Pedraza

Hoy hice realidad uno de mis sueños de niño: retrocedí en el tiempo a la época medieval y caminé por uno de los más entrañables pueblos de aquella época; hoy estuve en Pedraza.

Salí muy temprano de Madrid rumbo al norte por la carretera a Burgos y mi primo, a mi izquierda, me relataba encantado las historias del extraño pueblo feudal a dónde nos dirigíamos. Cada reseña, cada detalle, cada palabra que propalaban sus cuerdas vocales enriquecía mis ansias por alcanzar tan deseada fantasía.

Pronto nuestras ojeras madrugadoras se vieron disminuidas gracias a los paisajes de pequeños montes cubiertos de pinos y árboles que se entremezclan con los chalets y viviendas. Aparece luego, de la nada, una gran torre de algún castillo antiquísimo para continuar con una explanada verde de césped propia de un green de golf. Lo que viene a mi mente son el Quijote y Sancho en plena lucha contra el frío español de estos espectaculares parajes.

Cerca al horizonte el otoño ha hecho que los enredados árboles tengan colores contrastantes y llamativos a los ojos: amarillos se mezclan con naranjas, marrones con rojos y verdes, morados con violetas, celestes y blancos con fuego y componen desordenadas pinturas de la ambiciosa naturaleza que se muestran en distintas postales europeas, endulzan la vista y apaciguan la sed del largo camino.

Acercarnos a Pedraza emite una emoción muy difícil de describir. Algo inesperado se acerca: una montaña diferente a las demás tiene un pueblo en lo alto y una muralla alrededor. Una civilización muy antigua y conservada se distingue en el interior.

Traspasar el arco de entrada al pueblo es abandonar el mundo actual y transportarnos al siglo XI: el pueblo de Pedraza está construido en su totalidad de piedra naranja y está circundado por una gran muralla y una sola puerta. No existe otra entrada ni otra salida. Los caminos de la aldea son excesivamente angostos, los adoquines de piedra del piso se resisten al paso del tiempo, las pequeñas casas de dos pisos tienen fachadas trapeziodales con puertas de madera totalmente talladas y un escudo de piedra adorna la parte superior de cada una de ellas. Por supuesto que los techos son a dos aguas y todos los segundos pisos tienen balcones de fierro forjado engalanado con macetas de coloridas flores. En la vereda todavía se conservan los antiquísimos bancos de piedra y madera, hermosas fuentes, diminutas plazas y altos miradores.

Dentro de los límites de Pedraza, a la izquierda del pueblo junto al precipicio, existe un castillo de hadas único en su especie. La puerta del castillo, al otro extremo del puente sobre el lago muerto, es de madera y está llena de enormes y terroríficas púas creadas para corroer los troncos de madera de los enemigos que quieran derribarla.

En el arruinado interior subsisten varios jardines, torres, y habitaciones restauradas en nuestros cráneos por las interesantes anécdotas del guía de turno. Él se encargó de reconstruir, con muchas piedras, madera, esfuerzo y ahínco, los tres pisos de las olorosas viviendas, los huecos abismales usados como baños, los magníficos jardines, los húmedos calabozos y las costumbres de los antiguos españoles.

El jardín más pintoresco del castillo es uno que está en el ala izquierda, tiene el césped muy liso y alberga un esférico arbolillo en el medio. Este mágico arbusto, combinado con las paredes del castillo y los vertiginosos precipicios adjuntos parecerían haber invitado a Roberta Williams a diseñar una de las series de los tan famosos King’s Quest.

Al salir del fortín y transitar por la verde explanada auxiliar sufrimos el chantaje de nuestras vísceras y decidimos entrar a un placentero asador lugareño. Al cruzar la puerta del mesón nos elevamos mágicamente con los ojos y boca cerradas, sin escuchar más que el silencio, sin sentir las manos ni el cuerpo, pero si aspirar el excepcional aroma de cordero que nos transportó, sin darnos cuenta, hasta el pórtico de la cocina distrayéndonos de la asombrosa vista que nos gritaba desde fuera.

En el exterior del asador los balcones sinuosos de piedra gris tapizados con césped liso, las muy rojas flores de macetas naranjas y las onduladas enredaderas forman el más enternecedor sueño; en la lontananza, después de varias lomas y nubes, se distingue vagamente el hermano pueblo de Sepúlveda; banderas muy limpias flamean desde la esquina de una torre muy alta; las viviendas de la aldea encajan perfectamente una con otra y forman no un pueblo sino una nave muy redonda a punto de despegar y llevarse la tranquilidad de las flores y jardines.

Mientras ingeríamos los alimentos la atrayente vista lateral del pueblo luchaba férreamente contra el perfecto aroma que emitían los platos. El vino entró rápidamente en el combate pero cayó abatido por intervención del agua, servida dentro de una botella muy extraña similar a un botellón de remedio que tomaba mi abuelo, con una gran etiqueta estampada que leía: “Agua de Pedraza – Premio a la calidad – No exponer al sol”. Para endulzar la guerra, de postre pedí una débil tarta de manzana que al final fue la conmovida vencedora de tan insólita batalla.

Más tarde caminamos tranquilamente, vagamos por el centro y naufragamos por los alrededores encima de los pedrosos adoquines que emiten sonidos de zapateo español con cada paso; buscamos la sombra de las banderas y toldos y el fluir de las fuentes; visitamos la oscura y tenebrosa cárcel, el ayuntamiento, el cálido hotel, la magna plaza principal, la pintoresca escuela y una muy escondida taberna.

En la tasca nos sentamos por unos minutos a discutir la abrumadora cena y la magia de la pequeña villa acompañados de tonificantes bebidas. Desde mi silla pude contemplar, a lo lejos, en el medio del sombrío portón, el lento andar de tres lugareños por la plaza principal. Ellos están siempre ahí, dan vueltas por las callecitas, por el centro, saludan desde sus balcones, riegan las coloridas flores, pasean tranquilamente a sus canes por los jardines, viven en su mundo, en su ciudad, en su pueblo, lejos de las teles, de la superficialidad, del ruido, de los coches, del smog y de las carreteras.

Deambular por Pedraza es más que extraordinario; no sabes por dónde comenzar ni terminar de ver, cualquier ángulo, callejón, casa o infraestructura es digna de una postal, una pintura. Nunca me había sentido tan bien, este sitio tiene magia, y es que te hace sentir diferente, en otro sitio, en otro tiempo, en otro planeta.

JC Magot 2002

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