La máscara más cara

La distinguida carroza de los Monteau ingresó rápidamente a la plazoleta principal del palacio Condesso. Detrás de ella, una noche muy oscura pestañeaba, mientras una cálida lluvia empapaba los árboles y producía una ensordecedora resonancia que amilanaba el zapateo de los caballos con los adoquines de la vía. Al llegar al pórtico, los potros se detuvieron al compás del fatigado cochero que ya inclinaba parte del cuerpo para abrir la portezuela principal del vehículo. Desde el fondo de la carroza, doña Vivian y don Nicolás saltaron apuradamente y se sumergieron en la profundidad de la oscuridad.

A la sombra de una luz tenue, aquella que se distinguía en los aposentos superiores cuando el coche ingresaba a la plazoleta, Alba terminaba de abrocharse el corsé con la ayuda de su madre y una de sus sirvientes de turno. Al escuchar el crepitar de las chispas de las herraduras con las piedras, lentamente deslizó su pulgar por la cortina de su habitación y pudo distinguir a lo lejos una elegante carroza negra que se perdía entre la oscuridad y la tormenta veraniega. Ya, perfumada y maquillada, pensaba sólo en el ansiado regreso de su prima.

Vivian y Nicolás, muy calados, caminaron por entre las fuentes de Neptuno y Afrodita, los jardines del Edén y los verdes laberintos, hasta el hall de ingreso a la residencia. Un guardia los saludó y se ofreció a guiarlos hasta el salón; Los condujo tímidamente entre salones de espejos, cuadros de porcelana, sillones afrancesados hasta llegar a la zona de la lavandería donde una criada les ayudó a secarse. Después de un momento, cuando sus trajes ya no estaban mojados, orientados por el ruido de la fiesta, arribaron a la entrada del salón de baile. Escogieron dos máscaras de entre las pocas que quedaban en el diván, abrieron la puerta y entraron en el extenso mar de muchedumbre, de licor y de bullicio.

Se toparon con muchas máscaras, disfraces, músicos, bailarines, payasos y personalidades contemporáneas. Una mujer de cabellos rubios sentada sobre una mesa, rodeada de muchachos que contemplaban su fumar, les sonrió a lo lejos coquetamente. Al pasar cerca de ella, la mujer miró a Nicolás de arriba abajo y le mandó un beso volado; Vivian reaccionó rápidamente, le sujetó la mano a su esposo y continuaron su marcha.

Unos pasos más adelante vieron que Alba bajaba las escaleras vociferando sus nombres. Vivian se acercó y se saludaron con gran afecto. Alba señaló angustiosamente a la señora de rojo y asintió ante la preocupación de su prima. Nicolás le hizo una seña de saludo y volteó la cabeza hacia la mujer de la mesa, sensual, con los labios muy rojos, colmando el cigarro de belleza y atontando a la secuela de seguidores. Ella tenía la mirada fija en él y pudieron extasiarse mutuamente por una eternidad momentánea.

Vivian y Alba se sentaron a charlar en uno de los excéntricos asientos dorados; Nicolás se disculpó y emprendió camino entre la muchedumbre con dirección hacia los labios rojos, pero en el camino una máscara muy grande, emplumada y furiosa lo detuvo. Nicolás la vio y trató de evitarla, pero una gran risa resonó desde el interior de ella y tuvo que detenerse para saludar a Antoine.

La mano sudada de su amigo se juntó con la suya mientras se despojaban de las máscaras. Comenzaron entonces los comentarios y bromas sobre el centro de atención masculino del baile. En ese instante, con las manos aún juntas, se miraron, poco a poco giraron la cabeza hacia la señora de la esquina y de nuevo brotó el numen que sólo habían percibido en muy pocas ocasiones cuando eran estudiantes de arte. Comenzaba con una energía que venía del exterior, entraba por sus ojos y se apoderaba de los dos cuerpos unidos por el apretón de manos. Pronto era reemplazado por un cosquilleo en lo profundo del alma y unas ganas de exteriorizar el mágico sentimiento. La inspiración que tanto habían buscado los amigos, se les presentó ingenuamente a través de una tosca mueca en la boca de madame Ivonne. Unos minutos más tarde, Nicolás fue hasta la entrada del hall por una máscara femenina, la cual seleccionó después de analizar la atracción que sentía por la señorona.

Antoine fue hasta el almacén del palacio en búsqueda de lienzos antiguos, óleos y pinceles. Encontró algunos colores, varios pinceles secos y gastados y un lienzo. Los cargó discretamente por entre el jolgorio y llegó hasta el punto estratégico del salón: la esquina izquierda, desde donde se distinguía claramente a la señora y su harem.

Entre los dos comenzaron a pintar, al mismo tiempo, en el mismo lienzo y con pinceles de diversos tamaños. La escena que podían observar debajo de la columna era inmejorable: la actitud, los gestos, las muecas, las sonrisas fingidas y las expresiones libidinales parecían bailar armoniosamente al ritmo del maestro de orquesta recostado al otro extremo del salón. El músico se movía rápidamente mientras que su vara se agitaba para que los violoncelos conjugaran con los violines; desde él emanaba la principal fuente de energía, de intuición, de inspiración, parecía un ángel entre toda la gente, proveyendo una puerta directa al cielo con estrellas y cometas. Cada cierto tiempo, Nicolás se acercaba un poco y conversaba con la gente que rodeaba a Ivonne y le guiñaba el ojo tratando de obtener mejores gestos para su obra. La gente le comentaba que nunca habían visto una mujer más bella, pero no le hablaban, sólo la contemplaban, a beneplácito de la madame quien a esas alturas ya mandaba besos volados a todos con una mano embadurnada de maquillaje y lápiz labial.

Entre los dos se inspiraron en la belleza del ser que percibían, paradójicamente grotesca, llena de adjetivos, de armonía y de concordia. Poco a poco, madame Ivonne, su abanico floreado, sus enaguas rojas, sus carnosos labios, sonrisas fingidas y cabellos rizados fueron inmortalizándose en un pequeño lienzo francés.

El retrato era uno plano, sin perspectivas ni sombras, pero muy profundo, producto de una inspirada travesura momentánea de dos grandes amigos. Al pintar se compenetraron uno con el otro y la perfección se hizo presente cuando sus pinceles mezclaron los azules y los rojos con los amarillos y mancharon el blanco panorama con una mágica expresión.

Ya lo habían hecho varias veces, pero en esa oportunidad fue distinto. Los pincelazos mostraban fuerza y brusquedad, eran largos y consistentes. Los amigos alcanzaban éxtasis cuando presionaban el tapiz y ajustaban la espátula con el pincel. Por casi una hora estuvieron ambos abstraídos con madame Ivonne, con el palacio, con la muchedumbre, los colores, las conversaciones, los cristales y los azulejos.

El resultado fue devastador. Un colorido impresionante daba marco a una triste señora que resaltaba por su aparente belleza entre toda la gente congregada. En una mano se podía observar un abanico floreado desproporcionadamente grande para ocultarse de aquellos a quienes no quería sonreír. En la otra, llevaba la máscara femenina que Antoine había conseguido, dispuesta a usarla para aparentar ser más bella cuando veía que se aproximaba una mujer más hermosa que ella. A su costado, encima de la mesa, reposaba un espejo, que era donde sus ojos apuntaban en ese segundo fotográfico y en él se reflejaba otra mujer, mayor, pura y con una mirada de ensueño.

Mientras esperaban que se secara el fresco, Nicolás comenzó a entablar una conversación con ella para contarle sobre la inspirada conspiración y el producto de la magia con su amigo; entretanto, Antoine recorrió la mansión en busca de un marco apropiado para el retrato. Madame Ivonne no hizo caso alguno a lo que el hombre trataba de decirle; estaba dedicada a alabarse y buscar la aceptación de la belleza absoluta ante todos. Madame pensó que Nicolás estaba tratando de seducirla y trató de seguirle la corriente; muy coqueta, charló con él por varios minutos mientras le guiñaba el ojo y le tocaba las manos.

Antoine regresó cargando, cuidadosamente el retrato, ya enmarcado en fina madera. Apareció por atrás de madame, haciendo señas a Nicolás sobre el retrato. Inmediatamente cambió el paisaje que adornaba la pared por el óleo de la señorona, y lo dejó reposar sin avisar que lo había cambiado.

El canje no fue advertido inicialmente por muchas personas, pero poco a poco, la esquina izquierda del hall se fue llenando de personajes. La magia con la cual la pintura había sido hecha creaba un impacto tal que el salón se fue silenciando hasta que se pudieron escuchar las preciosas melodías de los violines en su expresión más pura. La gente notó que el retrato se trataba de madame Ivonne y lo entendieron perfectamente. Se originó tanta conmoción que la gente no pudo retomar el diálogo por algunos minutos. Muchos se retiraron, otros salieron a la terraza, pero regresaron mojados unos segundos después.

Antoine y Nicolás permanecieron inmóviles a un lado del salón, mientras madame Ivonne, que no se había percatado de la acción, se preguntaba qué era lo que pasaba con sus admiradores. Fue uno de sus propios incondicionales quien le señaló con la mirada y con una mueca de disgusto en la boca, la esquina donde la gente se amontonaba.

Madame Ivonne vio el retrato y gritó fuertemente mientras caminaba con lentitud hacia él, a lo que siguió un silencio sepulcral. Pronto se acercó y lo miró con detenimiento. Su segunda reacción fue sollozar, pero para evitar la vergüenza, se colocó inmediatamente la máscara sonriente que llevaba en la mano.

Corrió con la máscara rociada de lágrimas, aplastando a la multitud, mientras pensaba en el retrato, en Nicolás y en Antoine. Con la desesperación de lo que podría opinar la gente sobre ella, corrió a la sala de máscaras y seleccionó la más bella de todas: era un antifaz que representaba a una niña muy dulce, de ojos verdes y labios rojos y con una corona de piedras lápiz lázuli. Encontró en el salón un pegamento y se lo aplicó al antifaz antes de usarlo. Luego la presionó nerviosamente contra su cara, se cercioró que estuviese fija y se vio en el espejo. Sonrió pero no era necesario, la máscara la condenaba a sonreír por siempre, a ocultar sus sentimientos, su razón y su belleza.

Nicolás arribó a la estancia de las máscaras y la vio feliz, bailando frente a un gran espejo, sensual, con una gran sonrisa de máscara teatral. Ella no se percató de la presencia del espigado hombre; cantaba y bailaba y sólo hasta que comenzó a despojarse de su ropa, fue cuando Nicolás tosió sutilmente y ella advirtió su presencia.

Madame Ivonne volteó la mirada hacia Nicolás y, sonriendo le preguntó si era hermosa. La pregunta y la escena conmovió a Nicolás a lo que él respondió que era la mujer más bella que había visto en su vida y se retiró dejándola sola. Ivonne siguió bailando, ahora más que nunca, con pasos sólidos, firmes y fuertes hasta que sintió cosquilleos en el rostro y trató de sacarse el antifaz. Al no poder hacerlo, se desesperó y comenzó a gritar y llorar.

Nicolás regresó al salón de las máscaras al escuchar los alaridos, pero cuando llegó ya era muy tarde, Madame Ivonne yacía en el centro de la pieza. Estaba alumbrada sutilmente por la araña de cristal, con un tajo en la muñeca y envuelta en un charco de sangre azulada; poseía una sonrisa que reflejaba el orgasmo de la fiebre que la consumía hasta congelarla de placer.

Llegaron a la escena Vivian y Alba cuando Nicolás trataba en vano de quitarle la máscara. Alba rompió en llanto al ver a su madre muerta, chilló y Vivian empalideció al ver la espeluznante circunstancia. Los esposos se abrazaron mientras Alba acariciaba la máscara de su madre. Madame Ivonne no reveló nunca más su verdadera tristeza, se quedó así, afligida y enmascarada por toda la eternidad.

Ahora cada vez que hay un baile en el salón se la recuerda. Imposible no hacerlo pues el retrato de madame Ivonne todavía cuelga en esa esquina izquierda de la estancia. Viéndolo bien, ella parece arrepentirse y llorar por no vivir. Todavía se observa el abanico floreado, la máscara de la belleza y el diminuto espejo pintado por Antoine. El detalle particular, que sólo los que acercan la mirada al fresco notan, es la máscara que se refleja en el espejo de la obra; pero no la colorida que trajo Nicolás esa fatídica noche, sino una muy blanca, celeste, espiritual, armónica y bella.

JC Magot 2005

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