Laberinto

La biblioteca de la casa dónde nací me pareció, de niño, un monstruo sin piernas; una especie de barrera impenetrable que sólo los “grandes” podían acceder, pero no me inquietaba, me limitaba a las lecturas nocturnas de cuentos infantiles que mi madre y mi ama tanto se esmeraban en transmitirme. En mi niñez no existía ningún laberinto, sólo incertidumbre sin importancia, la inocencia se apoderaba de mí y vivía muy contento y tranquilo.

Pero poco a poco lo descubrí sin darme cuenta: llegaban regalos de cumpleaños o dibujos atrayentes que comenzaron a crear un cálido camino entre dos muros de grandes piedras grisáceas, con tres o cuatro puertas que abría cada vez que quería perderme con el tío Tom, Tom Sawyer, Huckleberry Finn y sus fantásticas aventuras. Más tarde, con la llegada de mi adolescencia, mi feliz vida en la pradera cercana a la cabaña del tío Tom adquirió una tercera dimensión.

El laberinto entonces se volvió dinámico: brotaron largos pasadizos de piedra con innumerables entradas, callejones sin salida, callejuelas peligrosas y distintos tipos de puertas; surgieron fuertes vientos, lluvia, rayos y truenos; se construyeron velozmente grandes y pequeñas ventanas sin cortinas que se abrían y cerraban con energía; se vislumbraban sombras en los muros y en los adoquines del pavimento; nacieron enredaderas que empezaron a conquistar las paredes; la luz casi no existía y el miedo asomaba; el laberinto comenzó a tener una magnitud que me transportaba a una dimensión casi desconocida, que sólo mis sueños y ensueños podían absorber.

El tiempo se encargó de que abriera muchas puertas al azar en busca de sabiduría y aventuras, pero es exiguo lo que encontré. Poco a poco todos recorremos ese desordenado laberinto corriendo, exhalando, preocupados y nos topamos con la indignación de un callejón sin salida, la desesperación de ventanas muy cerradas, la angustia de callejones oscuros, otros en los que nunca hubiéramos querido estar, nos transportamos a lejanos laberintos, encontramos gente, dialogamos, charlamos, discutimos, lloramos.

En esa época una mágica puerta de madera blanca apareció atrás de mis sollozos, al final de un callejón sin salida, entre las enredaderas, ovalada como un espejo de hadas y con una gran cerradura de oro en el medio. Al abrirla me absorbió con fuerza, como una ventanilla de avión abierta en pleno vuelo, y me transportó a un pueblo habitado por ilusorios seres de ojos plateados que se hacían llamar Buendía.

A mi regreso quedé extasiado de tanta belleza y vagué sin rumbo por el laberinto y busqué arduamente por una puerta similar. Vi entonces puertas de acero macizo muy grandes, como elevadores, y gente con picos y palas tratando de penetrarlas; al centro había otra hecha de magnetita, con fuerza propia y que atraía a gente negativa y no pude ver bien pues había un tumulto de personas adheridas al metal. Lloré mucho por mi positivismo y por no poder acercarme nunca a la puerta imantada, seguí rumbo a la izquierda y entré a la siguiente embocadura. Me sorprendí al ver seres muy rápidos que salían de una puerta y entraban en otra. Caminé despacio e ingresé a la primera ventana que pude. Me di cuenta entonces que las ventanas no tenían riqueza interior y solo proporcionaban herramientas auxiliares: gente hablando otro idioma, miles de letras y números sin sentido, sin personajes, sin actores, sin trama, sin contenido: decidí fielmente no entrar a ninguna ventana durante más de media hora, salí y seguí el laberinto sin rumbo alguno.

Entré por muchas puertas, muy distintas, corroídas, de distinta índole, que me trasladaron a varios sitios lejanos, cercanos, oscuros, claros: viajé desde Tatooine hasta el centro de la tierra, desde la medieval York y un café parisino hasta la humedad bonaerense, desde la pradera alpina hasta la tundra andina, desde el profundo amor hasta el odio más trastornado, desde la grandiosa felicidad hasta la miserable tristeza; conocí desde grandes orcas y ballenas hasta nobles magos, desde mágicos canes hasta superhombres.

Entonces, sentado con frío y miedo en una oscura esquina, me di cuenta de que el laberinto había crecido demasiado pero también de que por fin había aprendido a identificar y entender a las puertas, a reconocer los pasajes y determinar a dónde entrar y a dónde no. Llegó un momento en que el laberinto dejó de ser un laberinto, conocía todos sus rincones, lo recorrí varias veces, lo depuré, sabía por dónde entrar, por dónde salir. El laberinto se convirtió en mi hogar y ya no lo veía con preocupación sino con gusto y conocimiento: fue en ese momento cuando la tormenta y lluvia se detuvieron, las nubes dejaron que el sol aparezca y las enredaderas cambiaron sus púas por flores.

La feliz vida en el laberinto tuvo esplendor durante muchos años pero llegó un tiempo en que el tránsito se hizo lento y pesado y noté que comenzaba a evolucionar rápidamente: todos los pasadizos, todas las puertas, todos los corredores se transpusieron uno tras otro y formaron un largo sendero.

El camino parecía no tener fin pero se divisaba una poderosa luz en el horizonte. Vagué lentamente por la senda, miré y admiré cada una de las puertas existentes, esa vez estaban muy claras, limpias y alumbradas; el laberinto había cambiado: ahora parecía un transparente camino de Oz que cada vez se iluminaba más. Demoré mucho tiempo en transitarlo y para cuando llegué al final, la luz me cegó y el laberinto desapareció.

JC Magot 2003

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