Las Nubes

Sole se despertaba muy temprano y sigilosamente, sin que nadie se diera cuenta, caminaba de puntitas para evitar los crujidos del piso de madera. Llegaba a la escalera, desde donde podía apreciar el esplendor de la gran casona en toda su magnitud: a la derecha, un pequeño salón de baile estaba invadido por telas de arañas; a la izquierda, un blanco pasadizo conducía a la habitación de sus padres, a los cuales todavía podía escuchárseles roncar. La escalera en espiral siempre zigzagueaba hasta el pórtico de entrada a la casa y nadie se lo impedía.

Todos los días Sole bajaba corriendo por la baranda y llegaba muy rápido hasta el primer piso, abría desesperadamente la puerta principal y salía corriendo a través del césped perfumado que rodeaba la casa; daba volteretas, saltos y respiraba profundamente la pureza del aire en cada movimiento. Eran los instantes que más ansiaba y generaban una fría catarsis en su alma y un lavado de su cuerpo y de su mente.

Por entre la hierba, ella bailaba con el viento, corría con el sol y se elevaba poco a poco con la brisa, hasta llegar a una nube, en donde siempre descansaba unos segundos para luego saltar entre el hielo y correr a través de la gran meseta de algodón. Abajo, desde un gran ventanal, su madre parecía hacerle adiós sin que Sole lo advirtiera; su mano albina se reflejaba en el velo con cada movimiento y su mirada, siempre apuntando a su hija, la seguía a todas partes, no parpadeaba, sólo amaba.

Un día de verano el sol salió muy temprano, sin ninguna nube que lo ocultara. Al despertar, Sole se puso muy triste; no podría chapotear en el rocío de las nubes ni sentir el frescor del frío. Salió de su casa, tal como lo hacía diariamente, pero esta vez recibió una bofetada de viento cálido y hediondo que la tumbó en el prado y la hizo gritar tan fuerte que despertó a su familia.

Su madre bajó corriendo por la inmaculada escalera y cuando llegó, comenzó a sollozar eternamente junto al yaciente cuerpo de su hija. No la había visto tan cerca en años, pero la reconoció; estaba ya muy mayor, encorvada, con muchas arrugas y la cara demacrada por una tristeza enorme.

Sole abrió los párpados por un momento y vio un rostro bello iluminado por dos ojos turquesas y enmarcado por cabellos acanelados. Le acariciaba la mejilla, mientras que a lo lejos se distinguía un aristócrata serio de ojos pardos. Lagrimas inundaron sus ojos y una sonrisa le llenó la cara.

Pronto aparecieron nubes y su padre la cargó en brazos. Sole reaccionó, se prendió del cuello de su procreador y lo llenó de besos. Atrás, su madre la miraba dulcemente sin inmutarse y Sole lloraba desconsolada ante tanta devoción.

Caminaron en procesión lentamente por la pradera, cruzando en su recorrido cipreses y montes, los Alpes y los Andes, hasta llegar al horizonte y comenzaron a elevarse. Ascendieron lentamente hasta la nube más alta, ahí donde los pueblos se hacen hormigas y el cielo tu amigo; la recostaron, la acomodaron, la dejaron durmiendo y se marcharon. Nunca más regresaron y nadie volvió a saber de ella.

Dicen las buenas lenguas que mucho tiempo después, Soledad despertó y dominó las nubes; se volvió ama y diosa de ellas, y desde entonces siempre toman formas dulces y tiernas que acompañan a todo el que las ve. Mencionan también que más allá de las nubes, por encima del cielo, su padre Obolo y su madre Bondad la iluminan desde siempre y para toda la eternidad, agitando sus manos desde un gran ventanal. Por eso, cuando veas una nube, sólo piensa en Sole, que siempre estará ahí para hacerte compañía cuando la extrema soledad te invada y nadie esté para acompañarte…

JC Magot 2004

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