Waylash desapareció

Waylash no había regresado y la tormenta azotaba con fuerza por todo el boscaje y las montañas hasta introducirse vertiginosamente por la boca de la caverna. Partió muy temprano en busca de comida; le dio un beso en la frente a cada una de sus mujeres y niños y prometió regresar por la noche con dos venados y un león.

Ya era muy de noche, Waylash seguía sin aparecer y los niños lloraban al escuchar las explosiones de los truenos y relámpagos; las mujeres trataban de recoger el agua de las lluvias en grandes vasijas de cerámica, pero cada vez que llegaban al exterior de la cueva salían espantadas por el aterrador sonido que emitía la madre naturaleza. Siempre ocurría lo mismo en época de lluvias y tormentas, pero era Waylash quien se encargaba de enfrentarse al temporal y acumular el agua. En esa noche de tromba, las mujeres y niños se miraban unos a otros, con los rostros enrojecidos por la brasa de la fogata, desvelados por el estruendoso ruido e inquietos por la incertidumbre del paradero de su ser querido y el bamboleo de su futuro.

Estaban todos congregados en la cueva principal, un espacio redondo y amplio donde siempre encendían una gran fogata que abrigaba tiernamente a la familia. Alrededor de la tribu, las paredes de la covacha formaban un gran cono despuntado y se conservaban, tiznadas por la hoguera, rayadas por la desesperación, pintadas por los niños, muy sucias. Esa noche la horda asediaba al fuego, se tomaban de las manos y emitían ruidos que evocaban a los dioses en busca de un poco de calma y consuelo.

En la vivienda existían dos pequeños pasadizos colindando con la cueva principal: uno muy frío a la izquierda donde se almacenaban vegetales y animales muertos cubiertos con sal; otro a la derecha, lleno de ropaje elaborado con piel de diversos animales, lanzas de madera y piedra, chancletas de tripa de venado, vasijas de adobe e instrumentos diversos de madera, piedra y adobe creados por Waylash. En ese espacio era costumbre de Wayna dormitar y pensar en su esposo hasta que empezaba a sudar en la madrugada, achicharrada por el calor de la eterna e incandescente brasa.

Al día siguiente, todos se despertaron iluminados por la potente luz del sol y refrescados por una suave ventisca matutina. Waylash no estaba. Lloraron, se desesperaron, agitaron piedras y rocas y las lanzaron contra los muros; corrían en círculos como locos, saltaban sobre sus piernas, maldecían al cielo y agitaban la cabeza. No sabían qué hacer, todos dependían de él; nunca se habían enfrentado a la situación de vivir sin su protección.

Unas horas más tarde, los más astutos dejaron el berrinche y se embebieron con preocupación en el análisis de los extraños instrumentos y armas que había construido su dómine. Encontraron lanzas ordenadas por longitud, recostadas sobre la oscuridad y la aspereza del granito, hondas en canastas, piedras talladas de varios tamaños, armas de madera que parecían espadas, arcos y flechas rústicos elaborados con tendones de caballo, escudos de piel de rinoceronte y otros objetos más que no entendieron. Trataron de llamar a sus compañeros que seguían berreando en el bosque, pero no les hicieron caso; comenzaron a reclutar niños.

Los pequeños no se dieron cuenta de lo que ocurría y vieron los objetos como juguetes; enseguida cubrieron sus frentes y cabezas con las hondas y revolotearon por la cueva haciendo competiciones de espadachines con los sables de madera y jugando a golpear piedras con las lanzas; en un intermedio se rieron como hienas con los sonidos producidos por el rechinar de cada ligamento de los arcos y el excitante eco que producían en la caverna. El júbilo contagió a los mayores y tres horas más tarde cada uno poseía una lanza y una honda en la cabeza y toda la tribu jugaba y se peleaba por empujar una piedrita por todos los rincones de la cueva, entre las cenizas del fuego, los ropajes de Waylash, la sal y el tasajo.

Uno de los niños, cansado de tanto jolgorio, extrajo los tendones de cada uno de los arcos y los colocó alineados, uno tras otro, formando una pequeña y rústica arpa. Cuando comenzó a tocarla todos los saltimbanquis se callaron e inmovilizaron en el acto; los mágicos sonidos del instrumento hicieron llorar a las mujeres y pasmaron a los hombres y niños, dejándolos fascinados y extasiados, sin parpadear.

El trovador siguió tocando, con los ojos cerrados, melodías que vivían en su pequeña cabeza. Estaba recostado sobre una hendidura en lo alto de la cueva y tuvo a un público muy atento durante varios minutos sin que él se diera cuenta. Cuando abrió los ojos se avergonzó y dejó caer el arpa sobre el rocoso suelo, expirando una última nota. Toda la tribu se lanzó sobre el instrumento y el primero que lo cogió fue el hermano de Waylash, Wawaki, pero fue abatido por su mujer, por su cuñado y por sus nietos y el instrumento se destruyó rápidamente entre las peleas. Nadie se preocupó del arpa después de la gresca excepto el trovador quien, muy apenado, trató de reconstruirla pero las maderas y tendones se encontraban en muy mal estado y emitían un sonido similar a un concierto de ovejas asustadas.

Pasó una semana y en la fría cueva se respiraba un olor nauseabundo; la carne se había convertido en huesos, los vegetales estaban negros y muchos insectos merodeaban por su merienda favorita. Todos permanecían muy callados y sombríos y nadie se atrevía a organizarse. Dormían, comían y bebían; no hacían nada más, salvo Pawni, que era el único que salía y entraba de la cueva con una sonrisa radiante de oreja a oreja. Travieso y muy hábil, fue el que construyó y tocó el arpa y durante esa semana fue el único que se dedicó a estudiar los instrumentos de su tío Waylash y explorar la región.

A las dos semanas los hombres comenzaron a comer las arañas, moscas, grillos y caracoles que merodeaban en la cueva, encima de los restos de comida y la propia mugre de la tribu; las mujeres optaron por masticar hojas de parra y mala hierba; los niños seguían a sus respectivas madres pero no se comían las hojas, sino tomaban la leche de las plantas.

Pawni era diferente a los otros niños: no tenía madre, gozaba de independencia, se rehusaba a beber el dulce látex y se despertaba muy temprano, sin que nadie se diera cuenta; tomaba tres lanzas, dos anzuelos y una cacerola de adobe que amarraba con una soga a su cuerpo y corría por el bosque y las montañas hasta llegar a las orillas de un río. Muchas horas permaneció con el anzuelo dentro del agua hasta que entendió que debería ponerle algo para atraer a los peces. Intentó con hojas, caracoles, terrones, piedras hasta que pescó una enorme trucha cuando puso una oruga verde y pegajosa. Nadie podía creerlo cuando llegó Pawni a la cueva arrastrando una trucha que doblaba su tamaño y peso y que tenía una lanza atravesada entre los ojos; los hombres otra vez se abalanzaron sobre él como cuando dejó de tocar el arpa, y devoraron la trucha como pirañas; en segundos sólo quedó el espinazo.

Nadie le preguntó de dónde había salido tan contundente pescado, sólo comieron y se fueron a dormir. En ese momento, Pawni, se dio cuenta del poder que tenía y trató de congregar a las mujeres y niños para pescar y cazar. Les enseñó a las mujeres la magia del anzuelo con gusanos y a los niños el arte de la velocidad de los conejos y las lanzas.

Días después comprobó con orgullo que las mujeres pescaban por montones y que los niños, jugando, habían cazado docenas de conejos y hasta un venado. Comenzó entonces a pensar en mejores formas de aprovechar la caverna, el bosque y el río; ideó la futura construcción de una barca, una casa vigía en un árbol; concibió la rueda y el transporte terrestre.

Al poco tiempo era él quien llevaba a la tribu y trataba de sacarla adelante, seguido fielmente por todos los otros niños y algunas mujeres. Los hombres, reacios y flojos, sólo esperaban la cena, amodorrados en la oscuridad de la cueva, quejándose de las pegajosas moscas y absorbidos en su fetidez.

Waylash nunca regresó, nadie supo lo que le sucedió, excepto Pawni, quien por esas épocas notó la desesperación, sufrimiento y cansancio que debió tener su tío y también cobijó el deseo de irse muy lejos y no regresar…, pero no lo haría todavía; su misión estaba aún entre los suyos.

JC Magot 2003

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