Puno

Acabo de regresar a Lima después de cinco días intensos en la sierra sur peruana, cambiando de aire y conociendo aún más la vasta riqueza y el potencial turístico del país.

Salí de Lima el miércoles al mediodía, después de una mañana movida con una reunión importante y una fuerte neblina que casi me hace perder el vuelo. Hace mucho tiempo que no tomaba un avión para un viaje interno y mi primera impresión fue lo bien que han habilitado el nuevo terminal del aeropuerto Jorge Chávez, tanto así que pienso compite mano a mano con cualquier otro aeropuerto del mundo.

El vuelo tomó más tiempo de lo normal por una parada en Arequipa, por lo que llegamos a Juliaca terminando la tarde del miércoles. En el aeropuerto altiplánico nos esperaba toda la alta dirección de Electropuno, quienes nos saludaron y, después de una breve conversación, nos llevaron directamente a Puno, al hotel Qelqatani.

El trayecto de Juliaca a Puno fue rápido pero muy emotivo: el paisaje puneño se enmarca dentro del más perfecto cuadro minimalista existente, y el contraste de celestes con blancos y verdes con amarillos, difuminados a través de la fría y lluviosa ventana de vapor caliente, transmiten grandeza y soledad infinita.

En Puno reposamos unas horas y por la noche, salimos a pasear por el centro de la ciudad. En esa caminata, lo primero que se siente, aparte de un adormecimiento integral generado por la altura, es un choque cultural enorme, propulsado por la presencia de muchos turistas, en especial españoles y por la insólita música gringa que se escucha por todos los rincones del centro de la ciudad: arrullando a una niña en el puesto de artesanías, gritando en la discoteca tempranera más bullanguera del Jirón Lima y relajando a los foráneos en los restaurantes novo-puneños.

En el centro de Puno existen dos lugares principales: la Plaza de Armas y la Plaza Pino, que se conectan entre sí por el Jirón Lima. En la Plaza de Armas, resalta la Catedral por su belleza, icono religioso hecho de piedra de loza rojiza, adornada por algunos tallados y una cruz de madera a la izquierda; y la Municipalidad, un elefante blanco enorme con diseño moderno, que parece traída directamente de Marte para desubicar a los puneños.

Más tarde nos encontramos con representantes de la empresa y fuimos al restaurante Huanchacos, un lugar que mezcla costumbres andinas con norteñas. El local es uno muy cargado, con murales enmarcados de adobe, paredes de totora y una enorme y colorida sombrilla de playa que, colgada del techo, emite excesiva luz. Ese día comí, a recomendación de nuestros amigos, una gran trucha del Lago Titicaca al vapor con legumbres, y tomé una bebida caliente puneña: el Huacsapata, elaborada con vino y pisco. Fue una gran velada y la comida puneña pasó el examen con muy alta nota. Pronto regresamos al hotel, pues al día siguiente teníamos una reunión importante y estábamos cansados del viaje y del primer día en la altura puneña.

La mañana siguiente nos recogieron temprano y fuimos a la reunión pactada. Ahí estuvimos toda la mañana, mientras conversábamos y escuchábamos la sustentación. A la hora de almuerzo nos invitaron al nuevo restaurante del Hotel Sonesta, frente al Lago Titicaca, que tiene una vista privilegiada de Puno y del lago. Cerca al hotel está anclado el barco Yavarí, el más antiguo del Perú, fabricado en Inglaterra en los 1800, desmontado y traído a Puno en burro desde la costa. Cruzamos un momento un puente colgante y visitamos la embarcación. Fue muy peculiar la historia del barco y la simpática manera que tiene el guía de contarla.

Desde el barco se observa, al fondo de la bahía, en la Isla Esteves, el Hotel Libertador, todo blanco iluminando el soleado día puneño y brillando como una perla en medio del Lago Titicaca.

El tiempo era corto, pues el bus a Cuzco nos esperaba a las cuatro de la tarde. Estupefacto por el paraje y comiendo alpaca con gnoccis, no podía dejar de pensar en cómo podría ser el futuro puneño si se sigue trabajando con fuerza hacia delante. El Lago Titicaca tiene una gran riqueza económica y un potencial turístico que podría hacer de la zona un lugar muy desarrollado.

En el terminal de bus nunca olvidaré a una señora anciana aymara que, vestida con poncho muy negro, estaba sentada muy tranquila en una banca. Noté inmediatamente sus innumerables arrugas, que podrían denotar una gran amargura, pero que después de varios segundos de contemplación, reflejan una ternura ancestral.

Puno es inmenso y en cada rincón cercano al lago se respira una calma profunda que da el aire y respiro necesario que todo gerente busca entre sus sábanas de terciopelo y sus perfumados jacuzzis.

Al salir de Puno en bus, en el cerro más alto, un cóndor muy grande vigila Puno. Con sus alas abiertas apunta sigilosamente al Lago y perfuma el aroma con plumas y soledad. Desde el monumento al cóndor hasta las entrañas del lago, se levanta Puno; fluyendo a lo largo de los cerro hasta desembocar en el Lago Titicaca, pasando por plazas, enormes monumentos al Ekeko y la Zampoña, avenidas muy angostas y pendientes, con calles de piedras que parecerían ser el antecesor de las montañas rusas y mezclando construcciones muy antiguas con nuevas.

Estuve muy poco tiempo en Puno, pero fue una experiencia totalmente distinta a lo imaginado. Al contemplar el paisaje de la bahía encontré una paz y belleza única, que me hizo olvidar la hora, el lugar, las personas, Puno y Lima por unos minutos.

Pronto tomamos el bus, y nos fuimos.

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1 comentario

Archivado bajo crónicas, Puno

Una respuesta a “Puno

  1. taba bonito je je je…

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