El molino de Fisterra

Hace mucho tiempo, al este de la bella campiña andina, entre el ganado, los coloridos prados y los sembríos, se levantaba el majestuoso Molino de Fisterra, conocido por ser el más grande de los Andes y por estar incrustado en el ala derecha de la hacienda de los Ancco, grandes señorones que administraban y dirigían las duras actividades diurnas de la renombrada trituradora.

Ellos vivían cómodamente en las faldas andinas, en su vasta y limpia hacienda, entre grandes pastos, majestuosos árboles, llamas y vicuñas de categoría, casonas de blanco sillar, acogedoras casas de adobe y paja, diminutos caminos de tierra y extensas carreteras, inmensos cultivos de diversos tipos de papa, maíz y trigo, y enmarcados en un impecable y fresco cielo serrano.

En ese tiempo la enorme finca no estaba abandonada como la vieron mis ojos ayer. En ella, Pedro siempre se hacía respetar sobre su caballo. Sus hijos Ramón, Luis, Daniel y Guillermo le ayudaban en todas las actividades agrícolas, y la niña Sole corría descalza, persiguiendo alacranes entre gotas de rocío, siluetas de las piedras y mugre de terrones. Se podían apreciar también, a lo lejos, diminutos campesinos trabajando animosamente la tierra y los cultivos del latifundio, y algunos pastores resguardando y jugueteando con los vacunos, bovinos y auquénidos.

En los días de molienda, Pedro siempre despertaba de madrugada a sus hijos, a los campesinos y a su hija para una ardua faena y los congregaba en el verde y liso césped frente a la hacienda, al otro lado del río, para una divertida charla y el empuje de rigor. Recuerdo un verano en el que le tocó despabilar a Adelaida, hija de su olvidada hermana Herminia, apodada “la Gata” por tener unos preciosos ojos que alumbraban las oscuras noches de vela y que estaba de visita por tres meses en la majestuosa hacienda sureña.

Toda la familia se exaltaba al oír la vociferación del jefe. Los hermanos mayores se apuraban y cruzaban para entrar a los lavabos. Les acompañaba un preocupado Guillermo quien se dejaba jabonar bajo tutela de Luis, su hermano mayor. Rápidamente se sentaban y secaban todos con una gran toalla, mientras Ramón limpiaba y enrojecía las orejas de Guille; luego, se vestían ágilmente con un ropaje campestre muy homogéneo.

Adelaida, La Gata, se demoró esa vez en asearse: arribó tarde. Como Pedro ya había dado las primeras órdenes, se sintió mal, empezó a llorar arrodillada en una piedra cercana al río, y maldijo muy fuerte al prado con una gran roca en ambas manos.

Pedro, con barrote en mano la miró delirar, se sintió culpable y cedió. Suspendió temporalmente la reunión para acercarse donde su exaltada sobrina y le replicó:
–¿Qué hace usted, sobrina? ¡Apúrese que no tenemos tiempo!

La Gata no tuvo respuesta, sólo sollozaba estruendosamente y emitía tristes lágrimas desde sus grandes ojos rojos, que sorprendían y enmudecían a toda la multitud congregada. Pedro la abrazó, la tranquilizó, la llevó cerca a sus primos y la juntó con Sole, quien se quedó sorprendida y asustada al ver de cerca la transformación de los transparente luceros de su prima. Enseguida, el patrón continuó con el apologético discurso y anunció la asignación de tareas – las más flexibles y fáciles para las tres mujeres congregadas: su hija Sole, Fernanda “la Pastorcita” y Adelaida. Ellas se encargarían de revisar las piezas de cada uno de los molinos y los suministros de trigo durante todo el proceso. Pedro, astutamente, asignó un molino a cada frágil señorita y aparte, a Fernanda se le dio la difícil misión de sobresanar el trigo sobrante, lo cual ella aceptó agradecida y honrada, respaldada por su padre, Raymundo.

El trajín empezó pronto con el drenaje del agua. Luis y Daniel abrieron sincronizadamente los canales, mientras que los demás trataban de empujar las piedras. Ramón y Guille se empeñaban en girar la yucera, pero necesitaban un barrote más y Pedro acudió en su ayuda. Entre los tres dieron las primeras vueltas al molino y acompasadamente con la fuerza del agua vieron, excitados, cómo cedía y giraba. Ramón introducía el trigo por el cono izquierdo, Luis controlaba el movimiento de las enormes piedras y Guille recibía la harina por un canalillo de fierro. La Gata los miraba y oía muy callada, con unos ojos atentos, sin parpadear, y unas orejas inmensas, puntiagudas.

En el segundo molino las cosas no avanzaban tan bien. Raymundo perdió el control sobre éste que giraba más rápido de lo usual. Se empeñaba en pararlo, y corrió por los barrotes de madera y fierro, los colocó entre los huecos de la gran piedra, pero sólo logró parte de su objetivo. Trató entonces de frenarla con la mano, pero el roce adormeció sus dedos y él los agitó fuertemente para revivirlos. Lanzó entonces, junto con Fernanda, un despavorido alarido pidiendo ayuda a los hermanos del molino adjunto.

Arribó Daniel enseguida y les aconsejó introducir mucho trigo para saturar las piedras. La experiencia afirmó que Dani estaba en lo cierto y el potente granito empezó a parar lentamente hasta dejar de funcionar. Cuando hubo parado del todo, se esmeraron en retirar el excesivo trigo para comenzar de nuevo con la coordinada tarea.

Enmarcado por blancas columnas y un sol naranja, el tercer molino avanzaba muy despacio, trigo por trigo. Cuando Pedro vio la escena, acudió ante ellos y les mostró su gran experiencia. Los novatos lugareños no captaron las sabias y rápidas lecciones del maestro y continuaron con su lenta producción, a desespero del paisa. Les repitió las técnicas y recalcaba que debían tratar las piedras de forma cariñosa, una especie de engargolar las rocas suavemente y sentir la magia del crujido de los cereales dentro del corazón. Avanzaron lánguidamente y fueron los últimos en terminar, después de doce horas seguidas de machacamiento.

Más tarde, la única que trabajaba y sobresanaba el trigo era Fernanda ayudada por su padre, mientras que, después de la cena, baño y relajamiento en el río, los hermanos Ancco se reunían en la terraza de columnas blancas, tejas y enredaderas floreadas del segundo piso de la casona principal. Ahí jugaban siempre al dominó, alimentados por pan y chicha, apostando alpacas y llamas, tranquilos, distendidos. Cada cierto tiempo, Sole se sentaba en la baranda, con sus delgados y finos brazos entre dos columnas, los pies en el aire y observaba la puesta del sol entre los cerros y la campiña, abrazada cada vez más de los fríos pilares; inolvidable paisaje que la hacían sentir viva y admirar el pasar del tiempo en la maravillosa sierra andina. Se inspiraba y pensaba mucho junto al campo, era su pasión, su anhelo, su existencia.

JC Magot 2004

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1 comentario

Archivado bajo cuentos, Literatura

Una respuesta a “El molino de Fisterra

  1. Anónimo

    Tres intiresno, gracias

    Me gusta

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