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Alborada en vivo

Uno de esos tantos fríos domingos de agosto estaba sentado, casi dormido, frente a la televisión. Envuelto en mantas, colchas, babuchas y una gran bata, navegaba entre pantallazos de Mash, Los Munsters, Megaconstrucciones y esos noticieros europeos que comentan temas tan exóticos como el último nacimiento de unos cuatrillizos en una carpa de exploración en el sur de Uganda. Al transitar por los canales me topé con cuatro incas de pelo largo que cantaban agudamente en quechua. Si bien no sé hablar quechua –ni lo entiendo- la cultura andina me apasiona. Seguí el ritmo desbordante de la música que sutilmente emanaba del T.V., y poco a poco me sentí transportado a las partes más altas de la sierra andina: pasé muy cerca de Chincheros, nadé calato en la laguna de Piuray, di vueltas engrandecido alrededor de los pastizales y montañas de Pisac y corrí libre por los campos de Sacsayhuamán.

Cuando acabó la música y se proyectaron los anuncios comerciales no pude cambié de canal hasta que apareció la conductora del programa vestida con minipolleras y comentó que la música era de Alborada, un grupo oriundo del Perú y que radica en Alemania. Así de seco terminó el programa. Apagué el televisor y empecé a investigar en Internet. Bajé canciones, leí artículos, pregunté a desconocidos por el chat y hasta vi vídeos en Youtube.

Leí y concluí que Alborada es una especie de mixtura andina de peruanos, ecuatorianos y argentinos que se unieron para preservar y fomentar las raíces musicales del continente. Han explorado y analizado bastantes zonas americanas, incluso la música de los apaches en Estados Unidos. Me encantó. Al día siguiente ya tenía varios discos y en mi cuerpo danzaban canciones como Siwar Dance, Yawar Raymi o Wayanacuy.

Pienso que, en sí, la música de Alborada es una reinvención o estilización de los ritmos andinos profundos, una especie de novo-huayno envolvente que incorpora instrumentos e influencias del rock, electrónica y quién sabe qué más, grabados y mezclados con equipos de alta tecnología y calidad en estudios alemanes.

Gracias a Alborada, pasé ese invierno, primavera y verano explorando las nubes neo-folclóricas del continente. Navegué por el Mercado Central, por el de Surquillo, por los ambulantes del centro de Lima y en unos meses ya era un experto en el folclore peruano. Conseguí discos, intercambié otros y hasta se me dio por escuchar a Los Campesinos en el carro.

En las semanas que siguieron perdí varios amigos, especialmente los más esnobs, pues para ellos la música está claramente fragmentada y sus partes deben encajar exactamente con las clases sociales. Sus oídos están únicamente reservados para escuchar música de países desarrollados – léase “in inglish” – y según ellos la música en quechua es de pobres, cholos y empleadas. Me cansé de discutir pero no importó, solo me sirvió para darme cuenta quienes en realidad son amigos y quienes parte de esa neblina pseudo-yuppie que invade y ciega a algunos limeños y que es también la causa principal del sub-desarrollo e inmadurez del Perú. Me sirvió también para conocerme un poco más, darme cuenta que, por suerte, no tengo prejuicios de ese tipo… Solo me dejo llevar por la música, desde el silencio sepulcral de las catacumbas de San Francisco hasta los rincones más oscuros del gris invernal limeño.

Pasó el año 2006 y Alborada se volvió parte de mí. Es más, sus discos estaban mezclados en mi discoteca con los de R.E.M., Pearl Jam, Donizetti, Mozart, The Doors, Cementerio Club, Leonard Cohen, Soda Stereo, Carlos Vives o Kevin Johansen; el Sunqunchikpy Otavalo al costado del Murmur y el Caminos al Sol junto a L’elisir d’amore.

En abril de este año fui a uno de los conciertos de Alborada en el Parque de la Exposición. No sabía que se presentaban, fue una amiga quien me llamó –a último minuto- para ir. Hace buen tiempo no iba a un concierto por lo que acepte y, como ya era algo tarde, salí directo al centro de Lima.

Al estar casi por entrar al parque, cerca de la Av. 28 de Julio, no podía creer lo que veía: un mar humano se meneaba como un enjambre de avispas rondando un panal: vendedores de manzanas acarameladas y globos de colores se mezclaban con los de empanadas y anticuchos; niños, padres, viejos, adolescentes y pancartas se sumaban a la gran masa de personajes imperdibles en cualquier fiestón popular de la nueva Gran Lima.

Entrar al Parque de la Exposición en automóvil fue y es más que martirio. Y es que parece que el ingenioso arquitecto que diseñó el parque se enfocó en idear una maravillosa una playa de estacionamiento, pero se le acabó la inspiración al dibujar el acceso: hizo un gran arco con una única vía de acceso para entrar y salir; es decir, los carros que quieren entrar se topan de frente con los que quieren salir y se forma una congestión cargada de humo, insultos y bocinas que estresan hasta al niñito marinerito que dulcemente espera en la tremenda cola con su madre, mientras da un mordisco a su manzana acaramelada que a esa altura ya está cubierta de una capa grisácea y viscosa de CO2. En eso, cuando recordaba las manzanas acarameladas de las visitas escolares al Parque de las Leyendas, un policía que merodeaba por el lugar me grita: “Señor, señor, por favor, ¡muévase para que salga la Toyota!”.

Logramos estacionar y luego caminamos un rato por el parque, entre la asombrosa cantidad de gente, las pancartas, los revendedores, los árboles y el desorden propio que se adueña de este tipo de espectáculos limeños. En el suelo, la suciedad ya estaba más que pegada y simulaba sarna de perro.

Recorrimos el parque en búsqueda de las boleterías pero estaban cerradas desde semanas atrás y solo quedaban revendedores que querían hacer su agosto con entradas de más de 100 soles. Decidimos hacer nuestra pequeña huelga anti-revendedores y no entrar al concierto, ni hacer ninguna de las tremendas colas existentes.

Decidimos caminar y entrar al Museo de Arte de Lima. En esos eternos metros de camino hasta el MALI nos cruzamos con una variedad de personajes que aumentaban de color y brillo a cada paso: parejas de enamorados en jeans, mujeres con chompas y faldas multicolores, niños pésimamente disfrazados de Alborada – con pedazos de papel de cometa azul pegados a sus camisetas y flecos dorados de piñata incrustados en el papel azul y en las medias – como botas -, adolescentes con la indumentaria típica de la banda y hasta payasos mendigos que vendían boletos para su obra infantil que empezaba, en una cabaña adjunta, unos minutos antes al concierto de la banda.

En el museo dimos varias vueltas; primer piso, segundo, huacos retratos, cuadros modernistas, Sérvulo, esculturas, maderas, algunas fumadas, algunas conservadoras, paisajes, Cristos en todas las poses y mil cosas más que no nos alcanzó el tiempo pues decidimos volver a ver si a último minuto los revendedores bajaban el precio de las entradas.

Pero no, al llegar y re-negociar, los revendedores preferían quedarse con las entradas sin vender a rebajarlas menos a menos de 100 soles. Insistimos y, a minutos de empezar el espectáculo, conseguimos una rebaja de 5 míseros soles. Y peor aun fue al enterarnos que los dos tickets eran de asientos totalmente separados. Nos dijeron que eso no importaba, que todo el mundo se sentaba donde quisiera, pero no les creímos así que yo entré al recinto con una de las entradas para revisar si eran válidas y si podíamos sentarnos donde quisiéramos. Pasé la baranda de ingreso y me encontré con una enorme muchedumbre y un ruido ensordecedor que parecía una cueva llena de murciélagos. Comprobé lo que me decían: si bien todas las entradas eran numeradas, cada quien se sentaba donde se le daba la regalada gana. Ya no importaba si alguien llegó al final y compró un ticket en la última fila, lo veías gritando en la primera, si alguien gastó todos sus ahorros para estar en la zona VIP, ahora estaba reclamando a uno de los guardias su sitio. Empezó entonces la pelea: una chica colombiana que tenía entradas en la primera fila peleaba con una chola gorda bien sentada en primera fila. Vinieron dos tremendos mastodontes con polos rojos licrados a tratar de sacar a la señora, pero no supieron con quien se toparon. Apenas tocaron a la gorda esta forcejeó y todo el público comenzó con un ensordecedor pifeo y gritos de: “Abusivos”. Y es que claro, si sacaban a la gorda, tenían que reubicar a todo el anfiteatro.

Ubiqué un sitio vacío casi al final de las tribunas y me senté. Pronto estábamos ubicados, justo a tiempo en que empezaba el espectáculo; varias pantallas gigantes mostraban una entrevista a los miembros de la agrupación en la que comentaban sus vidas, temas sexuales, sus preferencias de ¿drogas? y sus gustos.

En ese momento prendieron unas luces muy fuertes que dejaron ver el imponente escenario donde Alborada se iba a presentar: un Machu Picchu enorme, con andenes incaicos de plástico y barnizados con laca brillante, que parecía imitar a las escenografías que Chespirito usaba en sus tan populares comedias. El santuario plastificado tenía tres niveles: en el de arriba se instalaron los violinistas, bajistas, bateristas y una veintena de músicos, en el segundo piso quedó una explanada para shows y bailes y el piso inferior quedó preparado para los cuatro sudakas bailarines.

En medio del bullicio y algarabía salieron, de uno de los costados, los cuatro danzantes totalmente de amarillo amostazado, con mil flecos dorados, ojotas amarradas hasta las pantorrillas y coronas cuzqueñas. Una chica, sentada a un metro de nosotros se paró para tomar una foto con una de esas cámaras Kodak amarillas ¿acuáticas? Y le siguió todo el anfiteatro: niños, señoras, señores, enamorados, viejitos y un montón de chicas adolescentes se pararon con tremendas pancartas a gritar histéricas como si estuvieran en un concierto ochentero de Menudo en el Amauta. Terminé de fotógrafo de todos y todas mis vecinas y con una oreja casi sorda por los gritos de una niña loca sentada atrás.

La estructura del show fue bastante movida y colorida, para cada canción había un acto especial: bailarines o trapecistas que danzaban con la música que tocaba Alborada. Algunos bien, otros patéticos, algunas danzas coordinadas, otras totalmente desordenadas, escenas de acrobacia, niños y todo lo que se puede ver en los teatros de Lima. Al final hicieron tantas cosas en un mismo espectáculo que daba la impresión de ser un Frankenstein con partes totalmente distintas, sin una integración real o sustento del espectáculo en su conjunto.

Todo el show siguió la misma tónica, los Alborada en la planta baja – simulando una pseudo-ópera – y el show en el segundo nivel. Hubieron momentos de éxtasis como Wayanacuy o Ananau, de recuerdos de niñez con Relámpago, de misticismo con Chirapaq, de baile con Siwar Dance y más emociones y nostalgia. El final, después de innumerables saltos y bailes, fue adornado por un grupo de niños que agitaban banderas de los países latinoamericanos.

La música de Alborada es buena, pero definitivamente la mística que inspiran sus discos no la plasman en el escenario; su esencia se evapora en las tablas y termina comercializándose a punto de ser una especie de Beatles folclóricos –con todo lo que eso acarrea- y llegando a la histeria colectiva que le quita toda el aura limpia y pura que transmite su música. Alborada está para más, para espectáculos que deberían ahondar el gran arte que llevan dentro y quizás poner en escena ambientaciones integrales con un propósito sustancial, que comunique algo – una referencia podría ser el Cirque du Soleil.

JC Magot 2007.


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