba la civilización, una gata negra corría por los tejados. Sus ojos parecían dos luceros azules que enfocaban fotográficamente cada rincón oscuro del pueblo, veían hasta las esquinas más apartadas. Con sus dos patas delanteras raspaba las tejas que se deshacían con la lluvia y se volvía barro. Era más fácil construir un nido con lluvia, parecía pensar la gata con sus ojazos abiertos.

Cuando la lluvia terminó, la gata se recostó en el nido y vio mejor el panorama. Pegó un brinco, se resbaló, maulló y cayó al suelo. Se levantó y empezó a caminar despacio por la terraza. Se escabulló entre varios arbustos, trepó varios escalones y llegó a una inmensa acequia. Tomó agua. Trepó por una enredadera. Sintió un movimiento. Corrió. Cuando se acercó al extremo norte, pudo ver un pájaro entre los matorrales. Se acercó lentamente. Husmeó. El petirrojo no reaccionó, estaba seco. La gata lo empezó a lamer. Inmóvil, no reaccionaba, lo movió y nada. Parecía muerto.

A las 6 de la mañana del día siguiente un estruendoso motor despertó de golpe a la gata. Estaba totalmente mojada y embarrada. Buscó al petirrojo pero no estaba. El sol empezó a asomar y la gata buscó refugio rápidamente. Unos minutos más tarde, cuando la madrugada estaba en su apogeo, llegó una bandada de pájaros de todo tipo y color: azules, verdes, grises, blancos y rojos a adornar la enorme casa blanca. El petirrojo se perdió entre la muchedumbre y empezaron a cantar tonadas ancestrales, esas que les enseñaron sus padres y que tan felices los hacía. Vibraban con cada nota, aleteaban, se excitaban. Pronto era una perfecta y muy dulce sinfonía que empezó a despertar a todo el mundo. La gata, desde su escondrijo diurno, escuchaba con emoción el concierto. La bandada formó filas y voló de ventana en ventana, pasó rozando por los tejados, revoloteó por las ramas de los grandes árboles, zigzagueó por los barrotes de las rejas y chapoteó en la catarata. Era una comparsa, un séquito que llevaba felicidad a todo Montecuna y auguraba un nuevo día, uno muy feliz.

El petirrojo volvió a su lugar más preciado, la rama torcida a un extremo del pueblo. Se balanceó de arriba abajo varias veces; desde ese sube y baja pudo ver todo el impactante escenario frente a él: inmenso, verde, casi como un océano que emanaba una gama de colores que alumbraban el día… pero había algo raro esa tarde. La gran explanada parecía tapada de cobertizos blancos y enormes columnas de metal. Gigantes trabajaban muy fuerte cargando tremendos paquetes. Perplejo, el petirrojo cambió de rama por primera vez en mucho tiempo. Desde el otro ángulo, lo mismo, un gran cobertizo blanco y enormes columnas de metal. Movió la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Voló alto, muy alto. Desde el cielo podía ver todo perfecto: el agua que nacía de una gran catarata, el lindo pueblo blanco, las flores multicolores que adornaban los árboles, las buganvillas enredadas con el pueblo. Pero el gran cobertizo permanecía ahí. No entendía qué pasaba. ¿Por qué cubrir la belleza? parecía preguntarse.

Regresó por la noche, a tratar de dormir perfumado de eucalipto en una galatea, pero un estruendoso ruido lo sorprendió. Un enjambre de gigantes metidos en el cobertizo se movía simulando un ritual ancestral. El petirrojo voló a la rama curva y se quedó perplejo observando el espectáculo. No aguantó mucho. Vio pedazos de pan y decidió ir por uno. Voló entre las columnas, pasó por sobreros, manos, matamoscas y coronas hasta dar con una masa deliciosa adornada con una especie de casita con dos gigantes enanitos en la punta. Picoteó todo lo que encontró y volvió a la rama torcida. Esa noche no durmió, no entendía lo que pasaba. ¿Por qué cubrir la belleza? parecía preguntarse.

A las 6 de la mañana, justo cuando sonaba el estruendoso motor, voló al cobertizo. Vio la gran explanada magullada, cubierta de tierra y desorden. Se recostó sobre un tablero y lloró. Lloró mucho. No entendía lo que pasaba. A lo lejos, encima del tejado divisó a la gata, su amiga.

Ahora había tres gatos que maullaban por comida desde el nido. El petirrojo no lo dudó dos veces, aleteó muy fuerte y se elevó poco a poco hasta las nubes. Se dejo caer libremente. Caía, caía. Mientras recorría esos metros de gravedad, pensó en la galatea, en la explanada verde, en la gama de flores, en la esencia de los eucaliptos, en la rama torcida, era imposible no quedarse perplejo. Apuntó al tejado, cerró los ojos y cayó… todo lo demás fue felicidad.

JC Magot 24.03.2009

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Ancón

Siempre en épocas calurosas, desde que tuve uso de razón hasta que murió mi abuela, toda la familia se mudaba a Ancón, lugar ideal para el verano ubicado a muchos kilómetros norte de Lima; eran momentos de libertad y diversión pura sin más preocupaciones que el pinchazo de una rueda de bicicleta y la pérdida de una sesión de cine antiguo. Ahí, junto a las playas astilladas, los barcos y casas abandonadas fue donde mi inocencia veraniega nació, divagó y vivió durante muchas lunas hasta expirar lentamente con la mamama.

Hace algunos años me visitó la nostalgia y enfermé gravemente; después de un día cargado de estrés por el trabajo decidí no regresar a la oficina y enrumbarme a tan bello paraje infantil; emprendí viaje por la Panamericana, con terno y corbata, hasta arribar al recordado balneario norteño.

Llegué muy tarde, casi a medianoche y Ancón estaba muy oscuro y lúgubre; desde el principio me percaté de que no existían muchos cambios a lo largo de éstos años. Al acercarme y tratar de entrar en la playa de estacionamiento la vía se hizo muy angosta y sinuosa, cuesta abajo en un cerro, y para poder aparcar tuve que girar el timón rápidamente de un lado al otro y hacer los mismos malabares con los que mi padre luchaba veinte años atrás. Justo en ese momento, cuando ya se olía el aroma a humedad, óxido y aceite quemado del garaje, un coche encendió las luces y se dispuso a salir, y como la pista es de una sola vía terminamos cruzando parachoques, miradas y fuertes alusiones a la familia.

Caminé por las nocturnas callecitas anconeras, por el amplio malecón y encontré muy poca gente, excesivo frió, cuantiosa arena y profundos recuerdos que agudizaron mi enfermedad sentimental: desde el sabor y sonido del estruendo marino, la fría suavidad de la arena y el dolor de las astillas de los barcos abandonados hasta el aroma del pescado en el muelle principal, el suave aleteo de los pelícanos y las pocas luces de los edificios frente al mar me incitaban a recordar mi niñez y el tiempo que viví en ese paraíso.

Al amanecer, en la húmeda cama de hostal, visité el portal del edificio dónde veraneaba la familia; era el Casino de Ancón, con sus innumerables y pequeñas escalinatas que daban al corredor principal del edificio y a las instalaciones del casino. Me senté en varios escalones a recordar y observar el aire y el mar cuando de pronto tres revoltosos niños casi me atropellan al bajar con sus enormes bicicletas de paseo: el más alto llevaba lentes muy antiguos de carey, un inmaculado polo de rayas azules y blancas que le llegaba hasta justo encima del ombligo, un pantalón blanco hasta las rodillas, zapatillas azules con cocos y un reloj digital enorme amarrado en su delgada muñeca; el segundo era gordito, con un polo blanco que dejaba leer “Texaco”, un traje de baño negro y una zapatillas rojas y blancas; el último niño era muy pequeño, blanco y rubio, estaba muy flaco, se le notaban las costillas y parecía el más travieso de la pandilla. Salieron muy rápido desde la oscuridad de la puerta principal del edificio, sin preocuparse de nada y ni se dieron cuenta de que yo estaba sentado; pasaron a mi lado como cuando las flechas de vaqueros rozaban los vellos de los apaches.

Yo siempre salía a montar bicicleta por Ancón con mi hermano y mis primos; hacíamos carreras muy disputadas por el malecón, desde la heladería D’onofrio hasta el Yatch Club. En el trayecto esquivábamos anconetas, heladeros, surfistas, barquilleros, señoras en grupos lentos, señores solitarios observando bikinis, niños pequeños con bicicletas de rueditas y otros un poco más grandes en enormes bicicletas de paseo, adolescentes fumando, niñas llorando en busca de mamá, parejas de enamorados agarrados de las manos, señoras vendiendo guargüeros y tamales y perros callejeros oliendo los zapatos de los señores morbosos y los de las señoras lentas.

Me acuerdo de un día en que al regresar al edificio, agotado de tanto ejercicio y aullido y maldición de la gente casi atropellada, topé con un señor muy extraño con lentes negros sentado en la escalera que me miraba muy extraño y sorprendido. No le hice caso, pero esa mirada se me quedó clavada en la memoria y siempre aparecía en mis sueños y ensueños.

Permanecí una hora más sentado en las incómodas escalinatas antes de subir al departamento. No pensé en nada, sólo observé las olas del mar, los barcos abandonados y el andar de la gente y de las anconetas. Toque varias veces el portón hasta que, tímidamente, el niño con lentes de carey acudió a mi llamada. Me abrió la puerta a medias y se quedó helado en el acto; noté su temor en el constante golpeteo de su mano contra la puerta; pregunté: “¿Eres tu Juan Carlos?”. Él asintió temerosamente y abrió la puerta.

La vivienda era la misma que recordaba en mis sueños de infancia, ¡estaba intacta! La entrada permanecía adornada con enormes flores secas junto al arcaico teléfono; el mágico comedor poseía los cuadros de paisajes españoles que tanto me gustaba ver; en la mesa, mi abuela jugaba al gin con mi madre; en una mesa contigua, mi abuelo escuchaba las novedades hípicas en una radio negra, cuadrada y con dial y leía sus revistas junto a su imprescindible papel higiénico; en medio de ambas mesas todavía permanecía el televisor en dónde vi de nuevo la fatídica explosión del Challenger.

Caminé por el pasadizo hacia el exterior, los saludé pero no me vieron, parecían muy concentrados en sus tareas. Al llegar a la amplia terraza noté que toda la mueblería se mantenía en perfecto estado; en el centro, una fría hamaca turquesa poseía una magia especial y era el centro de atención de todo Ancón. Mecerse en el mencionado artefacto tenía su truco y generaba un placer indescriptible.

La roja terraza estaba habitada por muchos niños, unos montaban bicicleta, otros corrían, otros lanzaban globos de agua a las anconetas, otros se enjuagaban las manos en pétalos de flores antes de echarlos sobre la procesión. En ese mismo instante, atrás de la hamaca turquesa, mi padre jugaba póquer con dados, tomaba gin y emitía gemidos masculinos junto a sus hermanos y una curiosa niña que se inmiscuía en el juego y el licor.

Caminé despacio junto a la majestuosidad de la vista anconera; desde ese lugar privilegiado se podía observar muy claro el tránsito de personas por el malecón, en la playa, entre las barcas, alrededor de las casas embrujadas, en los balcones de los edificios; montar anconetas y bicicletas; pescar en el muelle; nadar y bucear en el mar; manejar y chocar los pedalones; esquiar y flirtear en las lanchas; dormir en los yates; cegarse con el sol.

Recuerdo con ansiedad las puestas de sol, pasando del calor al frío sentado en la hamaca junto a mi abuela. Siempre quería quedarme hasta que todo fuera oscuro, y mi mamama siempre aceptaba. Al final terminaba con la cabeza recostada en sus faldas y ella quizás algo molesta porque no sabía qué hacer para moverse. En fin, siempre pasaba lo mismo, pero ninguno de los dos intentaba no repetirlo.

Me senté en la hamaca verde de la abuela y observé el mar y todos los pequeños acontecimientos que sucedían a mi alrededor sin que nadie se percatara de mi presencia. En ese momento, el pequeño niño de lentes de carey se me acercó y se sentó a mi lado. Noté en sus enormes ojos una enorme lucha interna por sobrevivir en el mundo, por nacer, por vivir, por crecer. En sus expresiones confirmé su gran timidez y su afán por hacer las cosas bien. Era un niño introvertido, travieso y tímido, pero bueno.

Me preguntó que quién era yo; le contesté que un amigo suyo, un gran amigo, uno que nunca había tenido y que jamás tendría. Frunció la nariz y me respondió que cómo podía ser su amigo si no me conocía; le dije que si me conocía, sólo que estaba muy cambiado, ahora era trabajador, idealista, detallista. Hablamos un buen rato y me contó algunas hazañas con su bicicleta y los pedalones y yo le conté de mis viajes por Europa y Estados Unidos. Perdió el miedo y tomó confianza muy pronto, contándome algunas cosas que no quería oír, como los choques de bicicletas y algunas muertes de niños en el malecón.

Charlamos durante mucho tiempo más hasta que mi madre lo llamó a cenar. Acotó que yo era un tipo extraño pero que le había caído bien y que ojalá nos viéramos de nuevo; yo le aconsejé tener más seguridad y libertad. Se despidió con un apretón de manos y en ese momento notamos que en la unión de las dos manos se reconstruía el mismo lunar que ambos teníamos. El se asustó y corrió hasta las faldas de su madre con un grito espeluznante.

En ese momento me paré y caminé por la terraza, y absorbí una vez más la fría brisa del mar de Ancón. Respiré la nostalgia de la nobleza de la abuela, de la gracia del abuelo, del dinamismo de papá. Cuando volví la cabeza ya no estaba la hamaca, ni la radio negra de las carreras, ni las desgastadas cartas de plástico, ni las coloridas flores secas. Todo había desaparecido en el aire: la hamaca, los pétalos de rosa, los globos, las sillas, las mesas, mis abuelos, mi padre.

JC Magot 2005

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La máscara más cara

La distinguida carroza de los Monteau ingresó rápidamente a la plazoleta principal del palacio Condesso. Detrás de ella, una noche muy oscura pestañeaba, mientras una cálida lluvia empapaba los árboles y producía una ensordecedora resonancia que amilanaba el zapateo de los caballos con los adoquines de la vía. Al llegar al pórtico, los potros se detuvieron al compás del fatigado cochero que ya inclinaba parte del cuerpo para abrir la portezuela principal del vehículo. Desde el fondo de la carroza, doña Vivian y don Nicolás saltaron apuradamente y se sumergieron en la profundidad de la oscuridad.

A la sombra de una luz tenue, aquella que se distinguía en los aposentos superiores cuando el coche ingresaba a la plazoleta, Alba terminaba de abrocharse el corsé con la ayuda de su madre y una de sus sirvientes de turno. Al escuchar el crepitar de las chispas de las herraduras con las piedras, lentamente deslizó su pulgar por la cortina de su habitación y pudo distinguir a lo lejos una elegante carroza negra que se perdía entre la oscuridad y la tormenta veraniega. Ya, perfumada y maquillada, pensaba sólo en el ansiado regreso de su prima.

Vivian y Nicolás, muy calados, caminaron por entre las fuentes de Neptuno y Afrodita, los jardines del Edén y los verdes laberintos, hasta el hall de ingreso a la residencia. Un guardia los saludó y se ofreció a guiarlos hasta el salón; Los condujo tímidamente entre salones de espejos, cuadros de porcelana, sillones afrancesados hasta llegar a la zona de la lavandería donde una criada les ayudó a secarse. Después de un momento, cuando sus trajes ya no estaban mojados, orientados por el ruido de la fiesta, arribaron a la entrada del salón de baile. Escogieron dos máscaras de entre las pocas que quedaban en el diván, abrieron la puerta y entraron en el extenso mar de muchedumbre, de licor y de bullicio.

Se toparon con muchas máscaras, disfraces, músicos, bailarines, payasos y personalidades contemporáneas. Una mujer de cabellos rubios sentada sobre una mesa, rodeada de muchachos que contemplaban su fumar, les sonrió a lo lejos coquetamente. Al pasar cerca de ella, la mujer miró a Nicolás de arriba abajo y le mandó un beso volado; Vivian reaccionó rápidamente, le sujetó la mano a su esposo y continuaron su marcha.

Unos pasos más adelante vieron que Alba bajaba las escaleras vociferando sus nombres. Vivian se acercó y se saludaron con gran afecto. Alba señaló angustiosamente a la señora de rojo y asintió ante la preocupación de su prima. Nicolás le hizo una seña de saludo y volteó la cabeza hacia la mujer de la mesa, sensual, con los labios muy rojos, colmando el cigarro de belleza y atontando a la secuela de seguidores. Ella tenía la mirada fija en él y pudieron extasiarse mutuamente por una eternidad momentánea.

Vivian y Alba se sentaron a charlar en uno de los excéntricos asientos dorados; Nicolás se disculpó y emprendió camino entre la muchedumbre con dirección hacia los labios rojos, pero en el camino una máscara muy grande, emplumada y furiosa lo detuvo. Nicolás la vio y trató de evitarla, pero una gran risa resonó desde el interior de ella y tuvo que detenerse para saludar a Antoine.

La mano sudada de su amigo se juntó con la suya mientras se despojaban de las máscaras. Comenzaron entonces los comentarios y bromas sobre el centro de atención masculino del baile. En ese instante, con las manos aún juntas, se miraron, poco a poco giraron la cabeza hacia la señora de la esquina y de nuevo brotó el numen que sólo habían percibido en muy pocas ocasiones cuando eran estudiantes de arte. Comenzaba con una energía que venía del exterior, entraba por sus ojos y se apoderaba de los dos cuerpos unidos por el apretón de manos. Pronto era reemplazado por un cosquilleo en lo profundo del alma y unas ganas de exteriorizar el mágico sentimiento. La inspiración que tanto habían buscado los amigos, se les presentó ingenuamente a través de una tosca mueca en la boca de madame Ivonne. Unos minutos más tarde, Nicolás fue hasta la entrada del hall por una máscara femenina, la cual seleccionó después de analizar la atracción que sentía por la señorona.

Antoine fue hasta el almacén del palacio en búsqueda de lienzos antiguos, óleos y pinceles. Encontró algunos colores, varios pinceles secos y gastados y un lienzo. Los cargó discretamente por entre el jolgorio y llegó hasta el punto estratégico del salón: la esquina izquierda, desde donde se distinguía claramente a la señora y su harem.

Entre los dos comenzaron a pintar, al mismo tiempo, en el mismo lienzo y con pinceles de diversos tamaños. La escena que podían observar debajo de la columna era inmejorable: la actitud, los gestos, las muecas, las sonrisas fingidas y las expresiones libidinales parecían bailar armoniosamente al ritmo del maestro de orquesta recostado al otro extremo del salón. El músico se movía rápidamente mientras que su vara se agitaba para que los violoncelos conjugaran con los violines; desde él emanaba la principal fuente de energía, de intuición, de inspiración, parecía un ángel entre toda la gente, proveyendo una puerta directa al cielo con estrellas y cometas. Cada cierto tiempo, Nicolás se acercaba un poco y conversaba con la gente que rodeaba a Ivonne y le guiñaba el ojo tratando de obtener mejores gestos para su obra. La gente le comentaba que nunca habían visto una mujer más bella, pero no le hablaban, sólo la contemplaban, a beneplácito de la madame quien a esas alturas ya mandaba besos volados a todos con una mano embadurnada de maquillaje y lápiz labial.

Entre los dos se inspiraron en la belleza del ser que percibían, paradójicamente grotesca, llena de adjetivos, de armonía y de concordia. Poco a poco, madame Ivonne, su abanico floreado, sus enaguas rojas, sus carnosos labios, sonrisas fingidas y cabellos rizados fueron inmortalizándose en un pequeño lienzo francés.

El retrato era uno plano, sin perspectivas ni sombras, pero muy profundo, producto de una inspirada travesura momentánea de dos grandes amigos. Al pintar se compenetraron uno con el otro y la perfección se hizo presente cuando sus pinceles mezclaron los azules y los rojos con los amarillos y mancharon el blanco panorama con una mágica expresión.

Ya lo habían hecho varias veces, pero en esa oportunidad fue distinto. Los pincelazos mostraban fuerza y brusquedad, eran largos y consistentes. Los amigos alcanzaban éxtasis cuando presionaban el tapiz y ajustaban la espátula con el pincel. Por casi una hora estuvieron ambos abstraídos con madame Ivonne, con el palacio, con la muchedumbre, los colores, las conversaciones, los cristales y los azulejos.

El resultado fue devastador. Un colorido impresionante daba marco a una triste señora que resaltaba por su aparente belleza entre toda la gente congregada. En una mano se podía observar un abanico floreado desproporcionadamente grande para ocultarse de aquellos a quienes no quería sonreír. En la otra, llevaba la máscara femenina que Antoine había conseguido, dispuesta a usarla para aparentar ser más bella cuando veía que se aproximaba una mujer más hermosa que ella. A su costado, encima de la mesa, reposaba un espejo, que era donde sus ojos apuntaban en ese segundo fotográfico y en él se reflejaba otra mujer, mayor, pura y con una mirada de ensueño.

Mientras esperaban que se secara el fresco, Nicolás comenzó a entablar una conversación con ella para contarle sobre la inspirada conspiración y el producto de la magia con su amigo; entretanto, Antoine recorrió la mansión en busca de un marco apropiado para el retrato. Madame Ivonne no hizo caso alguno a lo que el hombre trataba de decirle; estaba dedicada a alabarse y buscar la aceptación de la belleza absoluta ante todos. Madame pensó que Nicolás estaba tratando de seducirla y trató de seguirle la corriente; muy coqueta, charló con él por varios minutos mientras le guiñaba el ojo y le tocaba las manos.

Antoine regresó cargando, cuidadosamente el retrato, ya enmarcado en fina madera. Apareció por atrás de madame, haciendo señas a Nicolás sobre el retrato. Inmediatamente cambió el paisaje que adornaba la pared por el óleo de la señorona, y lo dejó reposar sin avisar que lo había cambiado.

El canje no fue advertido inicialmente por muchas personas, pero poco a poco, la esquina izquierda del hall se fue llenando de personajes. La magia con la cual la pintura había sido hecha creaba un impacto tal que el salón se fue silenciando hasta que se pudieron escuchar las preciosas melodías de los violines en su expresión más pura. La gente notó que el retrato se trataba de madame Ivonne y lo entendieron perfectamente. Se originó tanta conmoción que la gente no pudo retomar el diálogo por algunos minutos. Muchos se retiraron, otros salieron a la terraza, pero regresaron mojados unos segundos después.

Antoine y Nicolás permanecieron inmóviles a un lado del salón, mientras madame Ivonne, que no se había percatado de la acción, se preguntaba qué era lo que pasaba con sus admiradores. Fue uno de sus propios incondicionales quien le señaló con la mirada y con una mueca de disgusto en la boca, la esquina donde la gente se amontonaba.

Madame Ivonne vio el retrato y gritó fuertemente mientras caminaba con lentitud hacia él, a lo que siguió un silencio sepulcral. Pronto se acercó y lo miró con detenimiento. Su segunda reacción fue sollozar, pero para evitar la vergüenza, se colocó inmediatamente la máscara sonriente que llevaba en la mano.

Corrió con la máscara rociada de lágrimas, aplastando a la multitud, mientras pensaba en el retrato, en Nicolás y en Antoine. Con la desesperación de lo que podría opinar la gente sobre ella, corrió a la sala de máscaras y seleccionó la más bella de todas: era un antifaz que representaba a una niña muy dulce, de ojos verdes y labios rojos y con una corona de piedras lápiz lázuli. Encontró en el salón un pegamento y se lo aplicó al antifaz antes de usarlo. Luego la presionó nerviosamente contra su cara, se cercioró que estuviese fija y se vio en el espejo. Sonrió pero no era necesario, la máscara la condenaba a sonreír por siempre, a ocultar sus sentimientos, su razón y su belleza.

Nicolás arribó a la estancia de las máscaras y la vio feliz, bailando frente a un gran espejo, sensual, con una gran sonrisa de máscara teatral. Ella no se percató de la presencia del espigado hombre; cantaba y bailaba y sólo hasta que comenzó a despojarse de su ropa, fue cuando Nicolás tosió sutilmente y ella advirtió su presencia.

Madame Ivonne volteó la mirada hacia Nicolás y, sonriendo le preguntó si era hermosa. La pregunta y la escena conmovió a Nicolás a lo que él respondió que era la mujer más bella que había visto en su vida y se retiró dejándola sola. Ivonne siguió bailando, ahora más que nunca, con pasos sólidos, firmes y fuertes hasta que sintió cosquilleos en el rostro y trató de sacarse el antifaz. Al no poder hacerlo, se desesperó y comenzó a gritar y llorar.

Nicolás regresó al salón de las máscaras al escuchar los alaridos, pero cuando llegó ya era muy tarde, Madame Ivonne yacía en el centro de la pieza. Estaba alumbrada sutilmente por la araña de cristal, con un tajo en la muñeca y envuelta en un charco de sangre azulada; poseía una sonrisa que reflejaba el orgasmo de la fiebre que la consumía hasta congelarla de placer.

Llegaron a la escena Vivian y Alba cuando Nicolás trataba en vano de quitarle la máscara. Alba rompió en llanto al ver a su madre muerta, chilló y Vivian empalideció al ver la espeluznante circunstancia. Los esposos se abrazaron mientras Alba acariciaba la máscara de su madre. Madame Ivonne no reveló nunca más su verdadera tristeza, se quedó así, afligida y enmascarada por toda la eternidad.

Ahora cada vez que hay un baile en el salón se la recuerda. Imposible no hacerlo pues el retrato de madame Ivonne todavía cuelga en esa esquina izquierda de la estancia. Viéndolo bien, ella parece arrepentirse y llorar por no vivir. Todavía se observa el abanico floreado, la máscara de la belleza y el diminuto espejo pintado por Antoine. El detalle particular, que sólo los que acercan la mirada al fresco notan, es la máscara que se refleja en el espejo de la obra; pero no la colorida que trajo Nicolás esa fatídica noche, sino una muy blanca, celeste, espiritual, armónica y bella.

JC Magot 2005

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Las Nubes

Sole se despertaba muy temprano y sigilosamente, sin que nadie se diera cuenta, caminaba de puntitas para evitar los crujidos del piso de madera. Llegaba a la escalera, desde donde podía apreciar el esplendor de la gran casona en toda su magnitud: a la derecha, un pequeño salón de baile estaba invadido por telas de arañas; a la izquierda, un blanco pasadizo conducía a la habitación de sus padres, a los cuales todavía podía escuchárseles roncar. La escalera en espiral siempre zigzagueaba hasta el pórtico de entrada a la casa y nadie se lo impedía.

Todos los días Sole bajaba corriendo por la baranda y llegaba muy rápido hasta el primer piso, abría desesperadamente la puerta principal y salía corriendo a través del césped perfumado que rodeaba la casa; daba volteretas, saltos y respiraba profundamente la pureza del aire en cada movimiento. Eran los instantes que más ansiaba y generaban una fría catarsis en su alma y un lavado de su cuerpo y de su mente.

Por entre la hierba, ella bailaba con el viento, corría con el sol y se elevaba poco a poco con la brisa, hasta llegar a una nube, en donde siempre descansaba unos segundos para luego saltar entre el hielo y correr a través de la gran meseta de algodón. Abajo, desde un gran ventanal, su madre parecía hacerle adiós sin que Sole lo advirtiera; su mano albina se reflejaba en el velo con cada movimiento y su mirada, siempre apuntando a su hija, la seguía a todas partes, no parpadeaba, sólo amaba.

Un día de verano el sol salió muy temprano, sin ninguna nube que lo ocultara. Al despertar, Sole se puso muy triste; no podría chapotear en el rocío de las nubes ni sentir el frescor del frío. Salió de su casa, tal como lo hacía diariamente, pero esta vez recibió una bofetada de viento cálido y hediondo que la tumbó en el prado y la hizo gritar tan fuerte que despertó a su familia.

Su madre bajó corriendo por la inmaculada escalera y cuando llegó, comenzó a sollozar eternamente junto al yaciente cuerpo de su hija. No la había visto tan cerca en años, pero la reconoció; estaba ya muy mayor, encorvada, con muchas arrugas y la cara demacrada por una tristeza enorme.

Sole abrió los párpados por un momento y vio un rostro bello iluminado por dos ojos turquesas y enmarcado por cabellos acanelados. Le acariciaba la mejilla, mientras que a lo lejos se distinguía un aristócrata serio de ojos pardos. Lagrimas inundaron sus ojos y una sonrisa le llenó la cara.

Pronto aparecieron nubes y su padre la cargó en brazos. Sole reaccionó, se prendió del cuello de su procreador y lo llenó de besos. Atrás, su madre la miraba dulcemente sin inmutarse y Sole lloraba desconsolada ante tanta devoción.

Caminaron en procesión lentamente por la pradera, cruzando en su recorrido cipreses y montes, los Alpes y los Andes, hasta llegar al horizonte y comenzaron a elevarse. Ascendieron lentamente hasta la nube más alta, ahí donde los pueblos se hacen hormigas y el cielo tu amigo; la recostaron, la acomodaron, la dejaron durmiendo y se marcharon. Nunca más regresaron y nadie volvió a saber de ella.

Dicen las buenas lenguas que mucho tiempo después, Soledad despertó y dominó las nubes; se volvió ama y diosa de ellas, y desde entonces siempre toman formas dulces y tiernas que acompañan a todo el que las ve. Mencionan también que más allá de las nubes, por encima del cielo, su padre Obolo y su madre Bondad la iluminan desde siempre y para toda la eternidad, agitando sus manos desde un gran ventanal. Por eso, cuando veas una nube, sólo piensa en Sole, que siempre estará ahí para hacerte compañía cuando la extrema soledad te invada y nadie esté para acompañarte…

JC Magot 2004

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El molino de Fisterra

Hace mucho tiempo, al este de la bella campiña andina, entre el ganado, los coloridos prados y los sembríos, se levantaba el majestuoso Molino de Fisterra, conocido por ser el más grande de los Andes y por estar incrustado en el ala derecha de la hacienda de los Ancco, grandes señorones que administraban y dirigían las duras actividades diurnas de la renombrada trituradora.

Ellos vivían cómodamente en las faldas andinas, en su vasta y limpia hacienda, entre grandes pastos, majestuosos árboles, llamas y vicuñas de categoría, casonas de blanco sillar, acogedoras casas de adobe y paja, diminutos caminos de tierra y extensas carreteras, inmensos cultivos de diversos tipos de papa, maíz y trigo, y enmarcados en un impecable y fresco cielo serrano.

En ese tiempo la enorme finca no estaba abandonada como la vieron mis ojos ayer. En ella, Pedro siempre se hacía respetar sobre su caballo. Sus hijos Ramón, Luis, Daniel y Guillermo le ayudaban en todas las actividades agrícolas, y la niña Sole corría descalza, persiguiendo alacranes entre gotas de rocío, siluetas de las piedras y mugre de terrones. Se podían apreciar también, a lo lejos, diminutos campesinos trabajando animosamente la tierra y los cultivos del latifundio, y algunos pastores resguardando y jugueteando con los vacunos, bovinos y auquénidos.

En los días de molienda, Pedro siempre despertaba de madrugada a sus hijos, a los campesinos y a su hija para una ardua faena y los congregaba en el verde y liso césped frente a la hacienda, al otro lado del río, para una divertida charla y el empuje de rigor. Recuerdo un verano en el que le tocó despabilar a Adelaida, hija de su olvidada hermana Herminia, apodada “la Gata” por tener unos preciosos ojos que alumbraban las oscuras noches de vela y que estaba de visita por tres meses en la majestuosa hacienda sureña.

Toda la familia se exaltaba al oír la vociferación del jefe. Los hermanos mayores se apuraban y cruzaban para entrar a los lavabos. Les acompañaba un preocupado Guillermo quien se dejaba jabonar bajo tutela de Luis, su hermano mayor. Rápidamente se sentaban y secaban todos con una gran toalla, mientras Ramón limpiaba y enrojecía las orejas de Guille; luego, se vestían ágilmente con un ropaje campestre muy homogéneo.

Adelaida, La Gata, se demoró esa vez en asearse: arribó tarde. Como Pedro ya había dado las primeras órdenes, se sintió mal, empezó a llorar arrodillada en una piedra cercana al río, y maldijo muy fuerte al prado con una gran roca en ambas manos.

Pedro, con barrote en mano la miró delirar, se sintió culpable y cedió. Suspendió temporalmente la reunión para acercarse donde su exaltada sobrina y le replicó:
–¿Qué hace usted, sobrina? ¡Apúrese que no tenemos tiempo!

La Gata no tuvo respuesta, sólo sollozaba estruendosamente y emitía tristes lágrimas desde sus grandes ojos rojos, que sorprendían y enmudecían a toda la multitud congregada. Pedro la abrazó, la tranquilizó, la llevó cerca a sus primos y la juntó con Sole, quien se quedó sorprendida y asustada al ver de cerca la transformación de los transparente luceros de su prima. Enseguida, el patrón continuó con el apologético discurso y anunció la asignación de tareas – las más flexibles y fáciles para las tres mujeres congregadas: su hija Sole, Fernanda “la Pastorcita” y Adelaida. Ellas se encargarían de revisar las piezas de cada uno de los molinos y los suministros de trigo durante todo el proceso. Pedro, astutamente, asignó un molino a cada frágil señorita y aparte, a Fernanda se le dio la difícil misión de sobresanar el trigo sobrante, lo cual ella aceptó agradecida y honrada, respaldada por su padre, Raymundo.

El trajín empezó pronto con el drenaje del agua. Luis y Daniel abrieron sincronizadamente los canales, mientras que los demás trataban de empujar las piedras. Ramón y Guille se empeñaban en girar la yucera, pero necesitaban un barrote más y Pedro acudió en su ayuda. Entre los tres dieron las primeras vueltas al molino y acompasadamente con la fuerza del agua vieron, excitados, cómo cedía y giraba. Ramón introducía el trigo por el cono izquierdo, Luis controlaba el movimiento de las enormes piedras y Guille recibía la harina por un canalillo de fierro. La Gata los miraba y oía muy callada, con unos ojos atentos, sin parpadear, y unas orejas inmensas, puntiagudas.

En el segundo molino las cosas no avanzaban tan bien. Raymundo perdió el control sobre éste que giraba más rápido de lo usual. Se empeñaba en pararlo, y corrió por los barrotes de madera y fierro, los colocó entre los huecos de la gran piedra, pero sólo logró parte de su objetivo. Trató entonces de frenarla con la mano, pero el roce adormeció sus dedos y él los agitó fuertemente para revivirlos. Lanzó entonces, junto con Fernanda, un despavorido alarido pidiendo ayuda a los hermanos del molino adjunto.

Arribó Daniel enseguida y les aconsejó introducir mucho trigo para saturar las piedras. La experiencia afirmó que Dani estaba en lo cierto y el potente granito empezó a parar lentamente hasta dejar de funcionar. Cuando hubo parado del todo, se esmeraron en retirar el excesivo trigo para comenzar de nuevo con la coordinada tarea.

Enmarcado por blancas columnas y un sol naranja, el tercer molino avanzaba muy despacio, trigo por trigo. Cuando Pedro vio la escena, acudió ante ellos y les mostró su gran experiencia. Los novatos lugareños no captaron las sabias y rápidas lecciones del maestro y continuaron con su lenta producción, a desespero del paisa. Les repitió las técnicas y recalcaba que debían tratar las piedras de forma cariñosa, una especie de engargolar las rocas suavemente y sentir la magia del crujido de los cereales dentro del corazón. Avanzaron lánguidamente y fueron los últimos en terminar, después de doce horas seguidas de machacamiento.

Más tarde, la única que trabajaba y sobresanaba el trigo era Fernanda ayudada por su padre, mientras que, después de la cena, baño y relajamiento en el río, los hermanos Ancco se reunían en la terraza de columnas blancas, tejas y enredaderas floreadas del segundo piso de la casona principal. Ahí jugaban siempre al dominó, alimentados por pan y chicha, apostando alpacas y llamas, tranquilos, distendidos. Cada cierto tiempo, Sole se sentaba en la baranda, con sus delgados y finos brazos entre dos columnas, los pies en el aire y observaba la puesta del sol entre los cerros y la campiña, abrazada cada vez más de los fríos pilares; inolvidable paisaje que la hacían sentir viva y admirar el pasar del tiempo en la maravillosa sierra andina. Se inspiraba y pensaba mucho junto al campo, era su pasión, su anhelo, su existencia.

JC Magot 2004

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¡Peligro de invasión en Camelot!

Arturo llegó apresurado y muy preocupado; cabalgaba luego de una larga vigilia por Camelot; había hablado largamente con sus guardianes en las postas norteñas y la situación no era favorable. Se aprestaba a ingresar al castillo cuando, desde afuera, convocó con un gritó una reunión de emergencia en la mesa redonda.

Quince minutos más tarde se congregaron en el salón principal Percival, Bors, Galahad, Lancelot y Arturo; los otros caballeros estaban en peligrosas misiones por alguna región de Inglaterra, en busca de alianzas para la expansión del reino de Camelot.

Percival comenzó la charla con preguntas temerosas sobre qué era lo que sucedía o dónde estaba la reina. Arturo lo mandó callar en un instante. Bors y Galahad se sentaron raudos sin pronunciar palabra. Lancelot comenzaba a pararse y conferenciar cuando Arturo dijo: “Se acerca un ejercito de cinco mil hombres por el norte y uno similar por el oeste.”

La mesa comenzó a girar muy fuerte, los cinco personajes se miraron muchas veces y no supieron que hacer ni que decir, se les heló la sangre por un segundo mientras la mesa se elevaba mágicamente. Intervino Galahad y anunció que debería traer refuerzos del pueblo y villas vecinas; sin pensar, hizo caso omiso a la autoridad y órdenes de Arturo y salió muy rápido de la corte, montó su caballo y mandó abrir la puerta levadiza del castillo.

Arturo, enojado con la improvisación de Galahad, buscó asesoramiento y esperó los consejos de su corte. Lancelot recomendó establecer una estrategia diplomática para ganar tiempo y poder reclutar gente; Percival advirtió, asustado, una huída a Borgoña; Bors, no participó en esa primera discusión, permanecía callado y reflexionaba buscando una posible solución.

Las fuertes palabras y discusión estremecieron las fornidas paredes del amplio salón inglés; Percival y Lancelot ya se encontraban parados uno frente al otro, mientras Arturo y Bors los observaban cautelosamente desde sus grandes y cómodas sillas de madera con cojines de terciopelo azul. Los disímiles puntos de vista, el afán guerrero de uno y la cobarde coherencia del otro no parecían cruzarse en ningún momento, debería existir un tercer punto de vista; Arturo se dio cuenta que esa era la tarea del líder.

Analizó las posibilidades existentes hasta ese momento y se preocupó del silencio de Bors y la exaltación de sus hombres. Se paró, caminó despacio hasta ubicarse en medio de los dos y dijo: “Huiremos. Lo que ellos quieren es mi espada y mi tesoro; regresaremos con una armada dispuesta a reconquistar y sobrevivir en Camelot”. Bors asintió inmediatamente y agregó: “Cargar el tesoro en la carreta occidental es fácil y podemos escondernos en Reading hasta que podamos juntar un ejército aceptable.”

Bors desenvainó inmediatamente un plano de su abrigo y remarcó: “Observen éste plano, llegamos mañana por la noche a Reading, nos alojamos en Knightbridge y podemos empezar a reclutar personas en Londres”.

Arturo se quedó maravillado con el plan de Bors y lo aceptó contundentemente; el rostro de Percival sonrió por un momento y Lancelot se retiró con una silenciosa mirada que penetraban maliciosamente en los ojos de Percival.

En ese momento, Galahad regresó en esposas bajo tutela de la reina y tres guardias de seguridad y emprendieron todos el camino hacia sus alcobas para consolidar el plan y huir a Reading.

JC Magot 2003

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Waylash desapareció

Waylash no había regresado y la tormenta azotaba con fuerza por todo el boscaje y las montañas hasta introducirse vertiginosamente por la boca de la caverna. Partió muy temprano en busca de comida; le dio un beso en la frente a cada una de sus mujeres y niños y prometió regresar por la noche con dos venados y un león.

Ya era muy de noche, Waylash seguía sin aparecer y los niños lloraban al escuchar las explosiones de los truenos y relámpagos; las mujeres trataban de recoger el agua de las lluvias en grandes vasijas de cerámica, pero cada vez que llegaban al exterior de la cueva salían espantadas por el aterrador sonido que emitía la madre naturaleza. Siempre ocurría lo mismo en época de lluvias y tormentas, pero era Waylash quien se encargaba de enfrentarse al temporal y acumular el agua. En esa noche de tromba, las mujeres y niños se miraban unos a otros, con los rostros enrojecidos por la brasa de la fogata, desvelados por el estruendoso ruido e inquietos por la incertidumbre del paradero de su ser querido y el bamboleo de su futuro.

Estaban todos congregados en la cueva principal, un espacio redondo y amplio donde siempre encendían una gran fogata que abrigaba tiernamente a la familia. Alrededor de la tribu, las paredes de la covacha formaban un gran cono despuntado y se conservaban, tiznadas por la hoguera, rayadas por la desesperación, pintadas por los niños, muy sucias. Esa noche la horda asediaba al fuego, se tomaban de las manos y emitían ruidos que evocaban a los dioses en busca de un poco de calma y consuelo.

En la vivienda existían dos pequeños pasadizos colindando con la cueva principal: uno muy frío a la izquierda donde se almacenaban vegetales y animales muertos cubiertos con sal; otro a la derecha, lleno de ropaje elaborado con piel de diversos animales, lanzas de madera y piedra, chancletas de tripa de venado, vasijas de adobe e instrumentos diversos de madera, piedra y adobe creados por Waylash. En ese espacio era costumbre de Wayna dormitar y pensar en su esposo hasta que empezaba a sudar en la madrugada, achicharrada por el calor de la eterna e incandescente brasa.

Al día siguiente, todos se despertaron iluminados por la potente luz del sol y refrescados por una suave ventisca matutina. Waylash no estaba. Lloraron, se desesperaron, agitaron piedras y rocas y las lanzaron contra los muros; corrían en círculos como locos, saltaban sobre sus piernas, maldecían al cielo y agitaban la cabeza. No sabían qué hacer, todos dependían de él; nunca se habían enfrentado a la situación de vivir sin su protección.

Unas horas más tarde, los más astutos dejaron el berrinche y se embebieron con preocupación en el análisis de los extraños instrumentos y armas que había construido su dómine. Encontraron lanzas ordenadas por longitud, recostadas sobre la oscuridad y la aspereza del granito, hondas en canastas, piedras talladas de varios tamaños, armas de madera que parecían espadas, arcos y flechas rústicos elaborados con tendones de caballo, escudos de piel de rinoceronte y otros objetos más que no entendieron. Trataron de llamar a sus compañeros que seguían berreando en el bosque, pero no les hicieron caso; comenzaron a reclutar niños.

Los pequeños no se dieron cuenta de lo que ocurría y vieron los objetos como juguetes; enseguida cubrieron sus frentes y cabezas con las hondas y revolotearon por la cueva haciendo competiciones de espadachines con los sables de madera y jugando a golpear piedras con las lanzas; en un intermedio se rieron como hienas con los sonidos producidos por el rechinar de cada ligamento de los arcos y el excitante eco que producían en la caverna. El júbilo contagió a los mayores y tres horas más tarde cada uno poseía una lanza y una honda en la cabeza y toda la tribu jugaba y se peleaba por empujar una piedrita por todos los rincones de la cueva, entre las cenizas del fuego, los ropajes de Waylash, la sal y el tasajo.

Uno de los niños, cansado de tanto jolgorio, extrajo los tendones de cada uno de los arcos y los colocó alineados, uno tras otro, formando una pequeña y rústica arpa. Cuando comenzó a tocarla todos los saltimbanquis se callaron e inmovilizaron en el acto; los mágicos sonidos del instrumento hicieron llorar a las mujeres y pasmaron a los hombres y niños, dejándolos fascinados y extasiados, sin parpadear.

El trovador siguió tocando, con los ojos cerrados, melodías que vivían en su pequeña cabeza. Estaba recostado sobre una hendidura en lo alto de la cueva y tuvo a un público muy atento durante varios minutos sin que él se diera cuenta. Cuando abrió los ojos se avergonzó y dejó caer el arpa sobre el rocoso suelo, expirando una última nota. Toda la tribu se lanzó sobre el instrumento y el primero que lo cogió fue el hermano de Waylash, Wawaki, pero fue abatido por su mujer, por su cuñado y por sus nietos y el instrumento se destruyó rápidamente entre las peleas. Nadie se preocupó del arpa después de la gresca excepto el trovador quien, muy apenado, trató de reconstruirla pero las maderas y tendones se encontraban en muy mal estado y emitían un sonido similar a un concierto de ovejas asustadas.

Pasó una semana y en la fría cueva se respiraba un olor nauseabundo; la carne se había convertido en huesos, los vegetales estaban negros y muchos insectos merodeaban por su merienda favorita. Todos permanecían muy callados y sombríos y nadie se atrevía a organizarse. Dormían, comían y bebían; no hacían nada más, salvo Pawni, que era el único que salía y entraba de la cueva con una sonrisa radiante de oreja a oreja. Travieso y muy hábil, fue el que construyó y tocó el arpa y durante esa semana fue el único que se dedicó a estudiar los instrumentos de su tío Waylash y explorar la región.

A las dos semanas los hombres comenzaron a comer las arañas, moscas, grillos y caracoles que merodeaban en la cueva, encima de los restos de comida y la propia mugre de la tribu; las mujeres optaron por masticar hojas de parra y mala hierba; los niños seguían a sus respectivas madres pero no se comían las hojas, sino tomaban la leche de las plantas.

Pawni era diferente a los otros niños: no tenía madre, gozaba de independencia, se rehusaba a beber el dulce látex y se despertaba muy temprano, sin que nadie se diera cuenta; tomaba tres lanzas, dos anzuelos y una cacerola de adobe que amarraba con una soga a su cuerpo y corría por el bosque y las montañas hasta llegar a las orillas de un río. Muchas horas permaneció con el anzuelo dentro del agua hasta que entendió que debería ponerle algo para atraer a los peces. Intentó con hojas, caracoles, terrones, piedras hasta que pescó una enorme trucha cuando puso una oruga verde y pegajosa. Nadie podía creerlo cuando llegó Pawni a la cueva arrastrando una trucha que doblaba su tamaño y peso y que tenía una lanza atravesada entre los ojos; los hombres otra vez se abalanzaron sobre él como cuando dejó de tocar el arpa, y devoraron la trucha como pirañas; en segundos sólo quedó el espinazo.

Nadie le preguntó de dónde había salido tan contundente pescado, sólo comieron y se fueron a dormir. En ese momento, Pawni, se dio cuenta del poder que tenía y trató de congregar a las mujeres y niños para pescar y cazar. Les enseñó a las mujeres la magia del anzuelo con gusanos y a los niños el arte de la velocidad de los conejos y las lanzas.

Días después comprobó con orgullo que las mujeres pescaban por montones y que los niños, jugando, habían cazado docenas de conejos y hasta un venado. Comenzó entonces a pensar en mejores formas de aprovechar la caverna, el bosque y el río; ideó la futura construcción de una barca, una casa vigía en un árbol; concibió la rueda y el transporte terrestre.

Al poco tiempo era él quien llevaba a la tribu y trataba de sacarla adelante, seguido fielmente por todos los otros niños y algunas mujeres. Los hombres, reacios y flojos, sólo esperaban la cena, amodorrados en la oscuridad de la cueva, quejándose de las pegajosas moscas y absorbidos en su fetidez.

Waylash nunca regresó, nadie supo lo que le sucedió, excepto Pawni, quien por esas épocas notó la desesperación, sufrimiento y cansancio que debió tener su tío y también cobijó el deseo de irse muy lejos y no regresar…, pero no lo haría todavía; su misión estaba aún entre los suyos.

JC Magot 2003

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