Suns

Estuve el miércoles pasado en el America West Arena, viendo el excitante partido entre los locales, Phoenix Suns y los Cleveland Cavaliers. Muy, pero muy emocionante.

El partido comenzaba a las 7:30pm, por lo que salí de clases directamente a cambiarme y bañarme. Monté mi bicicleta tan sólo hasta Downtown Tempe, sitio en dónde la estacioné y abordé la “yellow line” hasta Central Phoenix. Llegué al centro de la ciudad casi una hora después, a las seis y media.

En el centro, una pelota de basket inmensa y muchos letreros y banderas anunciaban el “GAME DAY”, indicando el camino hacia el coliseo.

El centro de Phoenix está muy bien organizado, existiendo una avenida dónde se congregan todos los estadios, uno al costado del otro. El coliseo cerrado de baloncesto es impresionante, monstruoso y gigantesco casi simulando un gran planetario.

En las afueras del estadio se congrega mucha gente alrededor de unas lindas porristas rubias que bailan y corean el nombre de los Suns. Estuve escabulléndome entre la multitud y los fanáticos un buen rato, buscando una puerta de entrada al recinto, la cual no encontré, por lo que decidí entrar al “Food court”. Recién ahí me di cuenta que la entrada para los peatones es dentro del centro comercial, dado que el 95% de la gente se moviliza en carro, y pues, el diseño del estadio contempló una magnífica playa de estacionamiento con capacidad para todos los vehículos de las personas sentadas. Me percaté que una multitud de gente entraba y salía del estadio, haciendo tiempo, comiendo y cantando antes del partido.

America West Arena – Phoenix Suns Home

En si, la cancha de basket es pequeña. Lo que hace al estadio gigantesco son los 3 niveles que tiene alrededor. El primero son las inmensas tribunas casi perpendiculares donde se sientan los espectadores. El segundo, detrás de las tribunas, son los food courts y tiendas, y el tercero son las playas de estacionamiento. Esto quiere decir que los arizonos pueden cuadrar su vehículo en el estadio, a exactamente 30 metros del sitio asignado en su entrada.

Al caminar por los pasadizos del estadio, uno puede sentirse como en el aeropuerto de Houston, es decir, en un laberinto de pasadizos, centros comerciales y gente. Transitando por los corredores, se pueden distinguir algunas caras conocidas, como la de Tom Selleck o la de Tom Petty.

Después de muchas vueltas llegué a mi sitio, faltando exactamente cuatro minutos para que comience el show. El sitio era un poco alto, pero la vista es alucinante: tableros, propaganda electrónica y TVs por todos lados. Encima de la cancha existe un tremendo armatoste que, con muchísima luz, emite todas las estadísticas del partido, otros juegos simultáneos y publicidad.

Mi asiento era uno ubicado en la segunda hilera de la sección 201. En la primera fila, diez niños celebraban un cumpleaños, todos con coronas, con polos número 32 de Jason Kidd y con mucha comida grasosa en sus faldas y manos. La mamá repartía, con su mano derecha, más pizzas entre los niños mientras tomaba y sostenía una cerveza con la izquierda. Muy americano, pero a la vez, diferente e interesante. Un vendedor de cerveza gritaba muy fuerte, con un acento sureño marcado, desde el pasadizo: “Bud-light…you know you want one!”

Jason Kidd es un extraordinario jugador de los Suns y también publicidad principal del baloncesto en Phoenix. En los paneles, los letreros anuncian mensajes como “Are you Kidding me?”, o “Kidd’s Revenge”, que entusiasman e impacientan más a los niños quienes no pueden esperar para ver a su ídolo.

Faltando 10 segundos, contados al estilo de un lanzamiento de un cohete de la NASA, las luces se apagan, y el público comienza a emocionarse haciendo efectos sonoros. En ese momento se percibe una magia especial que hizo erizar mi piel. La cuenta cero vino acompañada, sorprendentemente, de fuegos artificiales en medio de la arena del coliseo cerrado. Comenzaron entonces a salir los jugadores, uno por uno y aplaudidos todos, en especial el ídolo máximo de todo Arizona, Jason Kidd. Era un espectáculo muy bonito hasta que una linda chica, con una terrible voz, comenzó a cantar el himno de los United States, malogrando el espectáculo.

Partido

El partido fue emocionante de principio a fin y el tiempo pasó sin siquiera darme cuenta. En cada uno de los intermedios se habían preparados juegos y actividades con el público como un trivia, una carrera de perros, acróbatas haciendo piruetas en los aros, las chicas Sun bailando coreografías, entre otros.

El primer cuarto fue fácil para los Suns, por lo que pudieron sacar una ventaja apreciable que se mantuvo hasta llegar al último cuarto, en dónde comenzaron a tener problemas y los “Cavs” se pusieron a sólo un punto de diferencia. El estadio completo se puso de pie a gritar por los Suns y por los altoparlantes comenzaron a sonar las notas del “We will rock you”, cantado por todo el estadio en perfecta entonación. La energía, el movimiento, el temblor y la afición daban la impresión que el estadio se moviera. En ese momento, Jason Kidd pareció recibir la energía arizona e hizo 8 puntos seguidos, necesarios para una victoria de los locales. El estadio literalmente, se derrumbaba a pedazos, emocionando a propios y extraños. Al final, los Suns ganaron por nueve puntos de ventaja y los niños se abrazaron, gritaron y felicitaron al momento del timbre final.

Al ojear mi reloj, me percaté que el partido terminó como a las 10pm. Al salir, entré en una de las tiendas de souvenirs dentro del estadio y, por supuesto invertí en un polo y un llavero de los Suns.

Mi sorpresa y susto brotaron cuando salí a la calle, dado que las 25,000 personas del estadio desaparecieron en el acto, y en el centro de la ciudad existía solamente una desolación total, sin carros, sin buses, sin personas, sin almas, sin taxis, sin nada. Todos los fanáticos ya se habían ido a sus casas montando sus modernos carros, los cuales estaban estacionados, muy cerca a ellos en el estadio.

Central Phoenix es un sitio exclusivamente para comercios y oficinas, por lo que un miércoles a las diez de la noche es una zona muy oscura, triste y abandonada. Me pareció algo muy extraño que me hizo sentir como Bruce Willis en el inicio de la película “12 monos”. Deambulé una media hora, pero solo pasaron dos vehículos por lo que tuve que llamar a un taxi desde una cabina y regresar a Tempe muy impresionado. Día agitado, isn’t it?

JC Magot 2001

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