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El petirrojo de la rama torcida

Eran las 6 de la mañana cuando un lindo petirrojo aterrizó en una rama torcida que había en unos de los extremos de Montecuna. Tenía el pecho negro, las plumas muy rojas, el cuello con una especie de collarín rosa y una cresta blanca coronaba su cabeza. Se balanceó de arriba abajo varias veces; desde ese sube y baja podía ver el impresionante escenario: inmenso, verde, multicolor, casi como un océano emanando felicidad a través de una gama de colores que alumbraban el día, era imposible no quedarse perplejo. A lo lejos unos inmensos árboles protegían a las flores y perfumaba el lugar con una esencia de menta y libertad. El petirrojo se quedó varias horas en la rama hasta que escuchó unos sonidos extraños y huyó.

Regresó por la noche, pero llovía. No le importó. Se refrescó en una galatea y se quedó seco, dormido, en medio del bosque de flores y plantas, embriagado con puro rocío de eucalipto.

Al otro extremo del lugar, por donde estaba la civilización, una gata negra corría por los tejados. Sus ojos parecían dos luceros azules que enfocaban fotográficamente cada rincón oscuro del pueblo, veían hasta las esquinas más apartadas. Con sus dos patas delanteras raspaba las tejas que se deshacían con la lluvia y se volvía barro. Era más fácil construir un nido con lluvia, parecía pensar la gata con sus ojazos abiertos.

Cuando la lluvia terminó, la gata se recostó en el nido y vio mejor el panorama. Pegó un brinco, se resbaló, maulló y cayó al suelo. Se levantó y empezó a caminar despacio por la terraza. Se escabulló entre varios arbustos, trepó varios escalones y llegó a una inmensa acequia. Tomó agua. Trepó por una enredadera. Sintió un movimiento. Corrió. Cuando se acercó al extremo norte, pudo ver un pájaro entre los matorrales. Se acercó lentamente. Husmeó. El petirrojo no reaccionó, estaba seco. La gata lo empezó a lamer. Inmóvil, no reaccionaba, lo movió y nada. Parecía muerto.

A las 6 de la mañana del día siguiente un estruendoso motor despertó de golpe a la gata. Estaba totalmente mojada y embarrada. Buscó al petirrojo pero no estaba. El sol empezó a asomar y la gata buscó refugio rápidamente. Unos minutos más tarde, cuando la madrugada estaba en su apogeo, llegó una bandada de pájaros de todo tipo y color: azules, verdes, grises, blancos y rojos a adornar la enorme casa blanca. El petirrojo se perdió entre la muchedumbre y empezaron a cantar tonadas ancestrales, esas que les enseñaron sus padres y que tan felices los hacía. Vibraban con cada nota, aleteaban, se excitaban. Pronto era una perfecta y muy dulce sinfonía que empezó a despertar a todo el mundo. La gata, desde su escondrijo diurno, escuchaba con emoción el concierto. La bandada formó filas y voló de ventana en ventana, pasó rozando por los tejados, revoloteó por las ramas de los grandes árboles, zigzagueó por los barrotes de las rejas y chapoteó en la catarata. Era una comparsa, un séquito que llevaba felicidad a todo Montecuna y auguraba un nuevo día, uno muy feliz.

El petirrojo volvió a su lugar más preciado, la rama torcida a un extremo del pueblo. Se balanceó de arriba abajo varias veces; desde ese sube y baja pudo ver todo el impactante escenario frente a él: inmenso, verde, casi como un océano que emanaba una gama de colores que alumbraban el día… pero había algo raro esa tarde. La gran explanada parecía tapada de cobertizos blancos y enormes columnas de metal. Gigantes trabajaban muy fuerte cargando tremendos paquetes. Perplejo, el petirrojo cambió de rama por primera vez en mucho tiempo. Desde el otro ángulo, lo mismo, un gran cobertizo blanco y enormes columnas de metal. Movió la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Voló alto, muy alto. Desde el cielo podía ver todo perfecto: el agua que nacía de una gran catarata, el lindo pueblo blanco, las flores multicolores que adornaban los árboles, las buganvillas enredadas con el pueblo. Pero el gran cobertizo permanecía ahí. No entendía qué pasaba. ¿Por qué cubrir la belleza? parecía preguntarse.

Regresó por la noche, a tratar de dormir perfumado de eucalipto en una galatea, pero un estruendoso ruido lo sorprendió. Un enjambre de gigantes metidos en el cobertizo se movía simulando un ritual ancestral. El petirrojo voló a la rama curva y se quedó perplejo observando el espectáculo. No aguantó mucho. Vio pedazos de pan y decidió ir por uno. Voló entre las columnas, pasó por sobreros, manos, matamoscas y coronas hasta dar con una masa deliciosa adornada con una especie de casita con dos gigantes enanitos en la punta. Picoteó todo lo que encontró y volvió a la rama torcida. Esa noche no durmió, no entendía lo que pasaba. ¿Por qué cubrir la belleza? parecía preguntarse.

A las 6 de la mañana, justo cuando sonaba el estruendoso motor, voló al cobertizo. Vio la gran explanada magullada, cubierta de tierra y desorden. Se recostó sobre un tablero y lloró. Lloró mucho. No entendía lo que pasaba. A lo lejos, encima del tejado divisó a la gata, su amiga.

Ahora había tres gatos que maullaban por comida desde el nido. El petirrojo no lo dudó dos veces, aleteó muy fuerte y se elevó poco a poco hasta las nubes. Se dejo caer libremente. Caía, caía. Mientras recorría esos metros de gravedad, pensó en la galatea, en la explanada verde, en la gama de flores, en la esencia de los eucaliptos, en la rama torcida, era imposible no quedarse perplejo. Apuntó al tejado, cerró los ojos y cayó… todo lo demás fue felicidad.

JC Magot 24.03.2009

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Alborada en vivo

Uno de esos tantos fríos domingos de agosto estaba sentado, casi dormido, frente a la televisión. Envuelto en mantas, colchas, babuchas y una gran bata, navegaba entre pantallazos de Mash, Los Munsters, Megaconstrucciones y esos noticieros europeos que comentan temas tan exóticos como el último nacimiento de unos cuatrillizos en una carpa de exploración en el sur de Uganda. Al transitar por los canales me topé con cuatro incas de pelo largo que cantaban agudamente en quechua. Si bien no sé hablar quechua –ni lo entiendo- la cultura andina me apasiona. Seguí el ritmo desbordante de la música que sutilmente emanaba del T.V., y poco a poco me sentí transportado a las partes más altas de la sierra andina: pasé muy cerca de Chincheros, nadé calato en la laguna de Piuray, di vueltas engrandecido alrededor de los pastizales y montañas de Pisac y corrí libre por los campos de Sacsayhuamán.

Cuando acabó la música y se proyectaron los anuncios comerciales no pude cambié de canal hasta que apareció la conductora del programa vestida con minipolleras y comentó que la música era de Alborada, un grupo oriundo del Perú y que radica en Alemania. Así de seco terminó el programa. Apagué el televisor y empecé a investigar en Internet. Bajé canciones, leí artículos, pregunté a desconocidos por el chat y hasta vi vídeos en Youtube.

Leí y concluí que Alborada es una especie de mixtura andina de peruanos, ecuatorianos y argentinos que se unieron para preservar y fomentar las raíces musicales del continente. Han explorado y analizado bastantes zonas americanas, incluso la música de los apaches en Estados Unidos. Me encantó. Al día siguiente ya tenía varios discos y en mi cuerpo danzaban canciones como Siwar Dance, Yawar Raymi o Wayanacuy.

Pienso que, en sí, la música de Alborada es una reinvención o estilización de los ritmos andinos profundos, una especie de novo-huayno envolvente que incorpora instrumentos e influencias del rock, electrónica y quién sabe qué más, grabados y mezclados con equipos de alta tecnología y calidad en estudios alemanes.

Gracias a Alborada, pasé ese invierno, primavera y verano explorando las nubes neo-folclóricas del continente. Navegué por el Mercado Central, por el de Surquillo, por los ambulantes del centro de Lima y en unos meses ya era un experto en el folclore peruano. Conseguí discos, intercambié otros y hasta se me dio por escuchar a Los Campesinos en el carro.

En las semanas que siguieron perdí varios amigos, especialmente los más esnobs, pues para ellos la música está claramente fragmentada y sus partes deben encajar exactamente con las clases sociales. Sus oídos están únicamente reservados para escuchar música de países desarrollados – léase “in inglish” – y según ellos la música en quechua es de pobres, cholos y empleadas. Me cansé de discutir pero no importó, solo me sirvió para darme cuenta quienes en realidad son amigos y quienes parte de esa neblina pseudo-yuppie que invade y ciega a algunos limeños y que es también la causa principal del sub-desarrollo e inmadurez del Perú. Me sirvió también para conocerme un poco más, darme cuenta que, por suerte, no tengo prejuicios de ese tipo… Solo me dejo llevar por la música, desde el silencio sepulcral de las catacumbas de San Francisco hasta los rincones más oscuros del gris invernal limeño.

Pasó el año 2006 y Alborada se volvió parte de mí. Es más, sus discos estaban mezclados en mi discoteca con los de R.E.M., Pearl Jam, Donizetti, Mozart, The Doors, Cementerio Club, Leonard Cohen, Soda Stereo, Carlos Vives o Kevin Johansen; el Sunqunchikpy Otavalo al costado del Murmur y el Caminos al Sol junto a L’elisir d’amore.

En abril de este año fui a uno de los conciertos de Alborada en el Parque de la Exposición. No sabía que se presentaban, fue una amiga quien me llamó –a último minuto- para ir. Hace buen tiempo no iba a un concierto por lo que acepte y, como ya era algo tarde, salí directo al centro de Lima.

Al estar casi por entrar al parque, cerca de la Av. 28 de Julio, no podía creer lo que veía: un mar humano se meneaba como un enjambre de avispas rondando un panal: vendedores de manzanas acarameladas y globos de colores se mezclaban con los de empanadas y anticuchos; niños, padres, viejos, adolescentes y pancartas se sumaban a la gran masa de personajes imperdibles en cualquier fiestón popular de la nueva Gran Lima.

Entrar al Parque de la Exposición en automóvil fue y es más que martirio. Y es que parece que el ingenioso arquitecto que diseñó el parque se enfocó en idear una maravillosa una playa de estacionamiento, pero se le acabó la inspiración al dibujar el acceso: hizo un gran arco con una única vía de acceso para entrar y salir; es decir, los carros que quieren entrar se topan de frente con los que quieren salir y se forma una congestión cargada de humo, insultos y bocinas que estresan hasta al niñito marinerito que dulcemente espera en la tremenda cola con su madre, mientras da un mordisco a su manzana acaramelada que a esa altura ya está cubierta de una capa grisácea y viscosa de CO2. En eso, cuando recordaba las manzanas acarameladas de las visitas escolares al Parque de las Leyendas, un policía que merodeaba por el lugar me grita: “Señor, señor, por favor, ¡muévase para que salga la Toyota!”.

Logramos estacionar y luego caminamos un rato por el parque, entre la asombrosa cantidad de gente, las pancartas, los revendedores, los árboles y el desorden propio que se adueña de este tipo de espectáculos limeños. En el suelo, la suciedad ya estaba más que pegada y simulaba sarna de perro.

Recorrimos el parque en búsqueda de las boleterías pero estaban cerradas desde semanas atrás y solo quedaban revendedores que querían hacer su agosto con entradas de más de 100 soles. Decidimos hacer nuestra pequeña huelga anti-revendedores y no entrar al concierto, ni hacer ninguna de las tremendas colas existentes.

Decidimos caminar y entrar al Museo de Arte de Lima. En esos eternos metros de camino hasta el MALI nos cruzamos con una variedad de personajes que aumentaban de color y brillo a cada paso: parejas de enamorados en jeans, mujeres con chompas y faldas multicolores, niños pésimamente disfrazados de Alborada – con pedazos de papel de cometa azul pegados a sus camisetas y flecos dorados de piñata incrustados en el papel azul y en las medias – como botas -, adolescentes con la indumentaria típica de la banda y hasta payasos mendigos que vendían boletos para su obra infantil que empezaba, en una cabaña adjunta, unos minutos antes al concierto de la banda.

En el museo dimos varias vueltas; primer piso, segundo, huacos retratos, cuadros modernistas, Sérvulo, esculturas, maderas, algunas fumadas, algunas conservadoras, paisajes, Cristos en todas las poses y mil cosas más que no nos alcanzó el tiempo pues decidimos volver a ver si a último minuto los revendedores bajaban el precio de las entradas.

Pero no, al llegar y re-negociar, los revendedores preferían quedarse con las entradas sin vender a rebajarlas menos a menos de 100 soles. Insistimos y, a minutos de empezar el espectáculo, conseguimos una rebaja de 5 míseros soles. Y peor aun fue al enterarnos que los dos tickets eran de asientos totalmente separados. Nos dijeron que eso no importaba, que todo el mundo se sentaba donde quisiera, pero no les creímos así que yo entré al recinto con una de las entradas para revisar si eran válidas y si podíamos sentarnos donde quisiéramos. Pasé la baranda de ingreso y me encontré con una enorme muchedumbre y un ruido ensordecedor que parecía una cueva llena de murciélagos. Comprobé lo que me decían: si bien todas las entradas eran numeradas, cada quien se sentaba donde se le daba la regalada gana. Ya no importaba si alguien llegó al final y compró un ticket en la última fila, lo veías gritando en la primera, si alguien gastó todos sus ahorros para estar en la zona VIP, ahora estaba reclamando a uno de los guardias su sitio. Empezó entonces la pelea: una chica colombiana que tenía entradas en la primera fila peleaba con una chola gorda bien sentada en primera fila. Vinieron dos tremendos mastodontes con polos rojos licrados a tratar de sacar a la señora, pero no supieron con quien se toparon. Apenas tocaron a la gorda esta forcejeó y todo el público comenzó con un ensordecedor pifeo y gritos de: “Abusivos”. Y es que claro, si sacaban a la gorda, tenían que reubicar a todo el anfiteatro.

Ubiqué un sitio vacío casi al final de las tribunas y me senté. Pronto estábamos ubicados, justo a tiempo en que empezaba el espectáculo; varias pantallas gigantes mostraban una entrevista a los miembros de la agrupación en la que comentaban sus vidas, temas sexuales, sus preferencias de ¿drogas? y sus gustos.

En ese momento prendieron unas luces muy fuertes que dejaron ver el imponente escenario donde Alborada se iba a presentar: un Machu Picchu enorme, con andenes incaicos de plástico y barnizados con laca brillante, que parecía imitar a las escenografías que Chespirito usaba en sus tan populares comedias. El santuario plastificado tenía tres niveles: en el de arriba se instalaron los violinistas, bajistas, bateristas y una veintena de músicos, en el segundo piso quedó una explanada para shows y bailes y el piso inferior quedó preparado para los cuatro sudakas bailarines.

En medio del bullicio y algarabía salieron, de uno de los costados, los cuatro danzantes totalmente de amarillo amostazado, con mil flecos dorados, ojotas amarradas hasta las pantorrillas y coronas cuzqueñas. Una chica, sentada a un metro de nosotros se paró para tomar una foto con una de esas cámaras Kodak amarillas ¿acuáticas? Y le siguió todo el anfiteatro: niños, señoras, señores, enamorados, viejitos y un montón de chicas adolescentes se pararon con tremendas pancartas a gritar histéricas como si estuvieran en un concierto ochentero de Menudo en el Amauta. Terminé de fotógrafo de todos y todas mis vecinas y con una oreja casi sorda por los gritos de una niña loca sentada atrás.

La estructura del show fue bastante movida y colorida, para cada canción había un acto especial: bailarines o trapecistas que danzaban con la música que tocaba Alborada. Algunos bien, otros patéticos, algunas danzas coordinadas, otras totalmente desordenadas, escenas de acrobacia, niños y todo lo que se puede ver en los teatros de Lima. Al final hicieron tantas cosas en un mismo espectáculo que daba la impresión de ser un Frankenstein con partes totalmente distintas, sin una integración real o sustento del espectáculo en su conjunto.

Todo el show siguió la misma tónica, los Alborada en la planta baja – simulando una pseudo-ópera – y el show en el segundo nivel. Hubieron momentos de éxtasis como Wayanacuy o Ananau, de recuerdos de niñez con Relámpago, de misticismo con Chirapaq, de baile con Siwar Dance y más emociones y nostalgia. El final, después de innumerables saltos y bailes, fue adornado por un grupo de niños que agitaban banderas de los países latinoamericanos.

La música de Alborada es buena, pero definitivamente la mística que inspiran sus discos no la plasman en el escenario; su esencia se evapora en las tablas y termina comercializándose a punto de ser una especie de Beatles folclóricos –con todo lo que eso acarrea- y llegando a la histeria colectiva que le quita toda el aura limpia y pura que transmite su música. Alborada está para más, para espectáculos que deberían ahondar el gran arte que llevan dentro y quizás poner en escena ambientaciones integrales con un propósito sustancial, que comunique algo – una referencia podría ser el Cirque du Soleil.

JC Magot 2007.


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Madrid… 3 años después…

Hoy día regresé a Madrid después de más de 3 años y la noto muy cambiada, lástima que sea para menos. El Madrid de hoy día es un Madrid sucio, muy peligroso, venido a menos. Muchos, demasiados, establecimientos con las lunas rotas, cerrados, otros por alquiler. Edificios enteros casi despoblados, seguramente llenos de murciélagos, que se asemejan a los peores años del centro de Lima. La Plaza España es un basural y el Quijote y Sancho respiran un remolino de polvo impresionante. Colillas de cigarros en todos los adoquines de la Gran Vìa. La gente apurada. Graffittis no comunicativos por todas partes.

Caminé entre la procesión de gente por la Gran Vía, a la Plaza España, a la Plaza Callao y no me siento un extraño. Me siento un español más, un habitante de esta cosmopólita urbe que, según dicen aunque no me consta, está en pleno desarrollo. La gente es la de siempre. Algunos góticos con nueve mil pedazos de metal incrustados en las cejas, boca, lenguas y de hecho en otras partes que no se ven. Gente chiflada con los pelos parados. Viejitas reunidas para tomar las cervezas del sábado por la noche en el Nebraska o Zahara. Señores ya mayores agarrados de la mano. Niñitas recontra maquilladas, con mini y fumando. Policìas revisando latinos por todas partes. Prostitutas rumanas en la calle Montera a todas horas. Españoles campechanos tratando de buscar conversa a toda hora. Los VIP’s saturados de gente, con colas de más de 20 personas para comer un sándwich. Las cafeterías que hacen extrañar a gritos a T’anta, Delicass y hasta a San Antonio. Los meseros que tiran la comida y sirve el jugo de naranja chorreando por todas partes. Calles cargadas y con aspecto muy denso.Se siente un tufillo, un tufillo feo que alerta directamente: “Algo no está bien” ¿Qué pasa Madrid?

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Cartagena de Yndias

Estoy ya en Lima después de un gran puente de mayo, soleado, divertido y enmarcado por la sobrecogedora belleza colombiana. Fue este un viaje fugaz, chiflado, interesante y relajador; pero algunos dicen que esos viajes y los que se deciden a último minuto son los mejores. Y quizás eso fue lo que nos pasó.

Llegamos a Cartagena de Yndias el sábado por la noche, después de una breve y movida escala en Bogotá. Al salir del aeropuerto, se observa una ciudad muy provinciana con gente bastante alegre y un lugar en el cual la pobreza aún está presente. El conductor hizo un desvío por el centro amurallado de la ciudad “para que vean la rumba colombiana” y nos encontramos con mucha gente atiborrando los principales sitio de Cartagena. Un tráfico excesivo frente a la muralla nos hace estancarnos por un buen rato, pero luego llegamos aceleradamente al hotel.

Lo primero que se siente en esta ciudad caribeña es el calor y humedad existente, algo así como una sauna al aire libre, que incluso nos hace empañar los lentes. Al principio es difícil caminar pues con lentes empañados no se ve mucho y sin lentes la miopía nos gana. Pero por suerte ese efecto parece desaparecer unos minutos después, no sé si por costumbre al empañamiento o por cambios de humedad por zona.

El Capilla del Mar no es un gran hotel, pero cumple con su objetivo. Nos dieron un buen cuarto, casi como un departamentito con varias habitaciones. Nos instalamos y volamos al centro para ver si agarrábamos algo de la movida sabatina, pero al llegar ya estaba por terminar. Eran un poco más de las 12 de la noche y Cartagena parecía una ciudad fantasma. Todos los establecimientos estaban cerrados o por cerrar. Caminamos por las callecitas y encontramos una especie de plaza con monumentos de fierro retorcidos y en una esquina una cantina de madera con estila cincuentero pasando huaracha y vallenato y con cuatro gordas bien morenas moviendo desforajidamente los mondongos, que rebotaban de un lado a otro como un hula-hula natural. Paseamos varios minutos por Cartagena Nocturna, pero la soledad y el cansancio nos tumbó y regresamos al hotel a descansar.

Al día siguiente nos levantamos temprano y tomamos desayuno en el restaurante del hotel: Té con limón, jugos de frutas exóticas, omelletes a la medida, arepas, frutas, etc y luego salimos del hotel para cambiar dólares por pesos colombianos antes de ir a la playa. Algo curioso es que la moneda colombiana está tan devaluada que ya casi no se usan monedas y la billetera se llena de billetes con los cuales no podemos comprar ni un chicle.

Playas y enyucadores de Cartagena
Al caminar por la península principal y las playas de Cartagena notamos que en la ciudad existe un mundo paralelo. Uno en donde habitan seres extraños, personas que venden ostras, sombreros, globos, ropa, lentes, viajes, masajes y cuanta cosa se le pueda ocurrir comprar a un turista inocente. Seres que no se dan por vencidoy se empeñan ferozmente en vender a toda costa y a cualquier persona o cosa viviente. Se encargan de perseguir, tocar, poner y acosar a cuanta gente tenga a su alrededor. Y lo peor es que los precios que quieren imponer son el equivalente a comprar una docena de ese producto o servicio en Lima. Decimos “no” y nos ponen el sombrero, “no tengo” exigen pago, “estoy con lentes” y nos zampan los lentes, “no tengo hambre” y nos abren las ostras, nos las ponen en la boca, “estoy cansado” y nos agarran las piernas para hacernos masajes, y los tenemos así por toda nuestra caminata, como colas de mono que nos atrapan por toda nuestra caminata. Y apenas nos sentamos en la playa frente al hotel, empiezan a atiborrarnos como moscas cuando ven un gran pastel de miel con duraznos. Automáticamente 3 morenas nos invanden el toldo y comienzan con los masajes en los dedos, pies y hombros. Nos embadurnan todo el cuerpo de un líquido viscoso verde que parece refrigerante de carro. Lorenza se llama una bien gorda y sin dientes. En plena sesión obligada de masajes ambulantes, viene un negrito a vender collares y nos planta uno en cada cuello “de cortesía”. En paralelo se aparece un vendedor de discos piratas de música típica colombiana que se tropieza con la masajeadora y embadurna todos sus discos del “puaj” verde.

Después de la tremenda arremetida de las pirañotas colombianas, y cuando las aguas ya estaban un poco más calmadas y nuestros bolsillos con moneditas… a orillas del Caribe y a pleno sol, se nos apareció San Martincito de Porras: un iluminado vendedor, el penúltimo, que nos ofrecía la Tierra Prometida: Las Islas del Rosario, unas islas paradisiacas en el Caribe colombiano donde no existen vendedores enyucadores, ni taxis apurados, ni busetas parranderas. Con los ojos abiertos como monedas, reservamos automáticamente boletos para el día siguiente.

El último – ¡por fín! – vendedor ambulante de Cartagena nos contactó cuando estábamos mar adentro, a 100 metros de la orilla y llegó nadando rápidamente con los brazos arriba. Vendía paseos en una banana enorme, jalada por un bote de pescador motorizado. Nos enyucaron la banana enorme y nos subimos a dar algunas vueltas por la península cartaginense. Ver a Cartagena alejada desde esa banana de plástico es impresionante: los edificios han verticalizado la ciudad, que casi parece tener un muro de contención al gran sol que la cubre cariñosamente todo el año.

Después de una mañana saturada de vendedores, decidimos ir a la piscina panorámica del último piso del hotel, donde nos dimos un aislado y cómodo chapuzón y almorzamos unos bifes de lomo, tratando de pasar por alto las frituras colombianas. Por la tarde enrumbamos al centro amurallado de la ciudad.

Centro Amurallado de Cartagena de Yndias
La antigua ciudad española de Cartagena fue amurallada hace más de 300 años para combatir a los piratas y saqueadores que trataban de robar el oro y fortuna almacenados en esta perla del Caribe. Construyeron murallas y fuertes alrededor de la ciudad y hasta en los archipiélagos de islas que circunscriben ciudad. Ahora, gracias al legado originado por los piratas y españoles, Cartagena es un lugar encantador: las murallas están prácticamente intactas y sirven de marco para un pueblito de callecitas angostas y casas muy juntas de estilo republicano, llena de balcones de madera, fachadas muy detallosas y colores por todas partes.

Caminamos por todo el centro, y poco a poco observamos cómo han incrustado tiendas, restaurantes, bares, tiendas y cuanto establecimiento comercial existe en las antiguas casonas cartaginenses. Y no desentona, es más, están muy bien cuidadas, restauradas y hacen de Cartagena una ciudad linda. Caminamos toda la tarde y vimos esmeraldas en anillos, obleas en la calle, una gran estatua de una gorda muy negra y pulida de Botero, muchas flores, balcones, casonas increíbles, iglesias y señoras cargando enormes canastones de frutas como si fueran gorros en la cabeza.

Vimos que las tiendas tenías objetos exóticos desde hamacas hasta ceniceros y artesanías con paisajes cuzqueños y que decían “Cartagena”. Amargados por este incidente, reflexionamos y conluímos que era mejor no protestar para no quitar algunas exportaciones e ingresos a nuestras paisanas de la sierra.

Seguimos caminando por la ciudad, admirando las plazas y tomando fotos en los mejores ángulos que encontrábamos. Vagabundeamos varias horas hasta llegar a una zona de tiendas de ropa vanguardista y terminar exhaustos y hambrientos en un Creppes and Waffles, local colombiano que está por abrir en Lima y que es una especie de cafetería de clínica gringa. Vimos el reloj y ya era algo tarde, por lo que decidimos ir al hotel a descansadar pues al día siguiente deberíamos estar en el embarcadero a las 8am para ir a las islas del Rosario.

Islas del Rosario
Nos levantamos muy temprano, tomamos desayunos muy rápido en el hotel sin antes saborear los jugos exóticos y enrumbamos al embarcadero. Por supuesto que fuimos los primeros en llegar y es que nos habíamos olvidado que aún estábamos en latinoamérica, el paraíso de la informalidad y claro, imposible que el barco salga a la hora programada pues, “hay que esperar que lleguen todos” nos decían. Y como la mayoría estuvo de juerga el día anterior excepto nosotros que, por mongos, decidimos disciplinarnos y asistir puntualmente a la cita naviera.

El barco salió pasadas las 9:30am a una lentitud de bote a remos y es que tuvo que zarpar ante tanta queja de los puntuales. Las primera millas náuticas las recorrimos bastante lento, pues seguíamos esperando a los tardones, que llegaron media hora después en una lancha a toda velocidad. Abordaron y recién en ese momento, pasadas las 10am, con el barco y los bolsillos de los colombianos llenos, partimos velozmente a las islas.

En el barco, frente a mi, se sentó un gringo con su espora la hondureña, que toda coqueta llevaba su enorme hibisco en la oreja y no dejaba de mirar y coquetear con todo el mundo, sintiéndose como una sirena recién salida del Lago Maggiore o la última chupada de choro colombiano. LLevaba una ropa de baño llena de florcitas igualitas a la cortina de la ducha de la Natacha. El gringo hablaba con un argentino que se había sentado cerca de él y conversaban sobre la carne argentina, los Rolling Stones y los frigoríficos colombianos. De repente, una embarcación de color militar pasó apurada muy cerca a nuestro vapor motorizado. El gringo se paró en un instante y les tomo cuchumil fotos. “Son traficantes, usan ese barco porque no pasa por los radares”. Todos nos miramos y nos entró un poco de preocupación, más que por el hecho de tener tan cerca un barco con drogas, por el hecho de ser testigos oculares de tan semejante conchudez en medio de la bahía, y a las 10 de la mañana de un día feriado.

Después de una hora de viaje entre islas, fuertes y sirenas encortinadas, llegamos a la Isla Mayor y la Playa Cocoliso. Definitivamente el panorama es muy distinto a Cartagena. El mar es turquesa, casi transparente, el aire es más fresco y la abundancia de pequeñas islas parecidas a los chistes de naufragos: islas redondas de 20 metros de diámetro, llenas de arena casi blanca, vegetación y unas cuantas palmeras cocoteras. Islas así abundan ahí, y forman un gran archipiélago coronado por la Isla Grande. Justo ahí desembarcamos, atónitos por el paradisiaco paraje, palpando la arena empolvada y saboreando el néctar de la isla. Después de unas rápidas instrucciones fuimos directo a la cabaña de buceo y nos inscribimos para sumergirnos para ver los corales cercanos.

Corales
Nos embarcamos en otra lancha – una más pequeña, que nos llevó al punto medio de una gran círculo que formaban 6 islas y que forman una especie de enorme piscina natural. Ahí, nos lanzamos al agua con cuidado pues el piso no es muy profundo y estaba lleno de corales. El guía submarino, un colombiano muy campechano, nos dió las instrucciones para usar correctamente las aletas, la máscara, el snorkel y nos enseña las señas, el truco de soplar por la nariz para evitar el dolor de oído bajo el agua y a escupir y limpiar la máscara con nuestra saliva para que “esté a nuestra temperatura y no se empañe”.

Nadamos unos minutos y el guía comienza con el tour acuático: “¡Allá abajo!” exhaló, y tomó aire y se perdió en la profundidad. En ese momento me sumerjí lo más que pude y pude sentir que los tímpamos me explotaban. Soplé con la nariz tapada tal como lo había dicho el guía, pero igual no calmó. Subo a la superficie e intenté de nuevo. Nadé. Otra vez. Y poco a poco voy notando que cada vez los oídos duelen menos. Agarro confianza y pronto ya puedo bucear por varios minutos. Veo como los pescesitos menean su cola apurádamente para escapar de mis cariños o para alimentarse de un pedacito de plancton almacenado en el coral. Estuvimos dando muchas vueltas por el archipiélago, nos sumergimos por donde veíamos peces o corales en formas interesantes, dimos vueltas y piruetas sin gravedad en el agua. ¡Nos divertimos como niños en un recreo de kindergarten!

Cuando regresamos a la Isla Mayor, extenuados, fuimos directamente a dormir un rato a una de las calas cristalinas. Fue imposible, pues el mar es irresistible. De nuevo nos lanzamos al agua y dormimos la siesta en el agua que costó bastante pues tengo una erisipela que hoy día, 20 días después, me sigue doliendo. Algo curioso fueron las sombrillas y las poltronas de la isla, muy estilizadas y sinuosideales, dignas del danzante paraje.

El almuerzo en pleno Caribe estuvo genial. Un pescado al horno muy suculento junto a guarniciones colombianas de plátano con arroz y distintos vegetales isleños. Después del banquete nos echamos a descansar en una hamacas colgada en las palmeras de un malecón que avistaba la playa. Dormimos con una impresionante vista hasta que llegó el barco y tuvimos que enrumbar tristemente de regreso a Cartagena. En el barco de regreso, junto a una gran tormenta que se acercaba, nos preguntamos: ¿por qué no reservamos antes el hotel Cocoliso de la Isla Grande?

La última noche en Cartagena fue muy tranquila y amena. Regresamos al centro amurallado; esta vez para tomarnos unos tragos en Café del Mar, un lounge bar construido en una de las esquinas de la muralla, algo que en Lima el INC hubiera de hecho observado e impedido. El bar está muy bien hecho y el servicio y su carta son de primera.

El final del viaje fue en el Restaurante Plaza de Armas, en la calle de la artillería – pleno centro, en donde nos sirvieron varias exquisiteces italo-colombianas y coronaron el viaje con un extraordinario postre, el garrapiñado, que nos dejó con ganas de más colorido colombiano.

Al regreso hicimos una parada obligatoria en Bogotá, dónde estuvimos algunas horas antes de regresar a Lima. De Bogotá se percibe una armonía natural, representada principalmente por el gran verdor existente. Esperamos en otra oportunidad conocer a fondo la capital de la Gran Colombia.

En el avión a Lima nos preguntamos: ¿siempre hay que planear los viajes? Creo que los improvisados a veces suelen sorprendernos y dejarnos extasiados.

JC Magot 2007.05.25

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Caral

Hoy viajé en el tiempo hasta los inicios de la civilización americana, a una enorme ciudad de piedra y barro con pirámides y anfiteatros en el Valle del río Supe, ciudad que los arqueólogos modernos han bautizado como Caral.

Ida
La ida por la Panamericana Norte auguraba un día muy nublado, especialmente en Pasamayo, donde las nubes parecen brotar de la carretera y entreverarse con el viento, las dunas, los camiones, las camionetas, los autobuses, los automóviles y la emoción que cercaba la camioneta.

Viajamos más de dos horas y, después de comer un buen sánguche de chicharrón en uno de los grifos cercanos a Huacho y de terminar sorprendidos por la cantidad de invasiones y pueblos jóvenes que han crecido alrededor de las dunas anconeras, llegamos al kilómetro 184 de la Panamericana Norte, en Barranca.

Hicimos un alto por varios minutos y luego nos adentramos en un camino sin asfaltar y muy áspero. Ese tramo del viaje fue algo largo y no por la distancia, sino por lo rústico del camino, pero se hizo corto gracias al paisaje visual que ofrece el valle del río Supe, que nos exhibe muchos sembríos, plantaciones, animales y pobladores.

Caral
Pronto pasamos por la parte izquierda de las ruinas, botando polvo con la camioneta y al estacionar, lo primero que vimos fue la pequeña estación turística que muy bien ha montado el Proyecto Caral, la cual no desentona con las ruinas y el paisaje y está marcada principalmente por esteras refinadas y madera del valle. En ese pequeño módulo, hay chozas de tiendas, un restaurante y zonas para artesanos.

En ese parador descansamos unos minutos, pagamos las entradas y nos inmiscuímos en la ciudad capital de Supe.

Altar de fuego
En Caral se siente la presencia del fuego por muchos rincones, dado que en la época de esplendor de esta civilización el fuego o la quema era la forma de adoración más grande. Como debía ser, el altar principal es uno especialmente hecho para fuego, una especie de horno andino, diseñado en forma circular con entradas y salidas especiales de aire para avivar la brasa. Actualmente el altar está en restauración, y se dice tenía una altura de más de dos metros.

Anfiteatro
Cerca del altar está el gran anfiteatro de Caral, que consiste en un gran escenario circular de piedra y dos escaleras de acceso. Algo interesante es que toda la ciudad de Caral ha sido construida con piedras no muy pulidas y unidas desordenamente con barro que, en esta antigua ciudad, hace las veces del cemento en la selva de cemento limeña.

Pirámides
En la urbe ancestral existen 7 pirámides, las cuales están muy deterioradas, por lo que los arqueólogos están muy afanados en reconstruirlas. Son todas escalonadas, con escaleras centrales muy empinadas y hechas de piedra. Lástima que aún no se les llegue a apreciar en su total magnitud. Pienso que el Proyecto Caral debería trabajar, aparte de excavación y conservación, en ofrecer una visión más palpable de la vida en la ciudad. Quizás reconstruir totalmente una de las pirámides y montar una escenografía que muestre a sacerdotes realizando ceremonias, sería una buena alternativa para conocer mejor a la civilización que existió en esa zona hace ya tantos años.

Huanca
Frente a una de las pirámides, existe una piedra grande y larga, en forma de reloj solar que apunta y juega con dos pirámides. La plazoleta con el monumento de piedra es quizás el sitio más acogedor de Caral y el que debe necesitar una explicación científica con urgencia. El Proyecto Caral aún está en sus inicios y comentan que sólo el 30% de la infraestructura ha sido excavada y por ende, aún quedan muchas preguntas por contestar.

Pirámide Mayor
La Pirámide Mayor, aparte de ser la pirámide más grande, es la construcción principal de Caral. Cuenta con un pequeño anfiteatro, con dos entradas flanqueadas por dos grandes piedras que hacen las veces de columnas de pórtico y por plazuelas pequeñas.

Alrededor de todas las dunas que entierran parte de la pirámide, notamos con emoción las formas sinusoidales que se crean con el viento, cambiando la estática y geometría lineal de los monumentos, por un movimiento de vida alrededor de la danzante Pirámide Trunca.

El guía nos cuenta que las viviendas de los pobladores de Caral se ubicaban en los alrededores de las pirámides y templos actuales, zona que hoy es una gran pampa desértica. Nos comenta también que usaban silos comunes y que los excrementos eran usados como ofrendas a los dioses.

Valle
La ciudad de Caral está construida en una pampa desértica, encima de una gran loma y en medio de un desierto, o mejor dicho, en una enorme duna de 66 hectáreas, al costado del Valle del río Supe.

Desde puntos estratégicos de Caral, se ve, a lo lejos, el Valle del río Supe; Verde y colorido, es el regocijo visual que nuestros ojos necesitaban después del monótono color del desierto. Es ese mismo río y valle los que le daban vida a los habitantes de esta ciudad, principalmente agricultores y pescadores, y quizás ese mismo paisaje el que inspiraba a nuestros antepasados a vivir tranquilos y en paz.

Epílogo
Caral muestra los restos de una civilización muy antigua que se desarrolló en el Perú, y por eso debemos estar atentos a descubrir qué nos tienen preparado los arqueólogos para conocer más la Nación que somos y poder así ver el futuro con mayor esmero.

Visualmente Caral muestra una infraestructura lineal o geométrica básica, sin mucho arte, pero que muestra un conocimiento científico interesante. Aún así, y si bien todo el paisaje de la ciudadela es muy armónico y simple, está muy lejos de las civilizaciones contemporáneas como Egipto, Mesopotamia o China.

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Puno

Acabo de regresar a Lima después de cinco días intensos en la sierra sur peruana, cambiando de aire y conociendo aún más la vasta riqueza y el potencial turístico del país.

Salí de Lima el miércoles al mediodía, después de una mañana movida con una reunión importante y una fuerte neblina que casi me hace perder el vuelo. Hace mucho tiempo que no tomaba un avión para un viaje interno y mi primera impresión fue lo bien que han habilitado el nuevo terminal del aeropuerto Jorge Chávez, tanto así que pienso compite mano a mano con cualquier otro aeropuerto del mundo.

El vuelo tomó más tiempo de lo normal por una parada en Arequipa, por lo que llegamos a Juliaca terminando la tarde del miércoles. En el aeropuerto altiplánico nos esperaba toda la alta dirección de Electropuno, quienes nos saludaron y, después de una breve conversación, nos llevaron directamente a Puno, al hotel Qelqatani.

El trayecto de Juliaca a Puno fue rápido pero muy emotivo: el paisaje puneño se enmarca dentro del más perfecto cuadro minimalista existente, y el contraste de celestes con blancos y verdes con amarillos, difuminados a través de la fría y lluviosa ventana de vapor caliente, transmiten grandeza y soledad infinita.

En Puno reposamos unas horas y por la noche, salimos a pasear por el centro de la ciudad. En esa caminata, lo primero que se siente, aparte de un adormecimiento integral generado por la altura, es un choque cultural enorme, propulsado por la presencia de muchos turistas, en especial españoles y por la insólita música gringa que se escucha por todos los rincones del centro de la ciudad: arrullando a una niña en el puesto de artesanías, gritando en la discoteca tempranera más bullanguera del Jirón Lima y relajando a los foráneos en los restaurantes novo-puneños.

En el centro de Puno existen dos lugares principales: la Plaza de Armas y la Plaza Pino, que se conectan entre sí por el Jirón Lima. En la Plaza de Armas, resalta la Catedral por su belleza, icono religioso hecho de piedra de loza rojiza, adornada por algunos tallados y una cruz de madera a la izquierda; y la Municipalidad, un elefante blanco enorme con diseño moderno, que parece traída directamente de Marte para desubicar a los puneños.

Más tarde nos encontramos con representantes de la empresa y fuimos al restaurante Huanchacos, un lugar que mezcla costumbres andinas con norteñas. El local es uno muy cargado, con murales enmarcados de adobe, paredes de totora y una enorme y colorida sombrilla de playa que, colgada del techo, emite excesiva luz. Ese día comí, a recomendación de nuestros amigos, una gran trucha del Lago Titicaca al vapor con legumbres, y tomé una bebida caliente puneña: el Huacsapata, elaborada con vino y pisco. Fue una gran velada y la comida puneña pasó el examen con muy alta nota. Pronto regresamos al hotel, pues al día siguiente teníamos una reunión importante y estábamos cansados del viaje y del primer día en la altura puneña.

La mañana siguiente nos recogieron temprano y fuimos a la reunión pactada. Ahí estuvimos toda la mañana, mientras conversábamos y escuchábamos la sustentación. A la hora de almuerzo nos invitaron al nuevo restaurante del Hotel Sonesta, frente al Lago Titicaca, que tiene una vista privilegiada de Puno y del lago. Cerca al hotel está anclado el barco Yavarí, el más antiguo del Perú, fabricado en Inglaterra en los 1800, desmontado y traído a Puno en burro desde la costa. Cruzamos un momento un puente colgante y visitamos la embarcación. Fue muy peculiar la historia del barco y la simpática manera que tiene el guía de contarla.

Desde el barco se observa, al fondo de la bahía, en la Isla Esteves, el Hotel Libertador, todo blanco iluminando el soleado día puneño y brillando como una perla en medio del Lago Titicaca.

El tiempo era corto, pues el bus a Cuzco nos esperaba a las cuatro de la tarde. Estupefacto por el paraje y comiendo alpaca con gnoccis, no podía dejar de pensar en cómo podría ser el futuro puneño si se sigue trabajando con fuerza hacia delante. El Lago Titicaca tiene una gran riqueza económica y un potencial turístico que podría hacer de la zona un lugar muy desarrollado.

En el terminal de bus nunca olvidaré a una señora anciana aymara que, vestida con poncho muy negro, estaba sentada muy tranquila en una banca. Noté inmediatamente sus innumerables arrugas, que podrían denotar una gran amargura, pero que después de varios segundos de contemplación, reflejan una ternura ancestral.

Puno es inmenso y en cada rincón cercano al lago se respira una calma profunda que da el aire y respiro necesario que todo gerente busca entre sus sábanas de terciopelo y sus perfumados jacuzzis.

Al salir de Puno en bus, en el cerro más alto, un cóndor muy grande vigila Puno. Con sus alas abiertas apunta sigilosamente al Lago y perfuma el aroma con plumas y soledad. Desde el monumento al cóndor hasta las entrañas del lago, se levanta Puno; fluyendo a lo largo de los cerro hasta desembocar en el Lago Titicaca, pasando por plazas, enormes monumentos al Ekeko y la Zampoña, avenidas muy angostas y pendientes, con calles de piedras que parecerían ser el antecesor de las montañas rusas y mezclando construcciones muy antiguas con nuevas.

Estuve muy poco tiempo en Puno, pero fue una experiencia totalmente distinta a lo imaginado. Al contemplar el paisaje de la bahía encontré una paz y belleza única, que me hizo olvidar la hora, el lugar, las personas, Puno y Lima por unos minutos.

Pronto tomamos el bus, y nos fuimos.

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Pasqua MMIII: Suiza (2da parte)

Agotado de tanto caminar por Roma, decidí revisar mi correo electrónico. Observé, con interés, un correo nocturno de mi madre comentándome que había entablado conversación con su querida tía Elsa desde la lejana Suiza, y me dejaba notar que ella estaba muy entusiasmada en una visita mía. Al día siguiente me comuniqué con ella y su esposo quienes me invitaron gustosamente a pasar unos días en su casa.

El ofrecimiento no fue muy fácil de concretar, primero porque el portador de un pasaporte peruano necesita obligatoriamente un permiso oficial para entrar al exclusivo y aislado terruño suizo; y segundo, porque el pueblo donde viven mis parientes es uno muy pequeño, desconocido y de difícil acceso.

El primero de los problemas se debió principalmente a la falta de información de las embajadas peruana y suiza en Roma, dado que gracias a la residencia española yo no necesitaba el visado suizo; algo que me confirmó, después de varias visitas a las embajadas, una atenta trabajadora de la embajada suiza.

El segundo problema lo resolvió el tío Peter, quien, muy amablemente, decidió conducir ida y vuelta desde Losone a Milán para recogerme desde la estación milanesa de Garibaldi.

Trayecto

La madrugada del sábado abandoné silenciosamente el Youth Station Hostel de Roma, despidiéndome muy afectuosamente de la simpática recepcionista y tomé rumbo, vía metro, a la Estación Tiburtina, dónde el bus ya me estaba esperando.

Sin darme cuenta dormí mucho en el camino, y cuando abrí los ojos fue para capturar el arribo a Siena. Desde el vehículo noté que ésta es una ciudad muy bonita pero descuidada. Estuve más de dos horas en el terminal, parado inmóvil mirando un antiguo, enrejado y horadado reloj, a la espera del bus con dirección Milán. Fue una gran pena y molestia que la estación y sus servicios estén tan descuidados y no operativos, en especial la consigna de maletas.

Llegué a Milán en la tarde del sábado y me recibió el tío Peter en la puerta del bus agitando una enorme fotografía de mi adolescencia. Inmediatamente nos saludamos, descansamos varios minutos y partimos rumbo a Losone.

El largo viaje en automóvil fue ameno, aunque algo frío y callado. Lo inesperado sucedió en la frontera suizo-italiana, dado que la cruzamos sin siquiera bajar la velocidad del vehículo, dejando a mi sudado pasaporte peruano y privilegiada tarjeta española sin el veredicto y sello suizo.

Losone

La tía Elsa y el tío Peter viven en un pueblo alpino llamado Losone, perteneciente a la Toscana suiza. Cerca de ellos, también se encuentra la placentera ciudad de Ascona, frente a la pintura que crea la combinación del Lago Maggiore y los Alpes Suizos.

La acogedora casa de la tía Elsa es una muy rústica y clásica, reconstruida sobre la base de lo que antiguamente era un gran establo campesino que albergaba numerosos animales. Es en sí, una fantástica casa de piedra “a dos aguas”, con un tejado de madera y dos pisos separados por colosales maderas, conectados por una rústica escalera externa.

La sublime vivienda alpina ha sido adaptada al nuevo siglo y cuenta, en medio de la campiña alpina, con todas las comodidades que podrían existir en un hogar de una cosmopolita ciudad, incluyendo internet de alta velocidad. La cómoda habitación en la cual descansé dos noches es una ubicada en un escondido primer piso y donde, hace más de cien años, dormían, comían y mugían vacas europeas.

Recibimiento

Llegamos a Losone como a las ocho de la tarde, y la tía Elsa nos recibió muy afectuosamente, junto con un “Fondue”, cena típica de pueblos alpinos.

Tal como su nombre lo dice, el “Fondue” es una especie de queso líquido que se sirve en un tazón hirviendo y que se conserva caliente gracias a la flama de un mechero; el alimento se ingiere remojando pedazos de pan en el derretido lácteo y mezclándolos con pimienta y distintas salsas conexas.

Mientras cenábamos, en medio de la pascua y los Alpes, charlábamos sobre la familia, los recuerdos, política y el Perú. Un problema inicial, fácilmente solucionado, fue que el idioma, dado que la tía Elsa sólo habla español y alemán, el tío Peter inglés y alemán y yo español e inglés, por lo que no había un lenguaje común entre los tres. En esa cena festiva interactuamos mucho, y cada uno debió exponer su punto en dos idiomas para incrementar la claridad en la comunicación.

La tía Elsa me contó de épocas pasadas y su vida en Lima, así como también los recuerdos de la visita de mi madre, hace más de treinta años, la cuál llegó a Suiza en “auto-stop” desde Madrid, abrigada por un poncho, una ligera minifalda y un par de botas y cargando sólo una pequeña mochila. Me transmitió también su gran preocupación por el Perú y su lejana familia. El tío Peter me mostró costumbres suizas, distintas experiencias en Europa y su afán por los perros, en especial Bodo, su querido y muy amado can.

Yo relaté mi odisea hasta llegar a Milán, los avances y novedades del Perú, las nuevas incorporaciones familiares mis experiencias en USA y mi vida en Madrid.

Después del la exquisita cena, ya muy tarde, nos quedamos jugando con Bodo, probando distintas clases de queso, viendo fotos y charlando un buen rato hasta que el cansancio italiano terminó por llevarme dormitando a mi cama. Al llegar a mi habitación, encontré en la mesa de noche una bolsa con 700 gramos de apetecibles chocolates suizos, los cuales no terminé de ingerir hasta unos días después de mi retorno a Madrid.

Alpes

La madrugada siguiente fui despertado por el tío Peter, llamándome para tomar el desayuno y partir rumbo a la cima de los cerros. Inmediatamente me duché y vestí ligeramente, incluyendo mis grandes botas de “trekking” y un cómodo pantalón.

El tío Peter condujo su automóvil hasta una zona del bosque muy pintoresca dónde se encontraban muchas familias y niños de picnic. Desde ese punto, el tío, Bodo y yo, comenzamos a caminar entre los bosques de pinos y castañas, escalando, sin darnos cuenta, los montes alpinos.

Poco a poco, el terreno se fue volcando pedroso, pero los árboles no nos abandonaban. Pasamos por una zona muy extraña, en dónde muchos árboles pierden su independencia silvestre y se acomodan, uno junto al otro, formando un círculo perfecto alrededor de una llana explanada.

Nos acercamos al centro de la circunferencia y percibimos un fuerte olor a quemado, junto con muchas piedras y cenizas. El tío Peter me contó míticas leyendas de rituales desarrollados en ese peculiar paraje.

Desde la cima del primer monte escalado, la vista es fascinante. Se puede contemplar, a lo lejos, una blanca y limpia barcaza navegando serenamente por el lago. Las bellas montañas verdes sostienen al azul embalse, que se mezcla con la vegetación y las rústicas cabañas suizas, creando una imagen clásica de Suiza, la cual ha sido plasmada innumerables veces por niños en dibujos escolares.

Continuamos nuestra marcha al segundo monte y nos encontramos muchas figuras abstractas hechas de piedra. En un primer momento pensé que estábamos en un cementerio, pero descubrí que sólo eran figuras hechas por moradores locales. En ese momento, seleccioné grandes piedras y traté de construir una efigie. Después de quince minutos, el tío y yo habíamos desarrollado una aceptable construcción sostenida increíblemente por la ley de la gravedad. Le tomé una foto, dado que los vientos la destruirían pronto, y continuamos la escalada.

En el segundo monte se respira un fresco aire que nos despeina y premia por tan memorable hazaña. El panorama es ahora más amplio y puro, mostrándonos frondosos boscajes, enormes casas, alpinas cabañas y blancas mansiones que se mezclan con los verdes pinos, el amplio cielo y las escasas nubes.

Ascona

El tiempo pasó raudamente por lo que tuvimos que bajar hasta el poblado campestre y regresar a Losone, en dónde nos bañamos y cambiamos para el almuerzo en Ascona.

Ascona es un pueblo más grande que Losone, por lo que tiene más comercios, restaurantes y muchedumbre, aparte de un encanto especial, al estar ubicada en las orillas suizas del fastuoso Lago Maggiore.

El auto lo estacionamos en el consultorio de tío Peter, en las afueras del pueblo. Lo más extraño de la construcción médica es el estacionamiento, dado que para aparcar el vehículo es necesario acomodarlo en un elevador inmenso que se encarga de bajarlo a un subterráneo, en dónde sólo hay cabida para cuatro vehículos. Es insólito ver tan gran inversión realizada para tan poco beneficio.

Al salir del garaje, el sol nos alumbra nuevamente, al igual que las flores de los jardines vecinos, lideradas por preciosos tulipanes amarillos que nos guían hasta el malecón asconiano. Es imposible no ver ni fijarse en tan colosales flores, las cuales transmiten mucha felicidad y limpieza.

Malecón

El malecón de Ascona fue una sorpresa muy grata. El paisaje es único, comprendiendo principalmente al Lago Maggiore en su mejor ángulo, perdiéndose en el horizonte. Lo flanquean los Alpes, muy verdes y nevados, con grandes edificaciones clásicas en sus faldas, con muelles en el limpio lago, con blancos yates flotando en el embalse.

Caminar por el malecón es perderse por horas entre el limpio viento, la tranquila multitud y las ilusiones ópticas. Me senté un momento en una banca, mojándome del lago, cegándome del viento, quemándome por el sol, pero sintiendo la belleza cerca de mí.

Me interrumpió un travieso mimo que jugaba con la gente y los niños. El mimo no pedía limosna, sólo se divertía y entretenía a los demás. Jugaba con paraguas, sogas, disfraces y parodias. La gente lo alentaba y se distraía con él.

Restaurante

Entramos al restaurante con Bodo en brazos y luego lo colocamos debajo de nuestra mesa. Ordenamos pasta y conversamos sobre Suiza y la Unión Europea. Por supuesto que yo me coloqué en la ventana junto a la vista del inspirador lago.

Luego caminamos por el Malecón y las diminutas calles de Ascona, escuchando bandas callejeras de jazz y blues congregar una gran multitud de oyentes. Transitar por Ascona es la irrealidad llevada a la realidad, es una fantasía convertida en verdad, es el mito hecho presencia.

Caminamos de nuevo por la ruta de los tulipanes, hasta el consultorio, hasta Losone, hasta la cabaña de los tíos, hasta mi habitación, hasta mis sueños. Quedé rendido en mi cama pero encantado y agradecido de tan inusitada visita. Por la tarde, después de una siesta, salimos a pasear con Bodo por Losone, tocando las medievales construcciones y observando, por una vez más los esplendorosos Alpes.

Regreso a Milán

Al día siguiente también nos levantamos muy temprano para regresar a Milán. Antes de partir, la tía Elsa me guardó una gran sorpresa. Esta fue un cuadro que pintó mi madre en sus épocas universitarias y se lo obsequió a ella hace mucho tiempo. Lo vi por mucho tiempo y le tomé varias fotos. Luego, el tío Peter me llevó por una carretera inusual, al otro extremo del lago, para poder captar el cuadro desde otro ángulo. Fue un recorrido interesante y bonito.

Milán

Al llegar a Milán, nos despedimos y seguimos nuestro camino. Él regresó a su vida alpina junto a la tía Elsa, y yo me apresuré en guardar mis bultos para conocer las principales atracciones de Milán, antes del regreso a Madrid.

Al recorrer Milano me di cuenta de las pocas atracciones que tiene en comparación de sus archirivales romanos. Visité el Duomo, el Castello Sforza, varias plazas e iglesias.

Duomo

El inconcluso Duomo se levanta al costado de una gran plaza milanesa. La gran iglesia es una muy grande e imponente, pero me decepcionó mucho.

La plaza colindante es una muy grande y amplia, en dónde se congrega una turba muy grande de gente incluyendo mendigos, turistas y vendedores de globos, postales y otros objetos. La gente estaba algo atareada, impaciente y violenta, por lo que me dio un poco de miedo, que me hizo cambiar de sitio mi billetera y guardar mi cámara en su estuche.

El Duomo es en sí una iglesia en plena construcción y en el momento que estuve, toda la fachada estaba cubierta con un lienzo blanco, por lo que era imposible apreciarlo en su plenitud. Di varias vueltas y pude tomar fotos de la talladísima construcción desde la sección posterior. Después entré, y comprobé que la única diferencia con otra iglesia eran los grandes y coloridos vitrales.

Caminé luego por un precioso callejón ubicado muy cerca a la iglesia. En esa callecita existen muchos cafés y comercios enmarcados por una soberbia y tallada arquitectura y un techo espléndido.

Castello Sforza

Después del Duomo, visité varias plazas al azar ubicadas en distintas salidas de las estaciones del metro. Llegué al monasterio de Santa Maria delle Grazie, en dónde se encuentra “La última cena” de Leonardo, pero no me dejaron entrar, pues se necesitaba reserva anticipada. Decidí, entonces, ir al Castillo Sforza.

Al llegar al imponente castillo, observé mucha gente en los alrededores. La mencionada fortaleza es la analogía milanesa del Coliseo Romano, pero muy inferior. La infraestructura del castillo deja mucho que desear, por lo que decidí ingresar a visitar los innumerables museos del interior.<

Lo más resaltante de las exposiciones internas fueron las pinturas y estatuas de mármol, incluyendo la “Piedad Inconclusa“ de Miguel Ángel. Esa obra fue una de las últimas obras del genio y pude analizar claramente cómo desarrollaba, magistralmente, sus obras.

Regreso

El autobús partió de Milán a las siete de la tarde, y siguió ruta hacia Turín, en dónde paramos por una hora y pude llamar, entusiasmado, a mi hermano. Continuamos luego por la noche francesa hasta llegar a Barcelona.

Una de las últimas paradas fue en un autoservicio para viajeros en Lleida, construido magistralmente por encima de la carretera. Compré agua y un sándwich, y me instalé por un momento en medio del puente, por encima de la carretera, viendo y contando a los vehículos pasar por debajo de los cristales.

En ese momento percibí al tiempo pasar, a la distancia acercarse, a la inmensidad reducirse y a la vida emerger, representados en un ligera lágrima que endulzó mi bebida. Pronto me llamaron, y me fui.

JC Magot 2003

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Pasqua MMIII: Roma

Me acabo de despertar después de dormir 24 horas seguidas, casi en agonía, producto del agotador viaje que hice por Semana Santa. En este momento, más descansado y sentado frente al monitor, me doy cuenta que esta ha sido una de mis mejores experiencias por lo que quería compartirla con ustedes.

Para ésta ocasión, lo que quería era salir de mi rutina, mi saturación y mi monotonía madrileña para inmiscuirme en una aventura diferente, por lo que fue un viaje desorganizado y mal planificado. Al final, el resultado fue una extraordinaria experiencia de la que traje muchos recuerdos y fotografías tangibles e intangibles que llevaré siempre conmigo.

Trayecto

Un famoso y milenario dicho nos anuncia que “todos los caminos conducen hacia Roma”; quizás todavía sea cierto o quizás ya no, pero el camino que decidí tomar rumbo a la capital del Imperio Romano definitivamente no fue ni el más corto, ni el más usado.

Cuando terminé clases, el jueves once de abril, aún no tenía un destino seleccionado por lo que adquirí un boleto flexible de una línea de bus que me permitiría transportarme a cualquier parte de Europa por quince días. Comencé entonces a estudiar las ciudades más interesantes y elegí Roma y Bruselas por el azar de un dado. Inmediatamente hice la reserva para el viaje de ida Madrid-Roma y también para el alojamiento por tres días en un hostal romano para mochileros.

Me presenté, tal como lo señalaba la reserva, el domingo a las 7am en la estación sur de autobuses en Méndez Álvaro y me asignaron el aparcamiento número 59. Al llegar a la puerta de embarque fue mi sorpresa y preocupación lo que me hizo saltar internamente, dado que me encontré con grandes bultos y cientos de gitanos. Comencé a rondar el sitio y tratar de obtener información pero nadie me sabía responder, o nadie me entendía. Dos minutos después pude, aliviado, respirar de nuevo al ver que un autobús con destino a Bucarest se estacionaba en el espacio número 58.

Al abordar el bus a Italia, me di cuenta que no éramos más de veinte personas, por lo que me apuré en reservar el último asiento, el cual une cinco cómodos sillones donde pude dormir varias horas por la noche. En el trayecto y en tantas cortas paradas en diferentes ciudades y pueblos me hice amigo de una marroquí, que viajaba hasta Nápoles a visitar a unos parientes, y de unos franceses que regresaban a Montpellier. Me entretuve bastante en el largo trayecto intercambiando historias peruanas, marroquíes y francesas de todo tipo. En el camino pudimos apreciar desde las ventanas del bus uno de los castillos de Calatayud, la simpleza de Zaragoza, la belleza de Barcelona con su incompleta Sagrada Familia, la noche de Perpignan, el peligro de Montpellier, entre otros.

Italia

La noche y el sueño nos ensombrecieron en Francia y llegamos a la frontera con Italia de madrugada. En ese momento subieron al bus agentes italianos a revisar nuestros pasaportes e hicieron bajar solamente a un africano para un interrogatorio privado, lo cual me sorprendió, dado que yo llevaba un rojo pasaporte peruano. Luego continuamos viaje por Italia y lo primero que me llamó la atención fue ver y atravesar la impresionante autopista italiana.

Esta majestuosa autovía nace en la frontera con Francia y literalmente atraviesa los Alpes Marítimos. Es decir, es una continuación de más de 50 pares de túneles y puentes muy altos y largos que hacen que la autopista sea lineal, perfecta, sin curvas peligrosas, sin baches, sin pendientes, a un mismo nivel, sin rondar los cerros, ni bajar a los valles, y sin preocuparse por la fatídica nueva vista que pueden tener los antiguos y pequeños pueblos de la zona; poblaciones que han sido condenadas a tener entre sus nuevos protagonistas turísticos un puente de hasta varios kilómetros de distancia soportados por enormes y elevadas columnas que unen los dos cerros de su conservador valle. Sin duda, una contundente y magnífica obra de la ingeniería civil moderna.

Al llegar, muy rápidamente, a Génova, cambiamos los verdes montes por explanadas de tierra y verdes arbustos que nos acompañan en nuestro trayecto hacia el sur de la bota. Nuestra siguiente parada es Florencia, ciudad en la cual tomamos desayuno y estiramos las piernas, para luego continuar ruta directa a la ciudad imperial.

Stazione Tiburtina

Llegamos a Roma al mediodía y el bus nos dejó en la estación de buses denominada “Tiburtina”. Fue una pena dejar el bus y las historias, pero en realidad recién comenzaba el viaje. Lo primero que hice al bajar del bus fue, inefectivamente, tratar de reservar el ticket para Bruselas, por lo que quedé condenado a visitar Roma por más días de los “planeado”. Inmediatamente comencé a tratar de comunicarme en “espagliano” e inglés con la gente y pude llegar rápido al albergue ya que quedaba en la “Piazza Bologna”, muy cerca de la estación.

Youth Station Hostel – Rome

El hostal para estudiantes fue inesperadamente muy agradable. Este es un sitio muy dinámico que alberga gente de diversas nacionalidades y por ende distintas culturas. Las chicas italianas que atienden son muy hacendosas, serviciales y muy buenas personas. Tuve la oportunidad de conocer a dos estudiantes inglesas y un ciclista canadiense con quienes salí uno de los días por la noche.

Roma

En los seis días que estuve en Roma pude conocer la ciudad aceptablemente, tratando de no desperdiciar ni un minuto del tiempo que me ofreció la ciudad eterna. Roma es una ciudad polifacética, histórica, monumental, moderna, limpia, sucia, descuidada, extravagante, religiosa, peligrosa y a la vez encantadora.

Si bien la capital italiana tiene mucho que ofrecer a los turistas, la primera impresión de la ciudad no fue muy buena, dado que gran parte de sus sistemas e infraestructuras están deteriorados, desordenados, sucios y sin mantenimiento. Las estaciones de Tiburtina y Términi, el metro, parte de las calles y el desorden vehicular son testigos de esto, lo cual da una impresión de peligro, inseguridad e incluso subdesarrollo.

En Roma hay mucho por ver y, esparcidas por todas partes, existen construcciones milenarias, fuentes, iglesias, plazas (piazzas), puentes, entre otros. Caminé mucho tratando de perderme, no haciendo uso ni del metro, ni del tranvía, ni de mapas, ni de autobuses. En mi deriva por la ciudad encontré muchos sitios interesantes y bonitos, reuní nuevos sentimientos, tomé muchas fotos, conocí gente pintoresca, palpé objetos exóticos, me cansé y me divertí mucho.

Anfiteatro Flavio

Desde pequeño siempre tuve acceso a las culturas romana, griega y egipcia, dado que en casa existían libros muy grandes de éstas civilizaciones, los cuales siempre rondaban mi cuarto y mi cabeza. Por esto, cuando llegué a Roma la ansiedad por visitar las ruinas del imperio, y en especial el Coliseo se hizo muy grande, por lo que éste fue el primer y principal sitio que visité, llegando a rondar a través de él en dos oportunidades.

El Colosseum o Coliseo Romano data del año 64 d.c. y en realidad se llama el Anfiteatro Flavio, apellido impuesto por la dinastía romana que fue la constructora del magnífico escenario. El nombre Colosseum viene de su ubicación, dado que en épocas antiguas se ubicaba al costado de un colosso de bronce con la imagen de Nerón el cual fue derruido cuando cayó su régimen.

En sí, el Coliseo es un estadio monumental con cuatro pisos de tribunas, varios pasadizos interiores, escaleras muy empinadas y cuartos especiales. Si bien ahora está parcialmente derruido por el tiempo, todavía nos deja imaginar cómo era el entretenimiento humano hace dos mil años. Se dice que en sus primeras épocas se realizaban combates entre gladiadores, y diversos animales traídos de distintas zonas del Imperio Romano, incluyendo jirafas, rinocerontes y hasta avestruces, pero fue puesto en desuso cuando la religión católica se apoderó de la civilización, llegando a ser, en su decadencia, un jardín botánico en desuso.

Desde la arena no se puede apreciar la inmensidad de la infraestructura, por lo que es en realidad desde el segundo piso dónde la emoción aflora, sintiendo la majestuosidad de la ovalada edificación. Caminar por ese segundo piso del coliseo es uno de los parajes más emocionantes en dónde haya estado. Si uno deja volar la imaginación, puede retroceder dos mil años y ver a los animales corriendo por su vida, a gladiadores luchando, y a las 50,000 personas del anfiteatro haciendo mucho ruido. Quizás podría haber sido una sensación parecida a la de un estadio de baloncesto de la NBA repleto, pero con mayores proporciones y al descubierto.

Existen en el coliseo muchas partes reconstruidas, pero son únicamente para conservar su estado actual, y no para mejorarlo, dado que la historia es hecha por el paso del tiempo. En estos momentos, lo que en realidad se ve es el cascarón del Coliseo, dado que en tiempos antiguos todo el monumento estaba forrado con mármol, el cual fue robado por los bárbaros y los Barbarini.

Di muchas vueltas por el Coliseo, repitiendo lugares y tratando de aprovechar al máximo mis pasos por esa espléndida construcción.

Foro

Al costado del Colosseum, se encuentran las ruinas del Foro Romano, lo que antiguamente fue el centro de las actividades económicas, comerciales y políticas de la Roma Imperial.

Es una pena ver lo poco que queda de éstas edificaciones, pero igual hay muchas cosas sorprendentes, como la Casa de la Vírgenes y sus bellas estatuas, el Templo de Antonio y Faustina con sus enormes columnas de mármol y los Arcos de Tito y Septimus Severo con innumerables tallados.

Palatino

También al costado del coliseo, está ubicado el Monte Palatino, en dónde Rómulo fundó la ciudad de Roma y dónde han existido muchas edificaciones incluyendo los palacios de los emperadores romanos. El tiempo se ha encargado de dejar muy poco de éstas construcciones, pero igual es muy bonito visitar el monte. El camino a seguir parece el de un parque zoológico sin animales pero con ruinas, el cual termina con la impresionante vista del Circus Maximus, recinto muy grande parecido a un velódromo dónde se hacían muchas competiciones y que ahora es un parque que congrega a deportistas amateurs.

Vittorio Emmanuelle II

Roma es una ciudad en que hay una abrumadora cantidad de monumentos que viven para contar distintas etapas de la historia Italiana. Sin duda, el monumento más sorprendente es el de Vittorio Emmanuelle II, primer rey de la Italia unificada. El monumento a su memoria contiene una fachada muy grande y blanca con muchos detalles, incluyendo columnas, esculturas de animales y personajes, estatuas aladas y hasta un fuegos artificiales que flamean desde la parte inferior. Estuve mucho tiempo tratando de sacar una foto, pero esta construcción es tan grande que es muy difícil hacer una, por lo que tuve que hacerlo por partes.

Este magnífico monumento queda ubicado en una de las plazas más importantes de Roma, la Piazza Venecia.

Piazza Venezia

La plaza central de Roma es una rectangular donde hay mucha bulla y turistas. Esta plaza también es el centro de conjunción de las más importantes autovías romanas: Via del Corso, Via del Foro Imperiale y Via Nazionale, por lo que existe una gran congestión de tráfico generándose, en las horas punta, un caos total. Para amenguar esto, los romanos han edificado, en el medio de la pista que une las tres autovías principales, una columna blanca, ancha y no muy alta en la cual, luciendo unos guantes blancos y lentes oscuros, se exhibe un elegantísimo caravinieri a dirigir el tránsito. Lo más pintoresco de ésta toma es apreciar el arte de la dirección de tránsito que lleva el impecable y dinámico policía, realizando movimientos muy bruscos y suaves casi parecidos a los de un mimo callejero, los cuales son una atracción turística más para el enjambre de fotógrafos japoneses.

Piazza di Spagna

Cerca a la Vía del Corso, queda la Piazza di Spagna, la cual podría considerarse una zona bohémia de Roma junto al Trastevere. La plaza es muy extraña, siendo las innumerables escalinatas un polo de atracción para los turistas y jóvenes, los cuales llevan tambores, flores, licor, vestimentas extravagantes y propician cantos italianos. En si, la plaza vive por medio de la gente que se congrega ahí, más que la propia infraestructura que existe.

Panteón

Perdido e incrustado en el centro de Roma está el impresionante Panteón, la construcción imperial que mejor se conserva (año 27 a.c.), albergando las tumbas de célebres monarcas y artistas italianos incluyendo los populares Vittorio Emanuelle II y Rafael Sanzio.

El Panteón inicialmente fue diseñado y construido como un templo de adoración a los dioses romanos, de dónde se deriva su nombre. Posteriormente, con el dominio del catolicismo, se derribaron los dioses antiguos y el Panteón fue usado como tumbas para célebres personajes.

Esta construcción es muy grande y circular, asemejando a un planetario de más de 50 metros de diámetro. En la cúspide de la media esfera hay un orificio de 8 metros de diámetro por dónde entra el sol, la luna y la lluvia, los cuales no dañan la infraestructura gracias al extraordinario diseño. En si, el Panteón no ofrece mucho más, es sólo un gran salón redondo con tumbas importantes alrededor.

Fontana de Trevi

La Fontana de Trevi, diseñada por Nicoló Salvi, es una fuente muy interesante que se encuentra ajustada entre calles muy pequeñas del centro de Roma. La fuente es un homenaje al océano y tiene muchas esculturas con ese motivo, que flanquean el supuesto mar. Este último es uno muy claro que asemeja a una piscina y en dónde miles de turistas arrojan monedas con la esperanza de regresar a la eterna ciudad.

Moda

Estar en Roma, también significa circular por avenidas y tiendas que lucen lo “último de la moda”, así como cruzarse con gente luciendo atuendos extravagantes.

Un ejemplo de ello es la fotografía que tengo grabada en mi memoria, en la cual se ve la imagen de una muy alta y pálida mujer transitando en el alicaído metro romano. Se le distinguen facciones faciales muy marcadas, cabellos rubios anudados perfectamente en una cola y se le puede observar un atuendo ajustado muy negro que contorneaba su esbelta figura. Si bien se le veía muy atractiva, parecía mantenerse muy oculta, con un olor a misticismo, anonimato y agresividad usando unos lentes de sol sesenteros muy negros y unas botas oscuras muy grandes.

Al transitar viendo las tiendas de importantes diseñadores por la Via del Corso, lo más impresionante fue ver cómo las tiendas promocionan su ropaje a los transeúntes. Al observar esos extraños paneles, en un principio dan la impresión de estar en un desorden total, como si recién los estuvieran ordenando, pero luego de unos diez segundos de ver la escena y captar la idea, uno se da cuenta que han sido ordenados de una manera muy armónica y artística, siendo una manera muy original, desordenadamente ordenada, de arreglar las cosas.

Pizza y tortas

Si bien la cocina italiana es reconocida por varios tipos específicos de pasta, la comida que me encasillé en probar fueron distintos tipos de pizzas, helados y tortas. Gran parte de mi presupuesto fue destinado a probar éstos comestibles en diferentes establecimientos por toda la ciudad, encontrando muy diferentes sabores, como por ejemplo, el del fast-food “Spizzico” y su copia de Pizza Hut, o la del ambulante cercano al Coliseo y su extraordinaria cantidad de queso, hasta la elegante pizza servida en un restaurante casi abandonado por la gente en una muy pequeña calle del Trastevere. Mis preferidas fueron, sin duda, las hechas a mano y dobladas en seis por un cordial cocinero del pequeño bar arrinconado en la estación de metro “Colosseum”.

Con respecto a los postres, los helados no fueron más de lo esperado, quizás por la alta y exacta difusión que tienen alrededor del mundo. Lo que me llamó la atención fueron los adictivos postres de frutas, en especial uno extraordinario que sirven en el Spizzico y que debe ser, de lejos, su mayor factor crítico de éxito.

Vaticano

Llegué al Vaticano sin darme cuenta, como a las 5pm del jueves, cuando estaba dando vueltas entre el Trastevere y los soberbios puentes sobre el Tíber.

La Plaza del Vaticano es muy grande y transmite una inmensidad única. Es en sí una plaza elíptica con un gran obelisco egipcio en el medio y dos fuentes a sus lados. Existe una estructura muy grande que ronda la plaza, la cual es soportada por enormes columnas, albergando estatuas muy finas de mármol que resucitan personajes bíblicos.

En ese momento me pude percatar que había mucha gente esperando poder entrar a una prestigiosa ceremonia que se celebraría ese día. Pregunté a los turistas y policías, pero me indicaron que se necesitaba un boleto verde para poder ingresar, por lo que me resigné a estar sentado un momento y dar muchas vueltas por la plaza. Luego, enrumbé hacia la derecha, llegando a una zona dónde se vendían artesanías de todo tipo. Di una mirada, descansé un buen rato y decidí regresar al Vaticano antes de volver al refugio. Mi sorpresa y suerte se extrañaron al encontrar la plaza vacía de gente y de caravinieris, por lo que caminé hasta la puerta de la Basílica de San Pedro. En la portada, me encontré con varios policías que me recomendaron remover mi chompa de la cintura antes de entrar al recinto, por lo que tuve que hacer ese incómodo sacrificio para poder ingresar.

Basílica de San Pedro

Cuando entré a la tan colosal iglesia se estaba realizando una ceremonia de Semana Santa presidida por el Papa Giovanni Paulo II y pude percibir el mismo misticismo, tradición, aburrimiento y perfume de señora que se respira en la mayoría de iglesias que he visitado. Había mucha gente, pero no tanta como para no poder dar vueltas cómodamente. Caminé mucho por los recintos laterales de la iglesia observando las maravillosas obras artísticas existentes.

En la zona central, descubrí muchas cámaras de televisión que tapaban la visión, induciéndome a buscar un rincón para poder observar cómodamente al blanco personaje. Con dinamismo y un poco de suerte pude encontrar un grupo de monjas muy bajitas desde dónde pude captar nítidamente imágenes de la ceremonia y tomar muchas fotos de la escena. Minutos después seguí dando vueltas por el ala izquierda, visitando algunas tumbas de papas, cuadros, estatuillas y grandes monumentos de santos y personajes papales y bíblicos. Un problema fue que el ala derecha de la Basílica estaba cerrada, por lo que al final me acomodé en el sector sur, junto al borde del camino central, siguiendo el sermón papal y las canciones en un inentendible latín.

Al término de la larga ceremonia el pequeño, blanco, encorvado y popular personaje salió ovacionado junto a la Armada Suiza por el camino central, por lo que pude observar de cerca su paso y tomar algunas fotos.

La mañana siguiente decidí regresar a la Basílica y visitar las áreas que faltaban, lo que incluía la fenomenal “Piedad” de Miguel Ángel, la Capilla de San Sebastián y otras estructuras. Después enrumbé a conocer las otras atracciones turísticas que ofrece ésta diminuta ciudad, las cuales están ubicadas muy cerca de ese escenario.

Museo del Vaticano

El museo nos da acceso a los Palacios del Vaticano y a la Capella Sistina, los cuales son muy interesantes e impresionantemente bien hechos y diseñados por genios de la talla de Miguel Ángel y Rafael. Al recorrer los palacios, Rafael se lleva todos los laureles por sus increíbles escenas murales y pinturas, que nos hacen reconstruir escenas específicas como un incendio en el año 847d.c. Lo único que faltó de éste recorrido es tiempo para poder apreciar bien cada una de ellas.

Capella Sistina

La Capilla Sistina a primera vista parece un antiguo salón grande de teatro colegial con piso de parquet y gran amplitud; hasta que uno observa el techo y los altos muros, y descubre el colorido de las escenas. Ha habido mucha polémica por la nueva restauración de los murales de la capilla, dado que ahora tiene colores mucho más fuertes y resaltantes que hace algunos años, pero a mí me parece que ha quedado muy bien, tan coloridas y llamativas como fueron originalmente, casi pareciendo animaciones hechas por artistas de revistas animadas japonesas. Los murales más impactantes son “La creación de Adán” y “La creación de Eva”, que transmiten mucha belleza y perfección, así como también un gran dolor de cuello y un mareo espectacular.

Seguí recorriendo el vaticano para luego regresar y recorrer por última vez el centro de Roma, la Piazza Venecia, la del Popoli, la Navona, y muchas más hasta muy tarde, antes de partir para Milán y Suiza que fueron mis nuevos rumbos.

Conocer Roma fue un retroceso al pasado e implicó analizar el origen de muchos ritos, creencias y culturas que han impactado al mundo actual y aportado mucho a la humanidad. Esta civilización, por más descuidada que esté, sigue siendo una de las ciudades más vanguardistas del mundo y debería ser un destino obligado para cualquier ser humano.

De Roma no traje souvenirs ni del vaticano ni del coliseo. De Roma traje un libro italiano muy antiguo y bonito llamado “Laberinto d’amore”, dos anillos, polos animados, un disco de “Italia Inverno 2003” y un pedacito de mármol del foro romano que encontré varado en el camino. Trataré de conservar por lo menos uno, y así recordar esas mil vivencias de esos magníficos días de movimiento pero de mucha tranquilidad que pasé en Italia.

Buscando en mi cabeza por algún recuerdo, me doy cuenta que todavía tengo una imagen muy nítida de un almuerzo en el Barrio del Trastevere, el día anterior a dejar Roma; escena en la que estoy sentado en ese restaurante abandonado de gente, con una pizza en mi mesa, viendo a esporádicos seres pasar por una angosta calle, y escuchando a lo lejos a Carmen Consoli y su “L’eccezione”, transmitiendo una nostalgia, libertad y felicidad enorme. Ojalá permanezca con esa nitidez y no se desvanezca muy pronto.

JC Magot 2003

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Liverpool

Acabo de regresar de Inglaterra, luego de visitar muchas ciudades, lugares, paisajes y castillos, pero una de mis mejores experiencias fue el demencial viaje a Liverpool, cuna de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, apodados como The Beatles.

The Beatles es mi banda favorita y toda su parafernalia siempre me ha llamado la atención desde que tengo uso de razón. Inclusive, su música ya sonaba por mis pequeños oídos cuando estaba en el útero de mi mamá. También, toda mi niñez fue inundada por los sonidos de los primeros discos del cuarteto, y recuerdo claramente imágenes de mi adolescencia volteando la cinta del Sgt Peppers para escuchar los supuestos mensajes ocultos que deberíamos encontrar al tocar la cinta a la inversa.

Por eso, cuando decidí pisar tierras británicas de nuevo, fui decidido a explorar la ciudad dónde esos sonidos y creatividad se originaron, por lo que insistí a mis primos que me acompañen al puerto de Liverpool.

Salida

Me quedé a dormir en la casa de uno de ellos, al sur de Londres, dado que el tren salía de la estación de Gatwick a las cinco de la madrugada y se demoraría cuatro horas en llegar a su destino.

Los despertadores sonaron alrededor de las cuatro, por lo que nos levantamos apresuradamente, nos aseamos, y nos dirigimos a la estación, donde nos reunimos con mi prima y comenzamos a charlar sobre la aventura que se avecinaba. Teníamos todo listo para la partida, pero tuvimos que esperar al tren, que partió aproximadamente media hora tarde. En mi viaje al Reino Unido, esto fue un común denominador en los trenes regionales de Inglaterra, por lo que la frase “hora inglesa, hora exacta” parece ser ya un refrán de épocas antiguas. Lo más hilarante es que por los parlantes del tren vociferan las razones de las demoras, las cuales cada vez son más cómicas, como por ejemplo: “estamos esperando al chofer del tren”.

Camino a Liverpool

Al pasar por la primera estación, Reading, nos indicaron que el tren estaba fallando por culpa de los frenos, por lo que el tren sólo iría hasta Birmingham. Esto causó molestar en todo el público dado que ya teníamos tardanza suficiente. Inmediatamente fuimos a hablar con la autoridad respectiva para ver qué era lo que debíamos hacer, qué alternativas teníamos y en todo caso planear una nueva ruta hasta nuestro destino. Para empeorar las cosas, gran sorpresa nos llevamos cuando nos aproximábamos a Birmingham dado que pudimos observar por las ventanas que la nieve caía como algodón y emblanquecía la oscura ciudad. Estuvimos en la estación de trenes de Birmingham, congelándonos, un buen rato hasta que pudimos tomar otro tren con dirección a Liverpool.

Liverpool

Llegamos al puerto de Liverpool a las 11:30 de la mañana e inmediatamente comenzamos a tratar de orientarnos, buscando y preguntando hasta llegar al centro de atención para los turistas, en donde una señora muy amable nos dio un mapa de la ciudad y todos los sitios de interés “beatle”. En ese momento hicimos reservaciones para la Magical Mystery Tour, que comenzaba a las dos de la tarde.

Liverpool es una ciudad muy diferente al puerto negro, oscuro y peligroso narrado en los libros de Los Beatles. En realidad es una ciudad muy inglesa, clásica y con muchos lugares de interés, inclusive está postulando para ser la Capital Europea de la Cultura en el año 2008, y los locales están convencidos que ganarán.

Mathew St.

El primer sitio que visitamos fue la Calle Mathew, en el centro de la ciudad, y en donde hay varios pubs, bares, restaurantes y tiendas. La calle es una muy estrecha y en el cielo un aviso anuncia, entre extremos: “Aquí nacieron Los Beatles”. A la derecha hay tiendas de artefactos Beatles que incluyen los propios discos, guitarras, tazas, y todo lo necesario para tener una casa completamente decorada con el cuarteto. Miramos un rato y luego salimos sin comprar nada, dado que la única P que estaba mal planificada era la del precio.

Seguimos por la calle y llegamos al pub The Cavern – considerado como el más popular del mundo y en dónde los Beatles tocaron 292 veces a un reducido grupo de personas – pero estaba cerrado, por lo que decidimos regresar más tarde.

Al otro lado de la calle se puede observar una estatua muy grande de John Lennon, que está perfectamente acondicionada para que los turistas se tomen fotos. También, se puede apreciar que los ladrillos de esta zona contienen nombres de diversas bandas, incluyendo a The Rolling Stones, Queen, entre otros. Al voltear la mirada observamos que a un par de metros había muchos emblemas y círculos mostrando todas las canciones que han alcanzado el número uno en la ciudad. Estuvimos leyendo y imaginando un buen rato hasta que decidimos ir hacia la orilla del rio Mersey, cerca al Albert Dock antes de tomar la Magical Mystery Tour.

Yellow Submarine

En el camino al oeste nos topamos con un gran submarino amarillo que yace varado en medio del césped. A su costado una autopista emite mucho ruido y pasa casi inadvertente a tan colosal monumento. Es increíble ver un homenaje a una canción en medio de una ciudad, y sobretodo uno tan grande, colorido, pomposo y totalmente diferente a toda la arquitectura y matiz de la ciudad, pero claro, esto es Liverpool, la ciudad “beatle”.<

Albert Dock

Llegamos al Albert Dock como a la una de la tarde y pudimos observar al Rio Mersey en su plenitud. El rio, que desemboca en el Atlántico, deambula lenta y turbiamente al ras del malecón pareciendo una gran acequia a punto de rebalsarse. Este paisaje, junto con el frío viento del amplio y lluvioso malecón bien pudo servir como aliciente para que unos muchachos de puerto aguitarrados compongan canciones muy comunicativas que llegan a tocar el alma.

Estuvimos por este paraje por casi dos horas, caminando entre muelles, puertos, barcos, veleros, y estanques hasta que llegamos al embalse principal en la costa de Liverpool. Este es uno rectangular, que parece ser una piscina enorme de agua oscura, rodeada por enormes edificios marrones y que alberga una isla verde en el interior con forma exacta de las islas británicas. Recorrimos los cuatro lados del rectángulo y observamos museos, cafés, bares, restaurantes y diferentes establecimientos comerciales. Entramos en algunos y seguimos caminando. Transitar al lado del Mersey puede ser una experiencia muy similar a escuchar esas melancólicas canciones como “A Day in the Life” o “The Fool on the Hill”. El puerto de Liverpool es una experiencia única.

Magical Mystery Tour

Tomamos el Magical Mystery Tour desde el centro de Liverpool. Este tour consiste en una visita guiada por los sitios más memorables de Los Beatles en Liverpool a bordo del excéntrico bus sesentero con el cual se filmó la película Magical Mystery Tour; y guiados por un baterista amigo de los cuatro músicos. Tratamos de conseguir los mejores asientos, dado que el acento del guía y en general de la gente de Liverpool es muy extraño y, a veces, algo difícil de captar.

En el bus nos encontramos con gente de diversas nacionalidades incluyendo asiáticos, europeos y latinos; todos unidos en un bus muy extravagante, tratando de conocernos, escuchando canciones muy conocidas por todos y buscando aprender un poco más sobre éste fenómeno musical.

Recorrer Liverpool no es muy diferente a recorrer cualquier otra ciudad inglesa. Es decir, las construcciones y el ambiente son muy británicos: se pueden observar las calles oscurecidas por las nubes, las vías mojadas por la lluvia, el humo de la boca, los abrigos, las panaderías oliendo a canela, el verdor de los parques y el gris de las construcciones.

Esta vista es seguramente la misma desde hace 40 años, por lo que nuestro guía trata de recrear en nosotros los acontecimientos más importantes de aquellas épocas y la huella dejada por éstos seres tan controversiables como comunicativos.

Penny Lane

Después de pasar por la alcaldía, en dónde los cuatro fueron recibidos y homenajeados luego del retorno de EEUU, llegamos a la Avenida Penny Lane, popularizada por la canción del mismo nombre. La sinuosa avenida tiene una pendiente muy particular y es una de las calles más comerciales de la ciudad. Es en sí, una vía recta por partes con automóviles aparcados en ambos lados, con muchos comercios en el primer piso y departamentos en el segundo. Siguiendo la letra de la canción, se pueden apreciar todavía la barbería, el hospital y la rotonda tal cual lo vio Paul McCartney en los sesentas. Nos bajamos un momento del bus y caminamos por la calle siguiendo la explicación y ruta del líder.

Casas

Visitamos por fuera las casas y lugares de nacimiento de John, Paul, George y Ringo, y también de personajes adjuntos como Brian Epstein, Pete Best y Stu Suncliff. Estas visitas nos hicieron entender la humildad de George, la tristeza de John y la comodidad de los Epstein, y comprender así mejor algunas de las canciones.

Notamos con extrañeza que la gente del exterior nos saluda, y trato de entender si es en realidad un gesto natural de los locales, tal como dice la canción, o es porque tratan de saludar a turistas sentados en un bus totalmente llamativo.

Strawberry Fields Children’s Home

Llegamos a Strawberry Fields, un hogar para niños huérfanos en dónde John Lennon jugó inocentemente de pequeño y que actualmente está en crisis, incluso a punto de cerrar, dado que faltan niños abandonados. La entrada es muy reservada, por lo que sólo pudimos estar unos minutos en la puerta de ingreso y a lo lejos pudimos divisar unos cuantos niños jugando y saludándonos. Strawberry Fields, con sus grandes árboles, vasto jardín, puertas metálicas y columnas de piedra fue una visita muy fugaz pero necesaria para cualquier seguidor de la banda.

Regresamos al bus y continuaron sonando canciones de Los Beatles, pero oírlas, sentados en ese mítico bus con poca calefacción parecería escuchar canciones simples que nunca antes había oído. Suenan más melodiosas que lo usual, por lo que no se pueden dejar de cantarlas o por lo menos tararearlas.

The Cavern

El final de las dos interesantes horas del Magical Mystery Tour es en Mathew St, específicamente en el famoso pub llamado The Cavern. El bar está ubicado en una esquina interna de la estrecha y oscura calle junto a un descampado, lo que le da un aroma de peligro. La fachada es muy simple, con las letras del nombre verticalmente en rojo. Al costado de la entrada hay un escrito en piedra con un homenaje a Los Beatles y el gran impacto que han tenido en una ciudad cuyo aeropuerto se llama “John Lennon International Airport” y en un planeta donde “Yesterday” es una de las canciones más oídas. Sin apuro cruzamos la puerta de entrada y notamos que era el comienzo de unas grandes negras escaleras, las cuales comenzamos a recorrer.

Debimos bajar muchas escaleras en espiral, por lo que estimo que el pub debe estar por lo menos a 30 metros bajo la tierra. Al finalizar las escaleras llegamos a una especie de cueva de ladrillos marrones que resisten el paso de los años. Nos quedamos inmóviles, impactados y sin habla por unos segundos, sintiendo la sangre correr y los pelos ponerse de punta. El primero que atinó a decir algo fue mi primo que le pidió a un transeúnte que nos tome una foto.

Comencé a caminar y examinar el pequeño bar. En si, es un lugar más reducido de lo esperado y aparte, muy cerrado, pero con una atmósfera única. El techo no es muy alto y parece el interior de un castillo muy antiguo, con columnas y arcos dividiendo zonas del bar. Al fondo, en el centro, un escenario no muy alto pero bastante iluminando, muestra una batería y numerosos colores y nombres en el fondo. Las mesas son de madera y la mayoría tienen una vela en el centro, tratando de dar un ambiente místico a la oscura caverna.

Caminé, respiré, soñé e imaginé. Los altoparlantes tocan, suavemente, cintas del cuarteto en vivo en algún lugar del mundo, haciendo que la experiencia sea aún más rica. Inclusive, al voltear rápidamente al centro del escenario es posible sentir la presencia de ellos. Me imagino una de esas noches estelares de conciertos, con mucha gente, con mucho calor, y con los cuatro personajes gritando por el micrófono “Twist & Shout”

Los baños están localizados casi al costado de las escaleras de acceso y han sido adaptados al siglo XXI. Cuando entré no pude resistirme a sacar mi lapicero y estampar mi nombre y mi país encima de los urinarios.

Estuvimos en la caverna buen tiempo más, y disfruté cada segundo. Tomamos cervezas, hablamos, opinamos, discutimos, recordamos, cantamos; en fin, nos divertimos mucho. Lástima que el tiempo pasó muy rápido y tuvimos que volver a la estación para regresar a Londres.

Liverpool ofrece mucho más atracciones, incluyendo museos marítimos, de arte, contemporáneos, teatros, obras, entre otros. Nosotros por restricciones de tiempo y sesgo sólo hicimos la tour "beatle" pero es probable que regrese en otra oportunidad a terminar de conocer Liverpool.

En fin, este viaje a Liverpool me gustó mucho, dado que me hizo conocer el real origen de lo que sentían y veían esos compositores al momento de sus creaciones. También me hizo ver lo irrelevante pero a la vez impactante que puede llegar a ser la música, y más aún cuando un artista llega a tener el poder de comunicación que tuvieron estos señores; una comunicación y un sentimiento que viene totalmente del alma y del propio sentido común; una comunicación que se puede expresar simplemente en el popular: “Give peace a chance” – que parecería no ser entendida por la gente; con unas voces que en estos últimos cuarenta años de desarrollo y supuesta unión ya deberían estar obsoletas, pero son voces que, en estos tiempos de guerras, todavía se extrañan.

JC Magot 2003

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Cirque du Soleil “Saltimbanco”

Había escuchado bastante sobre el famoso Cirque du Soleil “Saltimbanco” antes de llegar a Madrid, por lo que cuando me enteré que estaban de escala en la ciudad no dudé en pelear por conseguir una buena entrada.

Localización

>El circo estaba ubicado, inesperadamente, muy cerca a casa, por lo que el tren no demoró mucho en llegar. Al subir hacia la superficie, fuera del laberintoso transporte, se puede divisar la carpa principal del circo, la cual está armada en una explanada grande de piedra rojiza y levantada imponentemente como si brotara desde del suelo. El color blanco, las banderas de muchos países y las puntas que se levantan en las muchas zonas de la carpa le dan un ambiente místico y de respeto, logrando recrear una especie de tienda árabe en medio de algún desierto.

Llegué faltando diez minutos para las seis de la tarde, por lo que me apresuré en buscar mi lugar, situado en el medio segunda fila. Un problema fue que las butacas estaban muy juntas, por lo que toda la fila tuvo que pararse y salir hasta el pasillo para que yo pasara. Increíblemente, los españoles se mostraron muy amigables al momento de acomodarnos en nuestra platea.

Cuando estuve sentado recién pude percatarme del escenario, más pequeño de lo que me había imaginado aunque muy bien elaborado con diseños futuristas, incluyendo un gran armatoste dorado en el techo que luego sería el encargado de proporcionar el fondo para las diferentes situaciones recreadas.

No pasó mucho tiempo y salieron, de la nada, muchos artistas con atuendos muy coloridos y alegóricos simulando payasos. Ellos comenzaron a jugar con algunas personas del público haciendo peligrosas acrobacias por los pasadizos.

Mientras tanto, desde el centro del escenario, “nació” un personaje muy gótico parecido al Guasón, que nos da la bienvenida y nos recordó las reglas del circo con muchos gestos, voz muy fuerte y palabras impactantes, dando muestra de una personalidad fuerte y respetada.

Inmediatamente se dió comienzo a la espectacular representación, que consta de muchos actos adornados por muchas recreaciones, basados en actos callejeros que realizan algunas personas para ganarse la vida, por ello el nombre de Saltimbanco. Esa es la clave del circo, en eso se basa la escenografía, los atuendos, las canciones, los actos, las expresiones, los mimos, el ambiente.

La familia

Uno de los actos más resaltantes y memorables es el primero, bautizado como “Adagio” e integrando a una familia de acróbatas. Está el padre, la madre y el niño de seis años, los cuales hacen muchas maniobras difíciles. Pero no es la acrobacia lo que más llama la atención, sino los escenarios y las “pinturas humanas” que se van formando a medida que los seres se van moviendo. El niño emite mucha ternura y miedo a la vez, al ser expuesto a movimientos con mucho riesgo. En el último movimiento el padre tira del pequeño, le da un beso y lo baja al escenario.

Barrotes Chinos

Luego el escenario se llena de personajes vestidos con atuendos muy similares al colorido del piso, camuflándose en él. Estos artistas suben por unos barrotes inmensos y muestran toda su flexibilidad y armonía desde lo alto. Es impresionante ver a tanta gente igual, realizando movimientos muy similares y volando de un barrote a otro con una envidiosa agilidad que los hace parecer muñecos de goma.

Música

Todos los actos tienen un acompañamiento musical en vivo con melodías y canciones muy acordes y con volumen alto para que los artistas se concentren en la misma y no les perjudique el ruido del público.

La música es una parte muy importante del espectáculo y definitivamente también es uno de los factores críticos de éxito del circo. La banda consta de cinco músicos con guitarras, teclados, batería y muchos otros instrumentos que se usan, mezclan, divierten y crean el ambiente durante toda la función. En el transcurso de la exhibición, existen dos personajes del circo que cantan con una gran voz: uno parece un diablo, vestido con una especie de poncho amurcielagado y emitiendo voces que emulan ópera antigua; la otra es una cantante vestida de rosa y blanco, incluyendo el cabello y el rostro, que acompaña muy bien en algunas melodías y actos al primero.

Atuendos

La vestimenta de cada integrante de Saltimbanco es muy elaborada, colorida y excepcionalmente original. Algo interesante es que los atuendos no parecerían ser vestimenta sino parte del cuerpo dado que, aparte del traje, el cuerpo está maquillado siguiendo las características del propio vestido. Existen muchos tipos de personajes y por ende, muchos trajes; algunos todos de blanco, otros multicolores, otros con máscaras, con narices puntiagudas, sombreros muy extraños. La originalidad prima en cada atuendo, y los ojos brillantes del público no dejan de observar a cada ilustre personaje.

Los atuendos son también acompañados por expresiones faciales y corporales de cada situación recreada. Las expresiones son muy grotescas, trabajadas y llamativas transmitiendo mucho con cada pequeña expresión realizada.

Juggler

La chica encargada de realizar los actos de malabarismo parecía ser una danesa con rostro muy redondo y angelical. Comenzó a maniobrar tres bolas, para luego ir aumentando linealmente hasta llegar a manejar simultáneamente, ocho. Trató, fatídicamente, de maniobrar nueve pero no pudo pues se le cayeron todas. Inmediatamente lo intentó de nuevo y en ese segundo intento si pudo mantenerlas girando por varios segundos.

Diábolo

El acto del diábolo fue interesante, siendo sus bailes y el manejo de las varillas muy armoniosos y divertidos. Lo llamativo de todos los actos y en especial de éste, es la facilidad y ritmo con que se desenvuelven todos los miembros de la representación, combinando los fabulosos atuendos con movimientos acrobáticos acordes a la música.

Mimo

Entre cada acto principal un cómico mimo se encargó de entretener al público con diferentes parodias e interacciones divertidas, lo cual tuvo muy distraídos y atentos a los niños que acudieron a la carpa.

Acróbatas

De la oscuridad apareció un columpio muy grande desde el cual comenzaron a salír disparados muchos circenses, formando una torre de humanos. Este acto es uno de los de mayor riesgo y conlleva mucha precisión y tensión tanto para el acróbata como para el espectador. Los niños, sentados en la primera fila, se emocionaron mucho con las acrobacias, viviendo cada salto y baile con los mimos que interactuaban paralelamente con el público.

Otros actos

Siguieron varios interesantes actos que involucraban a muchas altas chicas “boleadoras”, malabaristas, contorsionistas, acróbatas y artistas.

Último Acto

El último acto es el mejor y conmovedor de todos: cuatro trapecistas vestidos de blanco se cuelgan de trapecios y sogas elásticas diseñadas para dar una impresión de poca gravedad en el vuelo. Ellos se deslizan muy coordinadamente por los aires y, junto con la blanca indumentaria y música celestial, parecen ángeles. La luz los enfoca haciendo muchas figuras en el aire, para finalizar con una caída libre en la cual los cuatro se agarran de las manos y, sostenidos por las elásticas cuerdas, llegan a rozar el escenario. Este acto es asombroso haciéndonos emocionarnos y aplaudir mucho.

El apéndice fue liderado por el niño de seis años sentado en un inmenso sofá multicolor, con un gorro en forma de cono y rodeado de todo el elenco del Cirque du Soleil y por los aplausos de todos los espectadores.

En ese momento, en el auge de todos los ensordecedores aplausos, me di cuenta lo diferente y grande que puede llegar a ser un espectáculo si es que el arte se deja expresar libremente sin trabas económicas, sociales ni culturales; y se combina con un excelente diseño, producción, organización e instalación. Yo nunca fui leal a los circos, pero este no es en realidad un circo común; este espectáculo es un medio de expresión de los sentimientos y situaciones humanas, esto es arte puro.

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